La Participación de Ramón Power y Giralt en las Sesiones Secretas de las Cortes de Cádiz

La Participación de Ramón Power y Giralt en las Sesiones Secretas de las Cortes de Cádiz*

Enrique P. García-Agulló y Orduña**

D. Ramón Power y Giralt falleció en Cádiz el 10 de junio de 1813. Pocos días antes había escrito que “enfermo y sin recursos en un país extraño no puede serme indiferente el olvido con el que se me abandona a la más triste suerte.”

EXCMO. SR. PRESIDENTE DE LA ACADEMIA PUERTORRIQUEÑA DE JURISPRUDENCIA Y LEGISLACIÓN

EXCMAS. E ILMAS AUTORIDADES

EXCMO. SR. EMBAJADOR DEL REINO DE ESPAÑA

EXCMOS. E ILMOS. SRES. ACADÉMICOS

SEÑORAS Y SEÑORES.

Profundamente conmovido por hallarme entre ustedes, legítimos herederos de aquellos españoles de este hemisferio, y por el honor que me brinda este noble Instituto al abrirme su cátedra a fin de que pueda exponerles mis modestos trabajos sobre la figura del Prócer Ramón Power y Giralt en las sesiones secretas de las Cortes generales y extraordinarias que se abrieron con su Vicepresidencia el día 24 de septiembre de 1810, Día de Nuestra Señora de la Merced, copatrona, junto con la Virgen del Rosario, de la ciudad que me vio nacer, y en la que en la actualidad tengo la dicha de seguir viviendo tras algunas ausencias que, por motivos profesionales, me llevaron fuera de ella, comparezco ante su benevolencia para darles cuenta de estas preocupaciones que para mí están siendo las Actas de aquellas sesiones secretas.

Puedo decir hoy con verdadero gozo que me han dado la feliz oportunidad de que una asignatura que tenía pendiente, al llegar a este momento de mi vida, a causa, quizás, de una justa y benéfica circunstancia cual es mi dedicación al Bicentenario de la Constitución Española de 1812, ha dejado de estar pendiente y completa un ciclo en mi existir.

El paréntesis abierto hace años en mis preocupaciones puede cerrarse y dar pie al curso de la normalidad. Las vivencias que estoy seguro se apropiarán de mí durante esta estancia en su hermosa Isla me harán comprender mejor, sin duda, qué pasó con aquella aventura que se iniciara a finales del Siglo XV.

Y es que Puerto Rico, con su natural condición de Estado Libre, comparte con muchos de nosotros, las raíces de la hispanidad.

Vengo, como vinieron muchos de sus ascendientes, de un pueblo amalgamado por el cruce de linajes y razas. Desciendo, como muchos de ustedes, de un encuentro entre las primitivas sociedades de la Iberia peninsular con el arrojo de los navegantes fenicios, aquella raza de navegantes que ya quedaron citados en la propia Biblia al recordar la gesta de las naves del Rey Hiram llegando hasta Tharsis, (¿las costas de Cádiz?),  para comerciar con los primitivos pueblos del Occidente que se abrían al Mar Tenebroso.

Y, aún hoy, a los tres mil años de aquel encuentro, cierro los ojos y no me es nada difícil imaginarme aproximándose a las rocas que sustentan mi ciudad, las míticas islas Kotinoussa y Erytheia del archipiélago de las Gadeiras, las velas de los barcos de aquel pueblo comerciante y marinero.

Como tampoco es tan difícil reproducir en mi interior desde el arcano aquellos rostros de los que entonces poblarían las playas de mi tierra natal observando con asombrada curiosidad aquellas naves que, procedentes del hondón del más lejano Mediterráneo, aparecieron por primera vez frente a su costa, arriando su vela y fondeando mientras, probablemente, tripulaciones y lugareños estudiaban qué hacer y se vigilaban mutuamente a bordo de las mismas o en la arena de la playa.

Hermoso espectáculo para la Humanidad el que hoy se nos está dado acceder si lo intentamos, educados como estamos en esta sociedad de las imágenes, para recomponer la escena.

Unos hombres cansados, con sus rostros requemados al sol y a la sal, separados de su puerto de origen mucho tiempo atrás, de las ciudades donde nacieran y quedaron sus familias, de sus reyes y de sus dioses, observando la línea de la costa. ¿Llegarían al atardecer, llegarían a las primeras luces del día? ¡Qué tremendo momento!

Al Estrecho de Gibraltar se accede desde el Levante, desde el Oriente, entre dos grandes masas montañosas, las Sierras del Norte de Marruecos y las que configuran el Sur de España vigiladas, desde siempre, por la inmensa mole del Peñón que lleva su mismo nombre. Son las puertas hacia el Mar Ignoto, las columnas que empujase Hércules, mítico fundador de mi Cádiz natal, Hércules, dominador y fundador de Cádiz.

Es muy fácil imaginarse la derrota que tomaran las naves de aquellos fenicios que posiblemente seguirían la ruta que cada año reinicia nuestro preciado atún rojo en sus desplazamientos desde el Atlántico al fondo del Mediterráneo para desovar y viceversa. Y es fácil que así fuese cuando la numismática descubierta en nuestra ciudad nos muestra unas monedas acuñadas por estos pueblos donde en una u otra cara de la misma se ve labrado un atún o un delfín, o los dos.

De seguro que en aquellas primigenias pesquerías orientales donde cada año verían acercarse los atunes en bandadas, se observaría con repetido interés cómo al poco tiempo desaparecían estos hermosos y fuertes reyes del mar rumbo al Oeste, año tras año. De la pesca próxima al litoral se irían atreviendo a perseguirle ya en mar libre. Y al otro año igual. Y así año tras año. ¿Por qué no imaginarnos que, como consecuencia de ese distanciamiento de la tierra se atrevieran un día a seguir la línea de costa, tal como hasta hace muy pocos años se ha hecho en la navegación que conocemos de cabotaje, y teniendo siempre a la vista la línea de tierra, adentrarse cada vez más en ese mar desconocido?

No es tampoco arduo imaginarse aquellas primeras navegaciones en un mar que empezaba a ser cruzado por sus pueblos ribereños. Egipto de los Faraones, Sidón de los Fenicios, el sur de las ciudades griegas que fueron de Turquía o las propias costas e islas griegas que pronto iban a verse conectadas por las primeras marinas comerciales o, tal vez,  agredidas por las primeras invasiones de las armadas militares. Y así, por tanto encuentro y desencuentro, se irían formando al Sur y al Norte del Mediterráneo, cada vez más distantes de la vieja Tiro, los primeros establecimientos mercantiles o avanzadas que pronto devendrían en importantes ciudades. Biblos daba paso a Cartago o El Pireo a nuestra Ampurias.

Sólo fue seguir el curso de la costa que, a estribor o a babor de aquellas naves, se perfilaba. Y a lo mejor por eso fue que nació para la historia Gadir, mi Cádiz natal. Y Cartago o Rosa, continuando, como muchas otras ciudades del momento, nuevas aventuras marineras. Y Roma, la madre de todas las ciudades de Europa que, muy poco tiempo después, mandó también sus  trirremes a dominar las costas mediterráneas.

