Los Derechos Humanos frente al Estado

Los Derechos Humanos frente al Estado

Dr. John Luis Antonio de Passalacqua

Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres y en todas las sierpes que serpean por la tierra.

Creó, pues, Dios, al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó, macho y hembra los creó.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros,
los unos a los otros.
Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.

Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”.

Pues yo os digo:

Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celes-tial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los republicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”.

Esta lección, dada hace veinte siglos, enseñada y reenseñada continuamente desde entonces, no ha perdido un ápice de su vigencia. Al acercarnos al siglo XXI de la Era de nuestro Señor Cristo Jesús, el Verbo de Dios Encarnado, todavía no hemos logrado aprenderla y aún menos hemos logrado interiorizarla, ni poner en práctica aquello en lo que nos instruye. Parece que, aun entre los cristianos, entre los que reclamamos ser discípulos y seguidores de nuestro Señor Jesucristo, Dios, el Verbo Encarnado, católicos, ortodoxos y protestantes, en nuestras relaciones recíprocas, no solemos practicar lo que predicamos: ese amor al cual hemos sido llamados. ¿Qué podemos esperar del resto de la humanidad al que no se ha expuesto este llamado, o que lo rechaza?

En el Mundo Occidental hemos tenido que esperar hasta el siglo XIII para que se otorgara una Gran Carta para la protección de los derechos de las autoridades feudales y eclesiásticas frente a sus monarcas respectivos en Inglaterra y en Dinamarca; hemos tenido que esperar hasta el siglo XVII y la Revolución Francesa para que se enunciara una Declaración de los Derechos del Hombre; y para que se incorporara como parte de Ley Fundamental de un Estado miembro de la Comunidad Internacional una Ley de Derechos. Luego, hemos tenido que esperar más de ciento cincuenta años para que se emitiera una Declaración Universal de Derechos Humanos, una Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre10, y todas esas convenciones y resoluciones que han proliferado a través de la comunidad internacional después de terminado ese gran desastre de la humanidad que llamamos la Segunda Guerra Mundial.

La Comunidad Internacional se ha confrontado con dos problemas sobresalientes en el campo de los derechos humanos: (1) cómo ponerse de acuerdo en los fundamentos de los derechos humanos, y cuáles son los derechos particulares que se han de reconocer y adoptar; y (2) cómo se han de cumplir e implementar esos derechos. Muchos de los derechos humanos a que nos referimos son obvios y se encuentran a la vista de todos los que quieran ver. Pero, no es tan fácil convencer a los seres humanos que gerencian los Estados conforme sus propias ideologías particulares, de que es en interés y beneficio de su mismo Estado, y de los seres humanos que en él habitan, renunciar al ejercicio autocrático y pleno de los poderes del Estado y reconocer las obligaciones tanto del Estado como de los Gobernantes, hacia los seres humanos que se encuentran dentro y fuera de las fronteras del propio Estado. Más difícil aún es lograr convencerles de la virtud de permitir que una autoridad extranjera, ya sea internacional o municipal, penetre sus fronteras para cerciorarse de que el Estado está cumpliendo con esos derechos. Es mucho más difícil todavía sentar las bases de derechos humanos particulares, vistas las diferencias religiosas y filosóficas, de orden cuasi religioso, que informan el trasfondo ideológico de nuestros ordenamientos jurídicos. Los judeo-cristianos, los musulmanes, los hindúes, los budistas y los shinto raras veces se pueden poner de acuerdo entre sí y, mucho menos, pueden hacerlo con los marxistas, gnósticos y ateos, a fin de llegar a unas bases comunes sobre lo que son los derechos humanos. Los documentos que han emanado de la Comunidad Internacional reclaman tener su fundamento en la naturaleza humana; pero no logran un acuerdo en cuanto a lo que esa naturaleza humana. De esta manera, los derechos humanos que han sido reconocidos (según unos) o establecidos (según otros) acaban siendo normas arbitrarias sobre derechos específicos en documentos internacionales acordados en conferencias de delegados estatales, en las que jurisperitos positivistas y jusnaturalistas de todos los colores y matices se pueden poner de acuerdo sin necesariamente aceptar los postulados fundamentales de unos y otros, ni siquiera de las facciones dentro de sus respectivos campos de sapiencia y sabiduría.

Como resultado, se ha llegado a un consenso sobre qué derechos humanos son aceptables para la comunidad internacional en general, al igual que a una reticencia a enunciar los mismos en forma de normas obligatorias de Derecho Internacional. Esto es verdaderamente una caricatura grotesca de lo que se supone que sean los derechos humanos: el producto de un amor entre seres humanos, en el que el egoísmo dañino del prójimo no tenga lugar: del amor hacia los demás, al que Cristo Dios nos ha llamado.

