Jaime B. Fuster

logo-endi_domain_2x5 de diciembre de 2007
por Antonio García Padilla

Jaime B. Fuster

juez-asociado-fusterA mediados de los años 70, los estudiantes de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico nos encontrábamos inmersos en un proceso que, con la típica irreverencia estudiantil, nos daba por llamar de “fusterización”.

Un joven decano, lleno de fogosidad y energía, impulsaba apasionado reflexiones sobre los perfiles y compromisos de la abogacía puertorriqueña, sobre la más idónea organización curricular para la enseñanza del Derecho, sobre la necesidad de adoptar en Puerto Rico la carrera judicial, sobre la profundización de los derechos civiles en nuestra comunidad.

La fusterización precedía a los cursos. Se iniciaba a lo largo de una semana de conferencias y conversatorios que debían tomarse aún antes de comenzar el semestre. Era una conversación obligada que se extendía luego en pasillos y salones, en las fiestas de las clases, en cada rincón que permitía el intercambio y el compartir. Así se cuajó la amistad de un grupo de puertorriqueños –estudiantes entonces- con Jaime Fuster. Yo era uno de ellos.

La amistad que nace en el salón de clases es muy singular y muy directa. Establece un vínculo que no depende de coincidencias en el aprecio y respeto a los compromisos intelectuales y morales de cada cual, descriptivos de cada personalidad, aun cuando no coincidan en sustancia. De hecho, a veces es el calor de las diferencias lo que fragua los más perdurables afectos en esa forma de la amistad.

Algunos de los proyectos jurídicos que proponía Fuster encontraron cause; otros no.

Algunos otros, como es natural, sirvieron para inspirar ideas subsiguientes. De hecho, como decano de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, tuve ocasión de impulsar valiosas iniciativas académicas que encontraban buenos nutrientes en las que antes había propuesto el decano Fuster.