Ya saben ustedes que la provincia de Cádiz, de donde vengo, se baña en dos mares, el Mediterráneo y el Océano Atlántico. En muchas ocasiones, navegando a vela por esas costas nuestras, en el silencio del mar, también he jugado a imaginarme aquel día, cómo sería aquel primer día.

Verán. Si cierran sus ojos y perfilan el mapa cercano al Estrecho de Gibraltar podrán ver cómo la línea de costa, al llegar a la Punta de Europa, donde se ubica la actual ciudad gaditana de Tarifa que tan briosamente pasara a la historia con la firme gesta de Guzmán el Bueno, deriva de manera notoria hacia el noroeste. Y conforme se va saliendo del Estrecho rumbo a Occidente, la costa norteafricana se diluye hacia el Sur así que, pronto, muy pronto, deja de verse ésta y sólo se tiene como referencia la costa gaditana.

Normalmente, con vientos mansos, la travesía de Tarifa a Cádiz se puede hacer en una jornada. Saliendo de Punta Europa al mediodía es fácil, en los largos días del verano, empezar a ver las luces de Cádiz al final de la tarde. Pero también Cádiz hace un guiño al mapa y, al caer a estribor, la larga lengua de arena que va desde el viejo Templo de Hércules, hoy algo aislado en el Caño de Sancti-Petri, recorre de Sudeste a Nordeste la larga isla Erytheia hasta el canal que la separaba de la isla Kotinoussa, hoy aterrado.

Pues bien, esa jornada es la que se tarda normalmente desde la boca del Estrecho hasta Cádiz donde se puede llegar sin prisas al atardecer y aquellos primeros fenicios, llegados al Archipiélago de estas Islas Gadeiras a primeras horas del anochecer, cuando el sol tiempo ha que se ha escapado tras la línea de horizonte que mira para América, verían sin duda la luz de alguna fogata que alumbrase a los pueblos de la costa y, al momento, conscientes de la trascendencia de lo que podría pasar, expectantes del brillo de aquellas lumbres alejadas en la oscuridad, dejarían arriar la vela  fondeando anhelantes sus naves frente a la desconocida costa a la espera de las primeras luces del día.

¡Momento especial!

Desde tierra, al comenzar el nuevo día, algún habitante del lugar saldría de su cabaña y se acercaría a la playa en busca de conchas o de almejas con qué desayunarse, o quizás a tender redes que desde la orilla fuesen capaces de capturar algún pez que llevarse a la boca cuando, teniendo a su espalda el sol del amanecer, su mirada se pararía atónita sin duda en esos flotantes artefactos próximos a la playa donde también se esperaba el amanecer. Y correría tierra adentro a dar la voz de alarma. Y volvería acompañado de sus amigos a ver qué pasaba. Desde las naves unos hombres decidieron bajar a tierra y, a golpe de remo, se acercarían en una chica chalupa.

España había comenzado por Cádiz y Cádiz se había nutrido del primer cruce racial. Aquella mañana, que deberemos de presumir clara y luminosa, sirvió de escenario para el encuentro de dos culturas que nunca hasta aquel día habían sabido nada la una de la otra.

Ya ven, no habíamos empezado los españoles de aquel hemisferio las primeras líneas de nuestra historia y ya supimos de un viejo Rey Argantonio que escribía sus leyes en verso para Tartessos y ofrecía  lingotes de plata extraídos de sus minas para cimentar las bases de entendimiento con los pueblos de aquel mar entre tierras.

Tras aquellos años del Gadir fenicio y del inmediato gobierno que de los nuevos territorios perfilara la sociedad púnica desde la Cartago norteafricana, ocho siglos después de aquel primer desembarco, también un nuevo pueblo llegó hasta nuestras costas desde el Mediterráneo y el águila romana se enseñoreó de Gades y de la incipiente Hispania donde germinó una nueva alianza de pueblos culminada en el cruce de hispanos, fenicios o griegos con Roma y, a su vez, no mucho después, todos ellos, con los godos que en España se asentaron naciendo así la raíz del pueblo español formada en esos otros ocho siglos de convivencia entre los pueblos hispanos.

A la noble Grecia, la vieja Iberia, a la audacia de los fenicios y a los primeros mostradores del comercio que los púnicos establecieran, tras estos ochocientos años que nos llevaron a vivir con los romanos, dieron pie a lo que muchos creemos verdadera raíz de la hispanidad, el pueblo hispanorromano que, sin renunciar a la valiosísima aportación que recibiéramos de celtas y godos que perfilaron nuestras viejas costumbres y nuestra antigua organización como pueblo, dieron patente de identidad al viejo pueblo español, pronto adalid de la Cristiandad.

Pero aún nos quedaba a los gaditanos ver más.

El ímpetu de un joven Islam, enaltecido por su estrenada juventud, también quiso cabalgar por las arenas de sus territorios en busca de un fértil vergel, Al-Ándalus, el área que hoy compartimos portugueses y españoles como Península Ibérica y donde volvió a producirse la singular regeneración sanguínea de nuestro ADN nacional ya que, nuevamente durante ocho siglos, otra nueva savia contribuyó en nutrir nuestro sentir y ser nacional.

¡Qué curioso! Ciclos de ocho siglos siempre. Ocho siglos desde la vieja Fenicia hasta Escipión. Ocho siglos desde el godo D. Rodrigo y ocho siglos desde Tarik también hasta los Reyes Católicos, Dª Isabel y D. Fernando. Siempre esos ciclos de ochocientos años cada uno hasta que se nos abrió la puerta de Occidente

Y es que la historia de Cádiz siempre ha estado ligada al mar.

El cierre del Siglo XV nos trae a los españoles el fin de un ciclo y el comienzo de otro. Cae Granada y Colón descubre América. Es el tiempo de las Navegaciones y de los Descubrimientos y nuevas migraciones comienzan a fluctuar desde las viejas tierras a un Nuevo Mundo. Y otra vez a empezar la misma historia. Otra vez a llevar las naves a nuevas tierras y a generar un nuevo encuentro de pueblos. Y todo ello también de las costas de donde vengo.

Había empezado a agotarse un Mundo Antiguo y la Humanidad buscaba ansiosamente un futuro nuevo que se encontró en la feraz América y de nuevo, dos mil cuatrocientos años después, parecidas escenas bajo el cielo. Unas naves fondeadas frente a una costa desconocida. Las luces de un nuevo día y un nuevo encuentro entre distintos y desconocidos pueblos.

Fueron los siglos del Nuevo Mundo, las más preciadas posesiones de los Reyes de España, los siglos amados de Cádiz que no ha podido superar aún la separación.

Mi ciudad es muy pequeña, con un término municipal muy exiguo, prácticamente, de diez kilómetros cuadrados nada más. Una larga lengua de arena por la que, en tiempo de los romanos, transcurría el acueducto que traía el agua a la vieja Gades y cuyas conducciones aún se pueden ver a lo largo de sus playas, que se extiende en dirección Sur-Norte desde el viejo Templo de Melkart, erigido por los fenicios, que años después se dedicaría a Hércules y adonde acudiera el propio Julio César a contemplar la estatua de Alejandro Magno, se alarga hacia el Noroeste, hasta la coqueta Playa de la Caleta, primer fondeadero de las naves de aquellos marinos comerciantes.