Si el camino para llegar a una especie de consenso sobre lo que son los derechos humanos aceptables para la Comunidad Internacional está plagado de escollos y dificultades, más difícil aún es crear y dar a instituciones internacionales los medios para lograr que la humanidad y los Estados se sometan al imperio del Derecho y hagan efectivos esos derechos, cumpliendo con un mandato de amor, libertad, igualdad y fraternidad.

La Declaración Universal de Derechos Humanos sigue siendo eso mismo: una declaración sin fuerza jurídicamente vinculante. La Declaración Europea de Derechos Humanos, y la Declaración Interamericana de Derechos y Deberes del Ser Humano, han tenido como resultado tratados en los que, tímidamente, las Altas Partes Contratantes han establecido instituciones carentes de autoridad suficiente para ejercer su jurisdicción, e imponer los pocos y débiles remedios que les han permitido los Estados para aliviar a la doliente humanidad que logra ocurrir ante ellos tras largos e infructuosos procedimientos, para obtener el reconocimiento de un derecho vulnerado, en Europa y América. Aun así, los Estados Unidos de América, el campeón de la libertad y la democracia en Occidente, se mantiene extrañamente al margen del esfuerzo americano, así como de cualquier otro esfuerzo.

El fracaso de los miembros de la Comunidad Internacional que no han tenido el valor de suscribir los acuerdos internacionales que ellos mismos han redactado en conferencias internacionales, promovidas por la Organización de Naciones Unidas u otras organizaciones regionales, nos presenta un grueso expediente de fracasos en este orden. De ahí el fracaso de la Comunidad Internacional y de sus miembros, que no han logrado implementar las normas que ellos mismos han enunciado. Por otro lado, aun aquellos que han subscrito los Documentos y Tratados internacionales mismos, si bien no se han comprometido con los protocolos que proveen para su implementación, ignoran sin ambages las normas de derechos humanos cuando su peculiar percepción de la visión de sus propios intereses les dirige a destruir sin cuidado vidas y valores humanos, recursos materiales y humanos.

No nos equivoquemos: nos encontramos en un campo del Derecho Internacional minado por las pequeñeces de los seres humanos, un campo en el que se ha logrado algún progreso, pero en el que queda aún la mayor parte por hacer.

La historia de la inhumanidad del ser humano para con sus congéneres, a veces, nos hace cavilar sobre la capacidad del hombre para sobreponerse a sus actuaciones. El amor de Dios a la humanidad, creada a su Imagen y Semejanza, es verdaderamente infinito, pues Él nos sigue amando a pesar de la estupidez, la terquedad y la arrogancia manifestadas por sus criaturas humanas en un frenesí por negarle y macular su Imagen.

El catálogo de los abusos impuestos por los seres humanos a otros seres humanos se manifiesta en un horror continuo, sin alivio ni consuelo. La crueldad del ser humano sobrepasa la de las bestias salvajes. Desde el asesinato y la tortura física, infligidos a la persona humana como individuo, hasta la carnicería humana colectiva fundada en diferencias de credo, religión, color de la piel, etnia y nacionalidad, los seres humanos hemos manifestado un genio increíble para diseñar las maneras más crueles y exquisitas de destruirnos entre nosotros mismos y causar dolor a nuestros hermanos. La esclavitud, los trabajos forzados, el cautiverio, la castración, la violación, la rapiña, el saqueo, los campos de concentración, hambruna y exterminio, las cámaras de gas letal, los hornos para incinerar víctimas, son meramente algunas de las formas que toma nuestro ingenio cuando se trata de torturar y matar a nuestros hermanos. La libertad de expresión, la de aprender y enseñar, la de culto, la de escoger para sí un oficio, la de contraer matrimonio y formar una familia, todas son libertades que, en un momento u otro, han sido vedadas a algunos seres humanos por otros. El arresto arbitrario, la prisión injusta, sin causa o sin proceso justo, los juicios arbitrarios, y los castigos degradantes, han sido un ingrediente común en la vida de los hombres. Esto ha sido un hecho constante a través de la Historia. Y, lo que es peor, todavía lo es.

