El señor del otro anillo

    logo-endi_domain_2x

    25 de noviembre de 2011

    por Antonio García Padilla
    Presidente de la Academia Puertorriqueña de Jurisprudencia y Legislación

    El señor del otro anillo

    En el proceso de elección del díputado por Puerto Rico a las Cortes de Cádiz, Ramón Power, oficial naval, derrotó a Juan Arizmendi, obispo de Puerto Rico.  Arizmendi echó a un lado las diferencias propias del proceso eleccionario y apoyó la encomienda de Power.  Simbolizó ese respaldo entregándole públicamente su anillo pastoral al diputado recién electo.

    La entrega del anillo es una estampa singular de nuestra historia que capta la imaginación de los puertorriqueños desde los años escolares.  Como sabemos la secuencia de huracanes y los asedios británicos y holandeses predomina a veces en la narración de nuestro paso por los siglos anteriores al XIX.

    En ese escenario que el clima y las luchas europeas creaban para la precaria vida de nuestra gente, de pronto sube a escena un acto inusual de alta política:  la entrega del anillo pastoral del primer obispo puertorriqueño a nuestro primer diputado a Cortes.

    No hay que pensar que al despojarse de su anillo, Arizmendi actuó impensadamente.  Arizmedi era un hombre culto, conocedor de las Escrituras.  ¿Por qué escogió el gesto del anillo para comunicar su actitud ante la coyuntura del momento?  ¿Qué lo animaba?  ¿Cuáles eran sus inspiraciones?  Una posible contestación, que se remonta al Libro de Ester en el Antiguo Testamento, puede explorarse:

    Allí, Ester, esposa del rey, salva del genocidio a los judíos de Persia.  El rey, luego de ordenar la muerte de Amán, que tramaba contra los semitas, apodera a Mardoqueo, tío de la reina, para proteger a los judíos.  Como signo del poder conferido, le entrega el anillo real diciéndole:  “escriban acerca de los judíos, en nombre del rey lo que les parezca oportuno, y séllenlo con el anillo del rey.  Pues todo lo que se escribe en nombre del rey y se sella con su sello es irrevocable”.

    En el libro de Ester, la entrega del anillo es signo de encomienda y apoderamiento:  es encomienda de producir reivindicaciones para un pueblo que las merecía; es poder para conseguirlas.  Lo mismo representó la entrega del anillo de Arizmendi a Power:  un encargo de justicia para el país que cobraba conciencia de sí y articulaba con fuerza sus reclamos; el poder que representaba el aval del líder espiritual que, además, había sido hasta pocos días su contrincante.

    Entre el exitoso rechazo al ataque inglés de Abercromby en 1797 y la elección de Power, la personalidad puertorriqueña se consolidó y fortaleció mucho.  Se alzaron las miras.  El repudio a los omnímodas de los gobernantes españoles dejó de ser silente y advino duro y franco en boca de Power.  Con valentía, se enfrentaron los absolutismos, las censuras, la pobre educación.

    Pero el período constitucional fue corto.  En breve, Fernando VII impuso penosos retrocesos.  Ello así, las sombras que sucedieron los años constituyentes no deben opacar sus luces.  En esos años, las figuras próceres de nuestra emergente puertorriqueñidad y vocación democrática se levantaron a la altura de sus tiempos.  La escena del anillo es muestra de ello.