Y del Levante al Poniente es por donde se extiende la ciudad nueva actual.

No tiene tierras de labor, ni granjas ni alquerías, ni pace próxima a ella ganado alguno y como anécdota fácil de comprender por este ilustrado público de naturaleza jurídica, curiosamente, los Juzgados de Cádiz no conocen de pleitos donde se discutan disputas agrarias que sólo la Audiencia Provincial, con sede en nuestra ciudad, conoce como tribunal de segunda instancia en las apelaciones que vienen de los demás pueblos y ciudades que conforman la provincia gaditana, feraz y rica en sus campos y dehesas, cuna de generosos vinos y orgulloso ganado bravo.

Tan sólo comprende, además de su caserío, de unas antiguas salinas que afloran en lo que es hoy un Espacio Natural de poco más de cinco kilómetros cuadrados cuyo ecosistema en la actualidad está protegido por las leyes como Parque Natural de la Bahía, de algunos establecimientos militares de Artillería de Costa y de las dunas perpetuas de nuestras playas que se mueven con los vientos serpenteantes por el asfalto de la autovía que nos une a San Fernando.

Cádiz es ciudad y es puerto, sede del comercio y de las novedades y así lo era ya cuando se formaban en su Bahía las Flotas de Indias limitando su territorio al Poniente, con el Nuevo Continente.

Es una ciudad europea, ciertamente, porque, como ciudad española, pertenece a la Unión Europea, pero desde hace cinco siglos vive su amor por América.

Nuestras casas, nuestras iglesias, nuestras fortalezas, podrían alzarse aquí o allí con total naturalidad. Nuestro folclore y, algunas veces, nuestros mejores vinos, se enseñorean por ese vaivén de ida y vuelta que, desde entonces, ha venido alimentando nuestro existir. Las calles y plazas se rotulan con los nombres americanos y, por supuesto, San Juan de Puerto Rico está presente en la ciudad porque la plaza donde se ubica la Jefatura de la Policía Local de nuestro Ayuntamiento, lleva su nombre.

Por eso, cuando la Historia sorteó los sitios en los que podría  construir España su Libertad, se fijó en Cádiz, la ciudad de los encuentros, la ciudad de los mares, la ciudad erigida por los pueblos del Levante mediterráneo que se convirtió en la puerta de tres continentes, Europa al Norte, África al Sur y América al Poniente. La España de ambos hemisferios cuando las Cortes de Cádiz.

El Combate de Trafalgar había desarbolado la Flota de España dejándonos sin marina militar. La impericia del Almirante Villeneuve llevó nuestros barcos al desastre y a la muerte en las frías aguas del Atlántico a lo más granado de la marina española.

Trafalgar fue un sublime sacrificio donde quedaron inmoladas las vidas de valientes soldados. Nelson, Churruca o Gravina no son más que los primeros nombres de un lapidario feroz pero también fue el principio del fin.

La armada británica se había enseñoreado del mar a lo largo y ancho del planeta mientras las pocas naves que restaban de la Marina Real española permanecían amarradas en sus apostaderos o pendientes de reparar en astilleros y careneros. Por otro lado, nuevos vientos cruzaban entonces la faz de la tierra portando las nuevas ideas del constitucionalismo y de la libertad. Nuevas fuentes de pensamiento habían hecho correr un curso cada vez más impetuoso de libertades y el hombre empezaba a saberse administrador de su propia vida y no sujeto sometido a las voluntades de sus Reyes.

Los recién creados Estados Unidos de América habían conseguido independizarse de Inglaterra y habían alzado contra su singular Parlamento una nueva Unión de individuos frente al poder tradicionalmente instituido.

En Francia, la Revolución había hecho brotar tras la dureza de la guillotina las primeras letras piadosas del Himno a los Derechos del Hombre y a su primera Constitución.

Y las Españas, con tan extensos territorios y sin una flota importante en que basar su conexión, no podrían sustraerse a estos nuevos vientos.

Curioso es que el invasor diera la voz de salida a los liberales españoles que pensaban en cambiar el Viejo Régimen con la Carta otorgada de Bayona porque, sin duda, los nuevos credos sociológicos, las nuevas corrientes humanistas y las ansiadas libertades para el comercio, levantaron en España la necesidad de constituirse en un gran pacto nacional a semejanza de lo que había sucedido ya en la Constitución norteamericana o en la Declaración francesa de los Derechos del Hombre o su Constitución.

Y esto se dio en Cádiz, en la ciudad de los encuentros, en la ciudad del mar, en la ciudad del comercio.

Madrid se alzó el 2 de mayo de 1808 frente al más impresionante ejército de todos los tiempos y el proceso constitucional, en la confusión de la defensa de la dinastía tradicional de los Reinos de España y por el deseo de transformación que en algunos sectores de la población había germinado, sin saberlo, había sembrado en feraz suelo su semilla.

La guerra hizo salir de Madrid al gobierno de la Nación y la Junta empezó su largo peregrinaje hacia el Sur donde recalaría, dos años después, en una pequeña población militar que hasta unos pocos años antes había sido parte integrante del municipio gaditano, la Real Isla de León, antes Antípolis. Ésta es la tercera de las islas que al sur de la península ibérica habían conformado el archipiélago que los antiguos historiadores denominaron Gadeiras, según el nombre que le habían dado los primeros viajeros que al mismo llegaran desde el fondo del Mediterráneo.

Y en esa pequeña localidad, donde se situaban por aquel entonces alrededor del carenero y de la guarnición militar algunas huertas que nutrían a Cádiz del cotidiano alimento, en esa Real Isla de León, que ahora lleva el nombre de Ciudad de San Fernando, todo empezó el 24 de septiembre de 1810 para los españoles de ambos hemisferios, cuando España era una Isla….

Dice el Diario de Sesiones:

En seguida tomó la palabra el Diputado D. Diego Muñoz Torrero y expuso cuán conveniente sería decretar que las Cortes generales y extraordinarias estaban legítimamente instaladas; que en ellas reside la soberanía; que convenía dividir los tres Poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, lo que debía mirarse como base fundamental, al paso que se renovase el reconocimiento del legítimo Rey de España el Sr. D. Fernando VII como primer acto de soberanía de las Cortes; declarando al mismo tiempo nulas las renuncias hechas en Bayona, no solo por la falta de libertad, sino muy principalmente por la del consentimiento de la Nación. Desenvolvió estos principios con muchos y sólidos fundamentos sacados del derecho público, y de la situación política de la monarquía, los cuales fueron después ilustrados por muchos Sres. Diputados. Concluyó manifestando que uno de los Diputados traía preparado un trabajo sobre este importante asunto, que podía mirarse como una minuta del decreto que convenía sancionar sobre estos puntos.

 Convinieron las Cortes en que se leyese, y lo verificó el Sr. Luján, que era quien traía el papel.

Discutióse prolijamente sobre cada uno del los puntos que comprendía.

El primero declaraba hallarse los Diputados que componen este Congreso, y que representan la Nación, legítimamente constituidos en Cortes generales y extraordinarias, en quienes reside la soberanía nacional. Quedó aprobado.