La personalidad y la dignidad de la persona humana han sido denigradas de una manera u otra a través de los siglos, hasta el punto de que hemos osado preguntar si la mujer o los indígenas de América, que el hombre europeo ha llamado indios, constituyen legalmente personas humanas, o si poseían almas inmortales, de modo que pudieran ser considerados como seres humanos. Teorías “modernas” han llegado a catalogar a los seres humanos como meramente una especie más de mamíferos entre tantos otros, la cual puede ser legítimamente sometida a la “experimentación científica”. Mientras que el Estado castiga oficialmente la violación de sus estatutos criminales y penales, también es cierto que el Estado, a menudo, permite, o lleva a cabo por sí mismo, programas no muy distantes de las acciones castigadas en sus estatutos penales y criminales, programas mediante los cuales unos seres humanos, ciudadanos del Estado, actuando en nombre y auxilio del Estado, perpetran contra otros seres humanos, también habitantes del Estado, actos de asesinato, matanza y expolio. Mientras el Estado, a menudo, concede protección en papel y tinta al individuo que sufre vejaciones e injusticias a manos de sus oficiales, no es raro que sea el Estado mismo el que las cometa. Los horrores de la Segunda Guerra Mundial, perpetrados por los Estados que formaban el Eje, al igual que por los que formaban el grupo de los Aliados, no han quedado opacados por otras acciones del Estado llevadas a cabo en Chile, Argentina, El Salvador, Vietnam, Camboya, Yugoslavia, Georgia, Azerbaiján, Armenia, Turquía, Irán, Irak, Zair, Tchad, Eritrea, Somalia, China, por mencionar solamente algunos de los sobresalientes.

¿Qué puede hacer la comunidad internacional? ¿Qué mecanismos efectivos poseemos? ¿Estamos condenados a cruzarnos de brazos y decir fríamente que, dentro de sus fronteras, un Estado puede tratar a sus habitantes a su discreción? Por otra parte, ¿podemos decir con toda veracidad, precisión y honradez que “[é]ste no es el Derecho Internacional de hoy”, especialmente a la luz de los hechos cotidianos y de las praxis estatales que nos embargan y abruman?

Ésta es la tarea a la cual los estudiosos del Derecho Internacional y de las Relaciones Internacionales estamos llamados. Una tarea en la que se ha logrado algo. Una tarea en que la realidad no se presenta ni aceptable ni halagüeña. Una tarea en la que nos queda mucho por delante y que no podemos dejar para otro día.

En varias intervenciones durante este Congreso, se ha hecho referencia a los valores fundamentales, a los derechos humanos, o a los derechos inalienables del hombre. La pregunta básica que nos hacemos es: “¿dónde se encuentran estos derechos?, ¿cómo los podemos descubrir?” A nuestro parecer, estos derechos se encuentran inscritos en el cosmos mismo, y en el microcosmos que llamamos el ser humano, el hombre y la mujer. El Dios Uno y Trino que nos ha creado también nos ha dado su Revelación, y nuestro entendimiento, con los cuales podemos descubrir y enunciar esos derechos, junto con las obligaciones que los mismos conllevan.

Nos hemos manifestado como discípulos lentos en aprender y torpes en la práctica. Nos ha costado trabajo darnos cuenta de que el hombre, por su propia naturaleza, ha recibido de Dios derechos inalienables que los demás hombres, incluyendo el Estado, estamos obligados a respetar. Además, poco a poco, nos estamos dando cuenta de que, conjuntamente con los derechos que afectan directamente al hombre, éste forma parte del cosmos, el cual tiene un orden en sí, que estamos en la necesidad de acatar, a fin de asegurar nuestra propia supervivencia y, especialmente, la de la humanidad que nos ha de seguir. El hombre está cobrando conciencia de que es el gerente del cosmos, de que no es el dominador que puede hacer lo que quiera con el mundo, y con los hombres y las criaturas que en él habitan.

El Estado no se puede separar de las personas que llevan a cabo sus funciones. Éstas, individual y colectivamente, tienen la obligación de respetar y hacer respetar los derechos de las personas que se encuentran bajo su jurisdicción. De no cumplir con este cometido, el Estado se expone a la intervención extranjera, ya sea de otros Estados o de Organizaciones internacionales. Esta realidad se ha dado dolorosamente en nuestras repúblicas latinoamericanas, en muchas de las cuales existen largas listas de personas desaparecidas y vejadas por las autoridades del propio Estado. Es una realidad que en estos días vemos terriblemente manifestada en Somalia, Haití y la antigua Yugoslavia.

La violencia solamente engendra violencia. Las soluciones obligadas por la violencia podrán ser, al principio, eficaces, pero, a la larga, como podemos ver en el mismo ejemplo de Yugoslavia, resurgen y se recrudecen cuando menos lo esperamos, y sin que podamos hallar soluciones adecuadas.

Escuchemos, pues, aquella voz que, hace ya casi dos mil años, y sin que haya perdido un ápice de su contemporaneidad, nos llama al amor a Dios y al amor fraternal como necesidades recíprocas de nuestro propio ser. Se trata de una disposición del cuerpo-espíritu-alma, que es el ser humano, que nos plantea una tarea que debemos emprender en el espíritu de las palabras del Hijo de Dios hecho hombre, Cristo Jesús, con las cuales iniciamos este escrito:

Os doy un mandamiento nuevo:
que os améis los unos a los otros.
Que, como yo os he amado,
así os
améis también vosotros los
unos a los otros.

Gracias por la acogida tan amable que me han brindado y por haberme invitado a estar entre ustedes.