La incapacidad del Estado

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por Efrén Rivera Ramos
martes, 21 de enero de 2020

La incapacidad del Estado

Desde el huracán María, ha sido lugar común el señalamiento sobre la incapacidad del gobierno de Puerto Rico para enfrentar los retos generados por los embates de la naturaleza y la crisis económica. Suele achacarse esa situación, entre otras causas, a la ausencia de planificación, las debilidades de los partidos políticos, la inexperiencia y la insensibilidad de los dirigentes gubernamentales, la mediocridad de la llamada clase política, el deterioro en el compromiso de quienes ocupan posiciones de servicio público y, por supuesto, la extendida corrupción gubernamental.

Cada uno de esos factores ciertamente ha abonado al problema. Pero esas carencias también son síntomas de desarrollos de mayor profundidad y alcance que no afectan a Puerto Rico solamente.

La incapacidad de los estados modernos, con excepciones cada vez más escasas, para coordinar efectivamente el desarrollo de sus sociedades y proveer más o menos satisfactoriamente para el bienestar general de sus habitantes tiene motores y raíces de hondo calado.

En un lúcido análisis conducido a modo de conversación, publicado con el título Estado de Crisis, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman y el ensayista y periodista italiano Carlo Bordoni apuntan hacia el fenómeno de la globalización como explicación de esta condición contemporánea de los estados, en la medida que sus poderes soberanos han quedado sometidos a decisiones, dinámicas, prácticas y fuerzas controladas por actores económicos transnacionales, como los grandes conglomerados corporativos o ciertos organismos internacionales. Si esto es así en el caso de los países soberanos pequeños o medianos, qué podríamos decir de una colonia cuyo poder decisional es cada vez más recortado.

Un segundo condicionante es la poderosa ideología neoliberal que se ha convertido en una especie de sentido común transnacional que permea los análisis y propuestas de partidos políticos, gobiernos, economistas, intelectuales, analistas, periodistas y personajes influyentes de todo tipo. Como sabemos, esa ideología fomenta la creencia en el achicamiento de los estados y la prevalencia de los criterios de mercado para toda decisión, incluidas las que tienen que ver con las operaciones del Estado y la determinación sobre la forma de organizar y prestar servicios esenciales como la educación, la salud, la vivienda y la seguridad. Se ha pretendido encajonar la cultura toda en los moldes estrechos de la ideología neoliberal, aun entre sectores importantes de la izquierda global.

Puerto Rico no ha estado ajeno a esas influencias. Llevamos décadas haciéndole más que guiños a esa campaña feroz contra la injerencia del Estado en la consecución del bienestar común. Las reducciones de personal necesario en diversos organismos del Estado, como la Policía, los departamentos de Salud y de la Familia y la Universidad de Puerto Rico son ejemplos claros. Luego nos quejamos de que no hay personal suficiente para atender las necesidades de la población, sobre todo en tiempos de emergencia como los que estamos viviendo.

Se pretende sublimar esas decisiones con llamados a que sea la propia gente la que resuelva sus problemas. Ello se hace con total abstracción de que no todas las personas tienen los recursos necesarios para responder a catástrofes, debido a la inequidad económica y social existente, y de que hay problemas sistémicos que solo pueden atenderse adecuadamente de forma coordinada y con los recursos enormes que el Estado le sustrae a la población con sus contribuciones.

No es que el Estado se haya replegado totalmente. Por el contrario, los gobiernos de mayor carácter neoliberal tienden a estar entre los más autoritarios y represivos. El filósofo Etienne Balibar ha señalado cómo el neoliberalismo ha promovido la existencia de un Estado que “dirige y controla a sus súbditos sin responsabilizarse de ellos”. No hay mejor descripción que esa del modo de actuar del gobierno estadounidense con Puerto Rico. No se trata, pues, solo del desdén manifiesto del presidente Trump hacia nuestro país, sino de un nuevo tipo de relación de los gobiernos con sus gobernados. Con sus matices y diferencias, el gobierno de Puerto Rico lleva tiempo dando indicios de haberse contagiado con esa actitud.

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