Por el segundo se reconocía y proclamaba de nuevo al Sr. Rey D. Fernando VII, y se declaraba nula la cesión de la Corona que se dice hecha a favor de Napoleón. Quedó aprobado.

Por el tercero se establecía la separación de los tres Poderes, reservándose las Cortes el ejercicio del legislativo. Quedó aprobado.

Por el cuarto se declaraba que los que ejerciesen el Poder ejecutivo en ausencia del Sr. Rey D. Fernando VII serían responsables a la Nación. Quedó aprobado.

Por el quinto habilitaban las Cortes a los actuales individuos del Consejo de Regencia parta que interinamente ejerciesen el Poder ejecutivo, lo que era tanto más conveniente declarar, como que el Consejo de Regencia debía ser rehabilitado, y había manifestado en su papel sus deseos de dejar el mando. Quedó aprobado.

Por el sexto se establecía que el Consejo de Regencia vendría a la sala de sesiones a reconocer la soberanía nacional de las Cortes.

Prolongándose mucho la discusión sobre este punto, se propuso por algunos Sres. Diputados que fuese permanente la sesión hasta que quedase terminado este decreto fundamental, y el reconocimiento que debía prestar el Consejo de Regencia.

Acordado así por el Congreso, siguió la discusión hasta determinarse el punto como queda en el decreto.

Por el séptimo se fijaron los términos del reconocimiento y juramento que la Regencia debe hacer a las Cortes cómo se ve en el mismo.

Por el octavo se confirmaban por ahora todos los tribunales y justicias establecidas. Quedó aprobado.

Por el noveno se confirmaban por ahora todas las autoridades civiles y militares. Quedó esto aprobado, sin admitirse la adición que un Diputado propuso para que se confirmase también las autoridades eclesiásticas, por haber observado otros señores vocales que éstas no tienen su origen de la potestad civil.

Por el décimo se declaraba que las personas de los Diputados son inviolables. Quedó aprobado. 

Por el undécimo y último se encargaba al Consejo de Regencia que viniese acto continuo a la  sala de sesiones a prestar el reconocimiento y juramento prescrito, y que reservase el publicar y circular este decreto hasta que las Cortes manifestasen cómo convendría hacerse. Quedó aprobado.

La historia dispuso que en aquella inolvidable fecha estuviese presente en La Isla un único Diputado americano, D. Ramón Power y Giralt de quien, como es natural, debo hacerles obsequio de glosar su biografía tan conocida como venerada en Puerto Rico aunque, con su benevolencia, les agradeceré que, como español, me permitan exponerles su Hoja de Servicios obtenida del Archivo de la Armada española, que lleva el nombre de “Álvaro de Bazán” y que se encuentra prácticamente en el centro del territorio peninsular español, en una localidad que, como quizás puedan conocer, se llama El Viso del Marqués.

Don Ramón Power ingresó en la Escuela de Guardias Marinas de Cádiz en 1792 el día 22 de mayo, recibiendo despacho de Alférez de Fragata el siguiente 29 de enero de 1793, ocho meses y una semana después.

Tenía, pues, aquel bizarro Alférez de Fragata, poco más de dieciocho años cuando embarcó en el navío San Pedro Apóstol con el que hizo algunas comisiones al Mediterráneo y ya, en abril del siguiente año, partió para la América septentrional donde tuvo destino en otros buques hasta agosto de 1796 que volviera a Cádiz en el bergantín “Vigilante” uniéndose a la Escuadra de D. Juan de Langara con la que de nuevo salió igualmente por el Mediterráneo, regresando a Cádiz con la del mando del Almirante D. José de Córdoba en marzo de 1797 y en la que permanecería embarcado en los navíos “Asís”, “Soberano” e “Ildefonso” hasta que, en diciembre de 1798, saliera para Veracruz no volviéndose para Europa hasta mayo de 1799, permaneciendo en El Ferrol hasta junio de 1800 cuando fuera transbordado al navío “San Carlos” como Ayudante de D. Juan Moreno, partiendo de nuevo hacia Cádiz y Algeciras, permaneciendo embarcado hasta diciembre de dicho año en el que, S.M. El Rey, le concedió licencia por un año para que pasara a Puerto Rico, su Patria, (como dice su Hoja de Servicios…), obteniendo por nueva licencia de S.M. prórroga por otros seis meses más hasta fin de diciembre.

En l6 de diciembre de 1801 le fue concedida otra nueva Real Licencia por un año que le fue prorrogada por otros seis meses más.

En enero de 1805 se halla en Puerto Rico como Comandante de la Goleta “Fortuna” donde siguió hasta diciembre de dicho año.

En 1806, al excluirse del servicio dicho buque por inútil, pasó con igual encargo de Oficial a comandar la nombrada “Cometa” con la misma misión de correo de la costa.

En 1807 pasó todo el año en Puerto Rico como Comandante de la Goleta “Cometa” y, finalmente, ya en 1808, recoge su Hoja de Servicios una nota de 12 de junio de dicho año con la que se da cuenta de la recomendación particular que el Comandante del Apostadero de Marina de Puerto Cabello hace del Teniente de Fragata D. Ramón Power, Comandante de la Goleta Correo “Cometa” porque con sus conocimientos, actividad y celo, mantiene la correspondencia de aquel continente con Puerto Rico, acabándose así, en los reconocimientos de Power, la transcripción guardada en el Archivo de la Marina.

Finalmente, con fecha 13 de julio de 1810, dirigido a D. Félix de Texada, queda nota de lo que sigue tomado como manifestación del Gobernador de la Isla de Santo Domingo:

El Teniente de Navío de la Real Armada D. Ramón Power, Diputado para las Cortes por la Isla de Puerto Rico, de donde ha salido ya para su destino, vino a fines de Mayo del año próximo pasado, en el Bergantín de guerra “El Aguila”, con el mando de las fuerzas sutiles de aquella isla al bloqueo de esta plaza, que se formalizó y estrechó desde su llegada en términos, que cesaron por esta parte los recelos, de que habla el Diario; el exacto desempeño de su comisión, su interés por el Real servicio, su carácter desinteresado, y demás prendas, que le califican de un Vasallo estimable, me ejecutan a tomarme la libertad de hacerlo presente a V.M. considerándolo de justicia a favor de un Oficial tan benemérito.

Y lo traslado a V.E. de Orden del Consejo de Regencia para su noticia y demás efectos que puedan convenir. Dios guarde a V.E., Isla de León, 8 de octubre de  1810.

Éste era el Oficial de la Armada y Diputado en las Cortes generales y extraordinarias de 1810 que, preparándose en Francia y en Cádiz, navegó también por el Mediterráneo, curiosa coincidencia en este enclave abierto a estos dos mares.

Dicho esto vayamos a las sesiones secretas de las Cortes.

Quisiera en primer lugar advertir de la parquedad de las Actas que se refieren a estas sesiones transcritas más en un lenguaje criptográfico que revelador, por sus naturales consideraciones de discreción y reserva al tiempo que por la carencia de hábiles escribanos en aquellos momentos del inicio de tan Augusto Congreso y es que la ausencia de taquígrafos al principio de las reuniones de las Cortes hizo que las primeras Actas recogidas en San Fernando, entonces la Real Isla de León, fueran excesivamente sucintas y parcas, estimándose que no es sino hasta diciembre cuando comienzan a recogerse las Actas con mayor rigor y, segundo, la natural cautela de los temas tratados que aconsejarían ese secretismo que les refiero.

