Indicadores de cambio en la sociedad puertorriqueña

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    por Efrén Rivera Ramos
    martes, 16 de marzo de 2021

    Indicadores de cambio en la sociedad puertorriqueña

    Los que nos dedicamos a criticar constantemente lo existente podemos quedarnos enfocados en los aspectos más deprimentes de nuestra realidad. Por supuesto, ser realista exige dar cuenta de los problemas estructurales, las inercias retardatarias, las tendencias negativas, y los tranques que obstaculizan los esfuerzos por lograr los cambios necesarios para forjar un futuro mejor.

    Pero la crítica realista debe ser también capaz de identificar los indicios esperanzadores que surgen a nuestro alrededor. No hacerlo nos pone en riesgo de desperdiciar las posibilidades de transformación que las fuerzas sociales siempre en pugna van generando. Puede conducir también a un ninguneo injusto de las conquistas que numerosos grupos, comunidades y movimientos sociales han ido arrancándole, golpe a golpe, como decía el poeta, a las realidades opresivas en que vivimos.

    Por tales razones, aunque consciente de las fuerzas inmovilistas y refractarias que pueden provocarnos un gran pesimismo en la actualidad, quiero fijarme en los que considero indicadores actuales o potenciales de cambio. No son los únicos. Y pueden ser solo indicios. Pero son significativos.

    Comienzo señalando dos desencantos que, paradójicamente, han creado un escenario receptivo a las propuestas de cambio de sectores diversos de la población. El primero es la insatisfacción con la relación actual entre Estados Unidos y Puerto Rico alimentada por las acciones de la propia metrópoli. El otro es la decepción con el liderato político tradicional, en buena medida debido a las durezas de la depresión económica, la quiebra gubernamental, la corrupción que no cesa, la ineptitud generalizada y las respuestas deficientes a las calamidades que nos han azotado en años recientes. Este doble desengaño puede ser un incentivo para acometer cambios sustanciales.

    En segundo lugar, ya pueden verse los productos materiales y simbólicos de las múltiples luchas sociales y comunitarias que se han desplegado en Puerto Rico desde la década de 1960. Cabe destacar la batalla de Vieques, las luchas ambientales y los proyectos de organización comunitaria. Sobresalen también los reclamos y avances notables de los diversos feminismos y la activación eficaz de las comunidades LGBTQIA+. Deben incluirse además el surgimiento de modelos alternativos de educación, dentro y fuera del sistema público, y los largos litigios relacionados con la educación especial.

    Importantes han sido los cuestionamientos en torno a la deuda y a la Junta de Control Fiscal, la defensa de la Universidad de Puerto Rico, los esfuerzos por mantener viva la producción cultural en medio de condiciones adversas, las iniciativas de acceso a la justicia, los logros del periodismo investigativo, las campañas de transparencia gubernamental y muchas otras reivindicaciones que han influido en la discusión pública.

    La experiencia ganada en esos procesos puede servir de plataforma para imaginar modos diferentes de organización, movilización y participación ciudadana. Continuar convirtiendo esas luchas localizadas y sectoriales en experiencias de transformación nacional, sin que pierdan su especificidad, es un reto que debemos tornar en posibilidad liberadora.

    Un tercer indicio de potencialidades de transformación ha sido la participación de sectores sustanciales de las juventudes puertorriqueñas en los procesos políticos recientes, más allá de las líneas partidarias tradicionales, como lo demostró el ya emblemático Verano del 2019.

    Asociados a esos discursos alternativos y desarrollos esperanzadores deben verse también la emergencia de un nuevo partido de carácter progresista y la revitalización del Partido Independentista Puertorriqueño, según demostraron los resultados de las elecciones generales del 2020. Ciertamente, todavía es temprano para precisar cuál será el efecto, si meramente coyuntural o de más largo alcance, de ese remezón electoral.

    Finalmente, anidan posibilidades de cambio en las capacidades y talentos de la población puertorriqueña que tantos logros ha acumulado en quehaceres como la música, el cine, las artes visuales, el deporte, la ciencia, la tecnología, la literatura y la producción académica. Con los estímulos y las ganas necesarias, esas potencialidades podrían canalizarse para superar los retos del presente e imaginar y generar nuevas formas de organizar nuestra comunidad.

    Claro, esos frutos no se dan por generación instantánea. Hay que cultivarlos.

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