La utilidad del arte

La utilidad del arte

endi.com
por Rafael Escalera Rodríguez
domingo, 2 de junio de 2024

La utilidad del arte

Algunas personas, a pesar de haber fracasado muchas veces según sus propias métricas, están siempre seguros de tener todas las respuestas y no son tímidos a la hora de decirnos cómo tenemos que vivir los demás. Para esos, la tan cartesiana experiencia de la duda resulta extraña. Hay otros, más sabios y generosos de espíritu, que saben que en la vida tan solo hay preguntas que trata de contestar (siempre sin éxito) cada ser humano. Uno de estos últimos, un siquiatra humanista de nombre Ernesto, me recordó la existencia de The School of Life, organización que estudia y genera materiales sobre una gran variedad de disciplinas relacionadas con el esfuerzo por aceptar nuestra naturaleza y vivir una vida plena y constantemente interrogada. Esos materiales (Art as Therapy, What is culture for?) y otros (The Meaning of Art, On the Art of Life and Vice Versa) apoyan e inspiran esta columna.

Estamos acostumbrados a pensar en el arte solamente como un producto separado de nosotros con el que nos relacionamos a través de nuestros sentidos. Pensando así, tendemos a ignorar el multifacético y sutil impacto del arte incorporado a nuestra manera de vivir.

Mucho del arte que nuestra cultura ha producido tiene como tema sentimientos tales como la culpa, el odio, el miedo y la vergüenza. Estas son emociones difíciles de procesar. El arte hace evidente que estos sentimientos no son solo nuestros, no nos hacen peores personas. Son productos evolutivos que compartimos por siglos con el resto de la humanidad. El arte legitima y otorga dignidad a nuestras miserias sin trivializarlas. Nos vulnera menos que la inmensa mayoría de las conversaciones que podemos sostener, con la probable exclusión de la sesión sicoterapéutica a la que pocos tienen acceso. El encuentro estético facilita el asimilar mejor lo que nos perturba, haciéndonos aceptar el desasosiego como parte de la condición humana. Así comprendemos que no somos los condenados de la tierra que muchas veces pensamos ser.

Hay también obras de arte luminosas, inspiradoras y alegres. Las mismas no niegan la existencia de la angustia, el dolor y la ansiedad, sino que pretenden comunicar que esas perturbadoras realidades no son la totalidad de nuestra experiencia de vida. En otras palabras, transmiten algo que todos necesitamos para continuar viviendo: esperanza. Curiosamente, es quizás este tipo de arte el que más estimula el resultado catártico que tienen las lágrimas cuyo impacto extremo conocemos como Stendhal Syndrome. Nuestra catarsis es el resultado de contemplar, leer o escuchar el estado de paz y celebración que anhelamos, pero que no tenemos en nuestra vida diaria. Sabemos que la vida no es como este tipo de arte nos la presenta, pero a la vez deseamos intensamente que lo fuese.

El arte satisface de manera especial la tan humana necesidad de conversar en comunidad, permitiéndonos interactuar con una “aglomeración” de artistas y arte de todos los tiempos. Este círculo especial no presenta los retos, no requiere los compromisos ni tiene las limitaciones de nuestras otras tribus. La misma incluye predominantemente a nuestros creadores preferidos, así como los personajes, escenas, colores y sonidos que han resultado de su talento. Ellos son un refugio tan acogedor como nuestros mejores amigos de carne y hueso. Este encuentro se da en espacios recónditos y mágicos del alma en los que prácticamente no admitimos a nadie. Esa conversación mitiga de manera especial nuestro aislamiento.

La compasión, una de las más loables de las cualidades humanas, se afirma con el arte. Las grandes tragedias literarias y artísticas funcionan como tales precisamente porque les ocurren a personas como nosotros, o aún mejores que nosotros. Esas tragedias no proponen que el protagonista no tiene responsabilidad por lo que le pasa. Más bien plantean que lo que acontece con Edipo, Hamlet, Othello, Antígona, Werther y tantos otros, podría pasarle a cualquiera. Seres imperfectos que somos, nuestras imperfecciones se parecen mucho a las de los demás.

La experiencia estética es una excelente manera de adquirir conocimiento. Ese conocimiento es sobre cosas, eventos, actitudes, temores, etc. Pero es también conocimiento sobre uno mismo. Se ha dicho que todo lector se lee a sí en cada libro. Las experiencias, vivencias y circunstancias de cada lector particular determinan el impacto de lo que se lee. Aunque quizás en diferente grado, lo mismo ocurre con otras manifestaciones artísticas. Todo conocimiento es poder. El poder supremo es el conocimiento de uno mismo. Pero además de aprender sobre nosotros, el arte nos permite penetrar en búsqueda de conocimiento, la mente de extraños, especialmente de aquellos que no pululan en nuestra vida diaria.

El buen discernimiento es parte de esta experiencia. El relativismo exagerado de nuestra cultura necesita ser atemperado con la asimilación de valores que han trascendido el tiempo. Los antiguos griegos pensaban que la belleza estaba asociada a la virtud y la fealdad a la corrupción y al mal. Pero pensar así solo tiene sentido en la medida en que podamos distinguir la belleza de la fealdad, la habilidad de la torpeza y la sensatez de la estupidez.

Vivir es formularnos preguntas. La experiencia estética está destinada a suscitar en cada individuo interrogantes muy personales. Pero ahí precisamente reside su esencial virtud. La virtud de ayudarnos a existir.

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