Lejos, pues, estos instrumentos recordatorios de esa preciosa oratoria que en los que corresponden a las sesiones públicas expresaban nuestros tribunos y cuya lectura a todos recomiendo como verdadera lección de conocimiento del lenguaje y sinceridad en la expresión de los sentimientos.

Desde los primeros momentos de aquel Parlamento ocupan lugar destacado la cuestión americana y el libre comercio. Van a ser muchas las sesiones que concentrarán en estas sesiones secretas el interés de nuestros Diputados y ya, el 3 de octubre de 1810, prácticamente a la semana de la apertura de aquellas Cortes generales y extraordinarias, se acordó fueran secretas las sesiones que tratasen sobre declaración de los dominios de Ultramar, integrantes de la Nación española con igualdad de derechos a los territorios peninsular e insular clásico, esto es, los archipiélagos balear y canario.

Y pocos días después, en el siguiente 9 de octubre, los Diputados americanos, como así fueron llamados desde el principio del Congreso diferenciándolos de los que pertenecían a los territorios que tradicionalmente habían sido llamados a Cortes, conocidos como europeos, pidieron tratar acerca de “las declaraciones lisonjeras y justas que convenían hacer a favor de los dominios de Ultramar” acordándose tratar este tema en siguientes sesiones secretas y extraordinarias.

Ya ven, parece que un deseo de los Diputados americanos implícitamente acordado por llevar la “cuestión americana” en secreto y no en sesiones públicas, como si de un proyecto bien trazado previamente se tratar desde el sentir de esta parte más occidental del común hemisferio, imperó desde el principio, inteligentemente quizás, desbrozando por ello de angustiosos e incómodos debates el cuidado de la cosecha que, de seguro, estimaron podrían recoger meses más tarde. Y llegó el 10 de octubre de 1810, a mi juicio, fecha clave en la agenda de aquellos Diputados.

Cuenta el Diario de Sesiones que aquella precisa sesión secreta, que se circunscribió exclusivamente a la solicitud de los Diputados americanos a favor de lo que pretendían en aquellos dominios de su residencia, “generó una discusión larga y vivaz por estimar justas sus pretensiones”, dándose la singular circunstancia de que, quienes así se consideraban americanos, vivían por aquel entonces en la Península y, para mayor eficacia en lo que de general y extraordinario se buscaba por todos en aquellas Cortes, ocuparon de manera suplente los escaños que, fechas inmediatamente siguientes, irían siendo ocupados por sus legítimos poseedores, los electos en tierras americanas y filipina.

¿Todos eran suplentes? No, y ustedes bien lo saben, que el único Diputado titular americano precisamente al inicio de todo, fue D. Ramón Power y Giralt, que ya se encontraba en el enclave gaditano a la hora de abrirse aquellas Cortes generales y extraordinarias el día de Nuestra Señora de la Merced del año de gracia de 1810, pero todos, los que eran suplentes y el único titular, propusieron a sus compañeros de función en tan Augusto Congreso, discutir estas cuestiones una vez fueran haciéndose presentes en las Cortes aquellos Diputados que habían sido elegidos en los lejanos Virreinatos, Audiencias o Capitanías, salvándose así el sagrado principio de la representación territorial, clave y razón de una asamblea democrática.

Hasta allí, y en el fragor de la mayor de las contiendas en la que España se había visto inmersa quizás desde la invasión de los musulmanes, en el consenso de europeos y americanos, se izó la grandeza de nuestro Primer Código Fundamental cimentando tan noble principio el armazón de lo que habría de ser de inmediato Congreso constituyente nutriendo con  generosidad las bases de su gestación.

Primero, que las Cortes ratificaran aquellas declaraciones que establecieran el principio de que los dominios de Ultramar eran parte integrante de la Monarquía e iguales en derechos a la Madre Patria.

Segundo, que se tuviera en cuenta adecuar la representación a la verdadera extensión y población de aquellos territorios.

Tercero, que habría de tratarse la particularidad del comercio hacia y desde los puertos americanos.

Y, cuarto, que se aprobase un “general olvido” sobre las “conmociones” manifestadas en algunos puntos de América.

Antes de entrar en detalle déjenme que comparta con ustedes este hermoso concepto que se da al territorio de la vieja España, el de “Madre Patria” puesto en voz por los propios Diputados americanos y que tanto nos distingue a los otros dos grandes procesos constitucionales, el norteamericano y el francés porque, ¿quién hurtará el noble sentimiento de sentirse hijos y de defender a la madre que manifestaron aquellos Diputados del Nuevo Mundo?

Si en los Estados Unidos de América aquellos colonos proclamaron su Ley de Leyes como un nuevo pueblo, si la Constitución francesa ensalza su texto declarando proscrito el régimen en el que hasta entonces siendo  franceses habían vivido, los Diputados españoles de ambos hemisferios, conscientes algunos de ellos ya de que el tiempo era cambiante y que pronto habrían de instar en sus territorios la secesión de esa Madre Patria, ante la flaqueza y la debilidad de quien les había dado la vida, no dudaron ni un ápice en proclamarse hijos de una misma madre y, en su maternal regazo, definirse como reunión.

Y esto, a los dos siglos de lo que pasó, conmueve, como conmueve la tierna expresión encontrada en la literatura actuarial del general olvido en aquel tiempo de conmociones, tumultos y levantamientos ante el Poder en tan distantes territorios, la amnistía, como nos tiene acostumbrado el actual lenguaje a escuchar y decir, que no es más que, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, ese olvido legal de delitos que extingue la responsabilidad de sus autores, magnífico himno de generosidad que aumenta su valor al demandarse sea declarada de manera general y no de unos para otros.

Ello, ha de decirse, parece fue tomado por todos con atención pero exigiéndose la más natural de las virtudes, la prudencia, que siempre ha de imperar sobre el hombre para que sus tareas y su vivir puedan llegar a feliz término eludiendo la contienda. Y se comenzaron a tejer los primeros mimbres de aquel cesto común que a todos en reunión nos llevaría hacia nuestros propios destinos no sin antes acudir igualmente en reunión a la defensa de la común Madre Patria frente al francés invasor.

Imbuidos, pues, de aquella prudencia, aunque ciertamente avaros en otras humanas exigencias, despejaron de la discusión cotidiana otros temas que les pareciera de claro conflicto y en los que, justo es recordarlo, algunos de quienes abogaron por este apartamiento, procedían de aquellas orillas más occidentales de los Dominios de Ultramar, aconsejando no tratar tan de inmediato el asunto de la igualdad de las diferentes castas y gentes de color existentes ya en América para admitirles en esa demandada representación, lo que originó, dicen las Actas, importantes discusiones “en fino y corto”.

Nos estamos acercando ya en este proceso a la singular y esencial participación de D. Ramón Power en las sesiones secretas de aquellas Cortes de las que fuera Vicepresidente y conviene resaltar aquí la afortunada presencia en los debates del diplomático y gran jurista que fuera D. Evaristo Pérez de Castro, a la sazón Secretario de tan Augusto Congreso, que propuso a la Asamblea para lograr el mejor entendimiento entre todos, que desde ese primer instante se declarase que América era parte integrante de la Monarquía y se obviara, a la vista del desentendimiento existente entre los propios americanos, asunto tan singular como el de las castas, dejándose para sucesivos debates el tema de la representación que habrían de irse tratando en futuras sesiones secretas, o el de la libertad del comercio para los puertos que propuso, igualmente, posponer para más adelante.

Prontas serán ya las voces americanas que se alzan en clara disonancia con esta propuesta o a favor de la misma porque si D. José Mexía Lequerica, irrogándose la representación americana en ese sentir bien pronto exige sea tratado el tema de la libertad de los puertos americanos, otro americano, por ejemplo, que no fuera tampoco de condición anónima y que incluso con el tiempo ostentaría la presidencia de aquel Congreso, D. Vicente Morales Duárez, es de quien recogen las Actas su postura de posponer los debates sobre la igualdad de las castas hasta tanto no llegasen a Cádiz los Diputados electos y cambiasen los titulares del Consejo de Regencia.

Y en este espíritu de prudencia es cuando la figura de Power alcanza un particular protagonismo, esencial presencia en el debate, diré aún más, porque gracias a su intervención, estoy seguro, aquellas Cortes generales y extraordinarias, prontas probablemente a enfrentarse antes que a reunirse, encontraron el camino que, meses más tarde, nos darían a todos los españoles de ambos hemisferios nuestra primera Constitución.

El Decreto de 14 de octubre de 1810

Vuelvo al inicio de este tema recordando la parquedad de aquellas Actas, lo sucinto de lo que en las mismas naturalmente haría de recogerse dadas las materias que en las mismas se trataban y los debates que por las mismas se desarrollaban, transcribiéndose en las mismas por los Secretarios prácticamente el índice de las materias discutidas, y llego a la sorpresa que para mí supuso el Decreto de 14 de octubre de 1810 aprobado con tan exacta minuciosidad en lo que se recoge como en lo que se aprueba y que ha llegado a convertirse para mí en la verdadera llave de la Constitución de 1812 ya que sin su aprobación nada hubiera podido pasar o no hubieran pasado las cosas de la misma manera.

Es el primer Decreto que se toma de manera literal en una sesión secreta y, a mi modesto entender, es un verdadero ejercicio de consenso elaborado por la natural necesidad del encuentro frente al siempre propicio desencuentro al que hemos sido tan afines los españoles tanto en tiempos pretéritos como, desafortunadamente, nos sigue pasando hoy en demasía.

Merece la pena volver a leerlo para estimar profundamente el valor de su posibilidad política, que es mucho más que lo que dice su contenido, porque del enunciado de sus afirmaciones se comprende totalmente la dimensión de su alcance en ese admirable gesto de generosidad de Power a la causa de la transformación de España en una nación moderna, en una sociedad constitucional, y que tanto dice, por qué no pensarlo, de la minuciosidad de quien quiere que todo quede claro, que no haya confusiones, pese a la cortedad de los escribanos al recoger en Acta las manifestaciones de los Diputados, fiel reflejo de aquella apreciación que hizo en 1809 el Gobernador de la Isla al hablar del bizarro oficial Power y de su carácter por cumplir “el exacto desempeño de su comisión”.

Las Cortes generales y extraordinarias confirman y sancionan el inconcuso concepto de que los dominios españoles en ambos emisferios, [sic],  forman una misma y sola Monarquía, una misma y sola Nación y una sola familia, y que por lo mismo los naturales que sean originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos, son iguales en derechos a los de esta Península; quedando a cargo de las Cortes tratar con oportunidad y con un particular interés de todo cuanto pueda contribuir a la felicidad de los de Ultramar, como también sobre el número y forma que deba tener para lo sucesivo la representación nacional en ambos hemisferios, [sic].

Ordenan asimismo las Cortes que desde el momento en que los países de Ultramar, en donde se haya manifestado conmociones, hagan el debido reconocimiento a la legítima autoridad soberana que se haya establecido en la Madre Patria, haya un general olvido de cuanto hubiere ocurrido indebidamente en ellas dejando, sin embargo, a salvo el derecho de tercero.

Las Cortes, a lo largo de los siguientes meses, hasta febrero de 1811 en la Isla de León y, desde entonces, hasta finales de 1813, en la ciudad de Cádiz, siguieron discutiendo, qué duda cabe, todas estas cuestiones pero nada impidió que, por los buenos trabajos de D. Ramón y de Pérez de Castro, los españoles de ambos hemisferios pudieran trabajar “en reunión” desde aquel supremo momento construyendo la nueva España y, por qué no, los cimientos también, como se vio poco después, de las nuevas repúblicas americanas, debatiéndose de manera prolija, y yo diría que exhaustiva, la cuestión americana que, prácticamente, podría resumirse en el tratamiento de la libertad de comercio que se pretendía para los puertos de aquel Continente y posponiéndose para momentos más propicios, o incluso apartándolos del debate, me atrevo a decir ante ustedes, otros asuntos que para quien lo ve ahora, a los dos siglos de lo que aconteció, debieron ser solucionados en aquellos trascendentales momentos, por justicia y por dignidad humana.

Pero las Cortes empezaron a debatir los asuntos que a España le afectaban por la guerra frente al francés, por las conmociones que alteraban el equilibrio territorial que hasta la presente se había mantenido y, singularmente, para quienes creemos en la democracia como principal virtud cívica, para construir la primera Constitución de los españoles.

Todas estas altas misiones parlamentarias no impidieron, pues, que en las sesiones secretas, se discutieran otras cuestiones, llamémoslas, más domésticas, lo que se convertirá en constante referencia en las mismas, con esas otras de intendencia como las que, desde tan tempranos momentos, por esa fatalidad organizativa que adolecía en la semilla hispánica del absolutismo, se vieron impulsados aquellos Diputados a debatir no ya sólo de las altas y nobles virtudes de la civilidad, sino como de andar más por casa, las dietas que no les llegaban para su subsistencia tan lejos de sus lugares de orígenes, los méritos que no se les reconocían, el amparo que buscaban de tan Supremo Congreso por las ofensas que algunos recibieran y, singularmente, por las cuestiones de habitación, casas que no se encontraban, rentas que no se pagaban a los propietarios de las fincas arrendadas o cuestiones de mal entendida discriminación por entenderse en algunos que vivían en estancias inferiores a su cargo y situación.

Y es que habría que evocar aquellas circunstancias en una ciudad sitiada, sí, pero en una ciudad con escaso territorio que se veía obligada a hospedar entre sus murallas al Trono, al Gobierno de la Nación, a su Parlamento, a las Legaciones diplomáticas de los países amigos o a las tropas propias y aliadas que la defendían frente a las persistentes baterías de la artillería imperial o a los constantes ataques de sus tropas. Una ciudad sin huertas ni granjas que tenía que alimentar a sus habitantes cada día y que dependía de la vía marítima para poder abastecerse. Una ciudad de Diputados y periodistas que hacían de su cotidiano quehacer crítica y denuncia. En fin, un problema de importante intendencia que atender.

Se constituyó bien pronto, eso sí, la Comisión de Ultramar, pero, como les decía, Diputados americanos y europeos, bien pronto también, empezaron a entender del noble asunto para el que habían sido convocados.

Y, así, desde los primeros instantes, fue referencia en estas sesiones secretas, los movimientos de las fuerzas sutiles que, por caños y esteros, defendían del territorio peninsular los ataques galos; que las cuestiones de la hacienda nacional fueran tratadas en el seno de este tipo de reuniones por la Comisión a tales efectos nombrada y que habría de tratar sus cuestiones en la severa agenda que para ello se diseñara, esto es, en sesiones nocturnas que no superasen más de las tres horas de duración y a desarrollarse en las noches de martes, jueves y sábados.

Y aquellos Padres de la Patria, en sesiones secretas, lograron con su esfuerzo ocuparse del natural devenir de la administración, de los ceses y nombramientos en las provincias de Ultramar, del alistamiento de tropas en la ciudad o del importante contencioso que con la Junta Local de Cádiz mantuvieran a lo largo de muchos meses, principalmente, por la aportación económica que se demandaba de los gaditanos para que, al amparo del monopolio en su puerto, contribuyeran con sus dineros al bien de la Causa contra el francés.

En aquellas sesiones se vieron también otros temas muy importantes como las relaciones con los ingleses, aliados de España frente a Napoleón, las singulares relaciones con los jóvenes Estados Unidos de América, la cuestión de la sucesión y la particular presencia en la misma de la Infanta Dª Carlota Joaquina así como la posible venta de los presidios menores que desde antaño poseía España frente a las costas norteafricanas con el fin de obtener caudales que colaboraran en la adquisición de armas o munición.

Y, precisamente, en cuanto a la mediación que desde el primer momento interesaba llevar a cabo Inglaterra por la libertad de los puertos americanos, recordaría el Diputado Oliveros en la sesión de 15 de julio de 1811 que “siempre que entre los que son hermanos e individuos de una misma Nación se pueda transigir en sus diferencias, no debería de acudirse al extranjero”, ya que las pretensiones de la Corona británica era mediar en los incipientes conflictos entre españoles de Ultramar y de la Península, posiblemente para ocupar en el negocio marítimo puesto de notoria importancia frente a otras Naciones, que llevaron a aquellas Cortes a ir admitiendo esta intercesión siempre que se fueran dando algunas condiciones como la que aquellas provincias donde hubiere aflorado la disidencia se aprestaran a jurar el reconocimiento a estas Cortes y al Consejo de Regencia nombrándose, además, por las mismas Diputados que habrían de ser enviados a este Augusto Congreso donde habrían de incorporarse con “los demás de la nación”, suspendiendo las hostilidades,  liberando prisioneros y restituyendo los bienes a quienes de los mismos habían sido despojados por la insurgencia, autorizándose así el comercio que se pretendía en aquellos puertos siempre que se hubiera alcanzado la reconciliación que entre aquellos territorios y los del resto de las España se había pretendido lograr.

Pero no sólo de problemas de intendencia o de altos asuntos internacionales se preocuparon las Cortes en aquellas sesiones secretas, como puede desprenderse de la lectura de aquellas ochocientas y pico actas que recogen lo que en las mismas se debatiera, sino de problemas del presente más rigurosos como el acuerdo que desde primeras sesiones se adoptara de trasladarse desde la Real Isla de León a la ciudad de Cádiz o incluso del protocolo que habría de seguirse para la participación de estas Cortes en la tradicional procesión del Corpus Christi, que no dejara de celebrarse en mi ciudad pese a la permanente ofensiva del cañón francés.

Ya ven, la cuestión americana se estuvo discutiendo hasta su final comienzo de solución a mediados del mes de octubre de 1811, en paralelo, ya, con la discusión del articulado de la propia Constitución y que, para sorpresa de muchos, no fueron tratados en este tipo de sesiones reservadas, sino en las celebradas a plena luz del día, con taquígrafos y público, reservándose para esta severa discreción solamente el capítulo que trató sobre la sucesión de la Corona.

Y dicha discusión, adoptado acuerdo en sesión secreta de 10 de abril de 1811 de que la misma debería entenderse previo conocimiento que de ella tuvieran las Comisiones de Ultramar y de Arreglo de Provincias, encauzará el asunto en el que la presencia de Power pudo de ser esencial en los siguientes meses después de tantos “dimes y diretes” que irían cimentando las Bases del Comercio que se aprobarían definitivamente, admitida la pretensión mediadora de los ingleses, a través de una nueva Comisión Especial entresacada de la de Negocios Ultramarinos y la de Arreglo de Provincias. América había empezado a caminar.

Y coincidiendo en el tiempo con ello, en el seno de este secretismo, es cuando toma protagonismo en estas sesiones secretas el contencioso de Power frente al Gobernador de la Isla de Puerto Ricio, Meléndez, que todos ustedes conocen mejor que yo y que tanto dice de su caballerosidad y bonhomía al dejar que este tema que tanto le afectaba personalmente se tratara una vez que América hubiera iniciado su camino.

Mi padre tenía dos hermanos que pertenecían a la Armada. Uno de ellos, el mayor, fue Oficial del Cuerpo de Interventores aunque bien pronto pasó a ejercer su destino como Ministro, (Magistrado), del Tribunal de Cuentas del Reino de España en el que terminara como Presidente de Sala. El otro continuó su carrera militar en la Marina hasta acabar como Almirante Capitán General del Departamento Marítimo de Cádiz. A mi pobre padre, Profesor y Director de una fábrica de construcción de aviones, le gustaba decir que él era sólo “Dr. Ingeniero”, aunque también colaboró con la Armada porque en sus primeros años de profesión ya había diseñado unos buenos cañones que se instalarían después a bordo de algunos buques de guerra de la Marina española.

¿Por qué les cuento esto? No es que quiera traer yo a mis antecesores entreteniéndoles en asuntos más o menos baladíes, no. Lo que les quiero decir es que, desde muy pronto en mi vida, la Marina, estuvo presente en mi vida. Valga como redundancia, además, que dos hermanas mías se casaron con dos Oficiales y yo mismo cumplí el servicio militar en la Armada.

Quizás, de aquí, mi predisposición por D. Ramón, por aquel Oficial de la Armada del Rey que contribuyera de manera eficaz a la erección del más grande monumento a la civilidad democrática como fueron las Cortes generales y extraordinarias de 1810 a 1813.

D. Ramón Power fue sin duda un militar ilustrado, como lo eran todos los Oficiales de la Armada herederos de aquellos navegantes científicos que tanto lustre científico dieron a España con sus expediciones marítimas. Y, sin duda, también, por su condición de marino militar, debió de ser enormemente disciplinado en su cotidiano quehacer uniendo a sus dotes propias alcanzadas en su formación una capacidad de organización adquirida en sus largos servicios de mar.

Y es que desde muy pronto, tras ese magnífico texto del Decreto de 14 de octubre, triunfo del consenso político, se ocupó en estas sesiones secretas de lo que por su capacidad y su trayectoria mejor debió conocer, la Milicia y el arte de la guerra a favor de “la sagrada causa de España” como ya invocara en la sesión secreta del 19 de noviembre de 1810, su compañero en el logro del consenso, el eficaz jurista D. Evaristo Pérez de Castro, a la hora de discernir sobre el mayor problema al que se enfrentaba la Monarquía española, la invasión del francés.

Aunque sólo fuera por esto, deberíamos tener siempre presente en España por lo que para todos significara, la eficaz presencia de Power por la defensa de la Nación en la que se ocupará desde los primeros momentos de su nuevo destino. El cumplimiento de notables encomiendas allende las fronteras cuando fuera comisionado en noviembre de 1810 a fin de informar sobre la adquisición de caballos en las vecinas tierras del Magreb que renovasen las diezmadas fuerzas de Caballería del Ejército español frente a las bien pertrechadas fuerzas napoleónicas o cuando se ocupara con su buen hacer profesional de aquellas fuerzas sutiles tan bien conocidas del joven marino y que eran las que defendían lo que de España quedaba libre de Bonaparte, las Cortes y el Consejo de Regencia, proveyendo lo necesario para la protección militar de Cádiz y de la Real Isla de León y preocupándose porque llegaran a Oficiales y marineros de toda clase, siempre tan olvidados en la vieja España, las pagas de sus mesadas siempre también atrasadas o encargándose de que embarcaran en aquellas unidades gente de mar que no provenientes de aceleradas levas de campesinos.

No abandonó por ello las cuestiones organizativas de la política de los reinos de España y así, por citar su actuación en las sesiones secretas a las que me he querido referir en esta pobre intervención, en la de 26 de noviembre de aquel mismo año, fiel a sus principios de consenso político, expresaba su voto para que se continuase el juicio de residencia del Virrey de Méjico, José de Iturregaray, pidió sobreseer la causa imputada de infidencia y se declarara general olvido por los acontecimientos acaecidos en aquellos dominios como, igualmente, en esta suerte de organización del Estado, en mayo de 1811 se opondría a que el Virrey del Perú fuese mantenido en su puesto, comprometiendo su petición de relevo frente a D. Salvador Meléndez, a la sazón, Gobernador Capitán General de esta Isla, a la aprobación por el Congreso en la Comisión que habría de entender de todo ello.

Lo tratado en las sesiones secretas no fue recogido en Actas de manera prolija y abundante, sino todo lo contrario, como bien saben ustedes. Tampoco recogen mucho de la actividad parlamentaria de Power de quien mi buen amigo e historiador gaditano el Profesor José María García León, recuerda en su obra “Los Diputados Doceañistas, 1810-1813” la cita que sobre el mismo expresara D. Rafael de Labra, que “no hubo en aquella asamblea persona más generalmente querida. Por ello apareció, en principio, como la figura más representativa de los americanos, tal vez por su prestigio, siendo notoriamente respaldado por su Isla”.

Y parafraseando de nuevo al historiador gaditano al referirse a Power, bueno es que recordemos aquí lo que del mismo decía D. Ramón Darío Molinar al hablarnos de su elocuencia, con discursos “más bien largos que cortos, ordenados con rigurosos escalonamiento lógico, de evidente fuerza suasoria y logro a la par de discretos efectos de sonoridad y patriotismo”.

D. Ramón perteneció a la Comisión que informara a las provincias americanas de la instalación de las Cortes e, igualmente, a las de Comercio y de Marina, a la especial que elaboró el reglamento de aquellas Cortes y a la del comercio de negros. Residió en mi ciudad en la Calle del Molino, hoy Calle de Adolfo de Castro, donde vivía la familia Gaona, y muy cerca del Pabellón de Ingenieros Militares, en la que fallecería aquejado de fiebre amarillo el 10 de junio de 1813.

Sus restos descansan en el templo de sus trabajos en una urna donde reposan los de otros insignes Diputados Doceañistas que se encuentra en la Cripta de ese Oratorio de San Felipe Neri, Templo de la Constitución de 1812. Sus albaceas testamentarios, siguiendo lo informado en el trabajo de García León, fueron Esteban de Ayala y Ramos Arispe, quien propuso, y así se aceptó por las Cortes, que su funeral se verificase con “la mayor decencia posible” y se le dispensara de la ordenanza que prohibía hacer honores militares en la Corte, a fin de que en su funeral, que tuvo lugar el 16 de junio, se le pudiera oficiar los correspondientes a su grado de Capitán de Fragata de la Armada.”

Aquí mi admiración por el prócer puertorriqueño. Por aquel joven y generoso Oficial de la Armada que puso a disposición de España sus dotes de militar y su sagacidad política del consenso que marcaría en los meses sucesivos el camino hacia la Constitución haciendo bueno el postulado del primer artículo de la misma, España como reunión.

Déjenme acabar con lo que se publicaba como Epílogo en la “Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico” escrita por el Capitán de Artillería Ángel Rivero y que un buen amigo, colega en la profesión ante los Tribunales y conocedor de mi afecto por esta maravillosa Isla, me trajo como regalo hace años en su edición facsímil.

El día 10 de diciembre de 1998, sábado, a las diez de su noche, se firmó en París el Tratado de Paz que puso fin a la guerra hispanoamericana. El mismo día, El Liberal, uno de los periódicos más importantes de Madrid, al dar cuenta de tan notable suceso, publicó lo que sigue:

Hoy se cerrará para siempre la leyenda de oro, abierta por Cristóbal Colón en 1492 y, por Fernando de Magallanes, en 1521.

Los tres meses y medio invertidos en estériles negociaciones diplomáticas, habían embotado la sensibilidad del pueblo español y héchole perder, la noción de su inmensa desdicha.

Al cabo de cuatrocientos años, volvemos de las Indias Occidentales, por nosotros descubiertas, y del Extremo Oriente, por nosotros civilizado, como inquilinos, a quienes se desahucia; como pródigos, a quienes se incapacita; como intrusos, a quienes se echa; como perturbadores, a quienes se recluye.

Día de expiación es el 10 de diciembre de 1898; pero lo será también de suprema y última  despedida a nuestra personalidad, a nuestra independencia y a nuestras esperanzas, si no la tomamos como punto de partida para emprender vías nuevas y, para enterrar, definitivamente, los vicios pasados y los sistemas caducos 

Para modificar la función no hay otra función que modificar el órgano; para salvar el tronco, que aún vive, no hay otra solución que podar las ramas muertas.

Y termino. Soy, de siete hermanos, el más pequeño de los varones y, todos, somos abuelos ya.

Todos hemos creado nuestras propias familias y hemos emparentado, naturalmente, con distintos linajes, los de nuestros cónyuges, como nuestros hijos e hijas tienen ya también, gracias a Dios, distintas alianzas familiares.

Pero todos, a nuestra edad, y con nuestras nuevas circunstancias familiares, nos seguimos reuniéndonos juntos por Navidad…

HE DICHO, muchas gracias.

Notas al Calce

* Discurso pronunciado por el Dr. Enrique P. García-Agulló y Orduña en el Anfiteatro de la Biblioteca Nacional en la segunda conferencia auspiciada por la Academia Puertorriqueña de Jurisprudencia y Legislación con motivo de la serie conmemorativa del Bicentenario de la Constitución de Cádiz de 1812, San Juan, 24 de marzo de 2011.

**Académico de Número de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz.