El reino en orfandad: Las instrucciones de los cabildos de Puerto Rico…

    El reino en orfandad: Las instrucciones de los cabildos de Puerto Rico al Diputado a Cortes Ramón Power y Giralt (1809-1813)

    Silvia Álvarez Curbelo

    Al doctor Arturo Dávila

    En un pequeño exvoto de la autoría de José Campeche, pintado probablemente desde el techo del templo dominico, hoy Iglesia de San José, cohabitan la representación de un evento y varias prefiguraciones. Durante trece días del mes de abril de 1797, los ingleses asediaron a San Juan. De crónicas de la época y de leyendas que se hilvanaron tras la derrota de la armada de Harvey y los ejércitos de Abercromby, se surte un elenco de heroicidades hecho a la medida de esta isla que, al decir de un obispo del siglo 17, estaba desprovista de todo, menos de un poco de aire: la rogativa encabezada por el Obispo Zengotita en honor a Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes, la participación de los milicianos pardos de Cangrejos, la muerte convertida en copla de Pepe Díaz, el soldado más valiente que el Rey de España tenía.    Pero entretejida con el romance popular con el que a menudo componemos la memoria de nuestras guerras, la victoria inapelable ante los ingleses, exaltada por el pintor, anticipa otro relato, un relato político, que se habría de develar en poco tiempo. Seduce llamarle un relato fundacional de la nación puertorriqueña pero lo evito, al menos por el momento. 

    Los personajes tras el lienzo

    Los que están del otro lado del paisaje de batalla, los que no se ven –ingenieros militares que rehacían de noche las paredes de los fortines que de día habían destrozado los invasores, los regentes imperiales y eclesiásti­cos enfrascados en disputas jurisdiccionales sobre la ubicación de los cementerios de guerra, las milicias criollas llegadas desde los más remotos lugares de la isla, la casta de hacendados y hombres de armas que de alguna manera calcularon a qué amo imperial vincularían sus vidas y esperanzas- se integrarían en menos de una década a una trama de transformaciones estructurales y culturales acelerada por el ciclo de revoluciones transatlánticas. Los personajes en la otra cara del lienzo enarbolarían los reclamos y resentimientos, las lealtades y proclamas de identidad de una colonia requerida de fomento, donde se alimentaban miedos al desorden pero también críticas al arbitrio de las autoridades.

    Al inicio de un nuevo siglo, el desencanto cundía en una isla minusvalo­rada, a pesar de la laureada valentía de los naturales. De re­greso a sus cultivos y a sus hatos, los milicianos que se lucieron en 1797, se quejaban porque tenían que costearse vestuarios y equipamientos. Elevada al título de la Muy Noble y Muy Leal por su defensa ante los ingleses, San Juan era vista como estandarte de patriotismo pero también de privilegio. El abasto forzoso de carnes, gracia que se le concedió a la capital como premio a su gallardía, era motivo de encono por el resto de la Isla y su supresión, la petición más reiterada de los cabildos en sus Instrucciones a Ramón Power. La Iglesia, ennoblecida de igual manera con el nombramiento del primer prelado nacido de la banda acá, era igualmente cuestionada por la cantidad insoportable de privilegios que debían costear las municipalidades. Mientras tanto, Cuba, a la cual los ingleses sí habían llegado a conquistar fugazmente en 1762, vivía su primer boom azucarero impulsado en no menor grado por la exención del pago de diezmos y una política de fomento que habría de alimentar a una sacarocracia poderosa. Una vez más, y no sería la última, el premio a la hermana mayor se le negaba a la muy leal hermana menor.

    Mar adentro; mar afuera

    Son mares interiores turbulentos en los que se mece Puerto Rico, asordina­dos por el mar afuera agitado por revoluciones, intercambios de ideas, exilios, y por las rebatiñas imperiales. Mapas y alianzas cambian día con día: si en 1805 el Obispo Arizmendi publicaba un Edicto Pastoral en el que evocaba heroísmos lejanos y cercanos ante un inminente ataque de los ingleses y ordenaba que se rezara la oración Tempore Belli en las celebraciones eucarísticas, para 1808, Francia se convierte en el enemigo y el Obispo condena a Bonaparte, como el “tirano universal”.

    La Batalla de Trafalgar de 1805, donde perdió la vida comandando un buque de línea Cosme de Churruca, quien había sondeado la bahía de San Juan en la década anterior, representó una debacle definitiva de las armas españolas. Apenas dos años después, los antiguos aliados france­ses invadirían la península como parte de su guerra continental contra Inglaterra. Los nexos de sujeción entre España y sus dominios indianos se tornaron cada vez más frágiles. Incapaz de proteger sus rutas comercia­les y navales, el Imperio parecía depender de la disposición de los criollos para su defensa. Recuperar a Santo Domingo de las manos francesas en 1809 no se hubiese logrado sin la participación de las armas criollas enviadas desde Puerto Rico.

    El reino en orfandad

    Fue una debacle también de la casa reinante de los Borbones, pintada con ironía por Goya, agobiada por sus incapacidades ministeriales y los afrancesamientos de alcoba. In extremis, la monarquía se salva gracias a la invasión de los Bonaparte en 1808. La ocupación del territorio y del trono por los franceses fue una comedia de errores cuyas trastiendas no se conocerán del todo hasta mucho después. Un nuevo monarca, Fer­nando VII, en cautiverio aunque cómodamente instalado en territorio francés, asumió el aura de El Deseado, en el que se cifrarán las esperan­zas de un reino en orfandad a ambos lados del Atlántico.

    La invasión napoleónica a la península fue un conflicto militar y polí­tico pero también de mentalidades y legalidades que no siempre se alinea­ron detrás de las mismas banderas. La Constitución de Bayona extendida a la España ocupada es un código de factura moderna, en mu­chos renglones superior a la Constitución de 1812 promulgada por las Cortes reunidas en Cádiz. El nacionalismo volcado contra los usurpado­res franceses mantuvo por lo general un perfil popular pero ligado a un concepto de monarquía cristiana, comunera y confederativa, alejado del concepto moderno de nación.

    Los contenidos ideológicos de muchas de las juntas provinciales que se organizaron como depositarias de la soberanía legítima guardan más afinidad con las ideas del dominico Francisco de Vittoria del siglo XVI y con las del jesuita Francisco Suárez del XVII que con las ideas circulan­tes de los ilustrados franceses y los liberales ingleses. Sergio González Rodríguez, antropólogo mexicano, ha hablado en años recientes de retropro­gesión, aludiendo a la combinación de elementos muy antiguos y de elementos muy contemporáneos en un mismo evento. Es un concepto útil que nos permite caracterizar con mayor propiedad los tiempos revuel­tos de la España invadida.

    Lo viejo y lo nuevo

    ¿Cuánto de antiguo, cuánto de moderno, hay en los alzamientos en con­tra del invasor francés, en las acciones de las juntas que asumen la representación del padre ausente? ¿Por cuál España se rebelaron los mártires del 2 de mayo? ¿Qué avanza y qué retrocede, qué retrocede para poder avanzar? ¿Quiénes integrarán las juntas que como semillero brotan en el territorio invadido? ¿En qué se parece una junta de alguna capital de la meseta con una junta como la de Cádiz, ciudad abierta al exterior, interesada más en la liberación económica que en luchar contra el “ateísmo regicida” de Francia?

    También para los dominios americanos, los sucesos en la sede impe­rial comportarán signos disímiles. Las respuestas coloniales, complica­das en segundo grado por la fortaleza relativa de casi todos los territorios de Ultramar respecto a España, no serán menos enrevesadas que las peninsu­lares. Toribio Montes, el gobernador de Puerto Rico que recibe las primeras noticias de la invasión y de la creación de la Junta Suprema con sede en Sevilla, expresa su recelo respecto a los hacendados de Puerto Rico “que querían imponer su voluntad”. En una carta dirigida al presidente de la Junta, Francisco de Saavedra, le señala: “Es voz común que todos ellos son ricos y hacendados, y bajo este pretexto quieren gober­nar, dirigir y mandar a todos los demás, sin más justicia, razón y ley, que las de sus intereses, y fines particulares, postergando los del Real servicio y sus obligaciones”. Denuncia entre ellos a Ignacio Mascaró, el ingeniero militar que había estado en la defensa del Fortín de San Antonio en 1797 y que se había avecindado en la isla. Tampoco era santo de su devoción el Obispo Arizmendi quien, ante las noticias de los acontecimientos en España, había pedido que en Puerto Rico se constitu­yera una junta a la manera de las peninsulares.

    Por lo pronto, la resistencia a la invasión se narra como una épica, como un rapto a fragmentos, cuyos escenarios movedizos se dirigen siem­pre hacia el sur: la primera junta, la que habla del “reino en orfan­dad”, surge en Asturias. De ahí la soberanía errará de Aranjuez, a Madrid, a Sevilla, a Cádiz. Las colonias, allende el mar, se llegan a plan­tear por allegados a la Corona como el último reductio, tal como lo fue Brasil para la casa reinante de Portugal que terminó por instalarse allí.

    Bajo el signo del agua

    En esta isla, la ocupación francesa de España toma una primera figura en la pugna por el control de Santo Domingo. Nada condensa mejor los trastornos geopolíticos que las mudanzas de dominio en La Española, invadida en sucesión por ingleses, por franceses y por haitianos. Disuel­tos los compromisos del Tratado de Basilea de 1795, el ejército francés al mando del General Ferrand enfrentó a ingleses y haitianos por un lado y a las tropas de reconquista española por el otro. Es otro escenario de signos confusos. Ferrand amigo del Marqués de Lafayette y como él, colaborador en la guerra de independencia de Estados Unidos, repre­senta, por un lado, la promoción de nuevos imaginarios de nación y de libertad. Sin embargo, como parte de la máquina militar y política napoleó­nica, Ferrand es el violador, el usurpador, que humilla los sagra­dos territorios de la nación. Se trata de la primera gran hora pública del Teniente de Navío, Ramón Power y Giralt, enviado a toda prisa por el gobernador de Puerto Rico, Toribio Montes, al mando de una flotilla para desalojar a los franceses.

    Nuevamente, el signo del agua habría de configurar la vida de este perso­naje central a nuestra historia. Apenas con doce años había sido enviado por su padre a Bilbao a seguir estudios superiores. Un embrave­cido Cantábrico obligó a los pasajeros a transferirse a un bote que los llevaría a puerto seguro. Power cae al mar. Muchos años después Alejandro Tapia oiría la memoria del salvamento de boca del hermano, ya anciano, que lo acompañó en aquel viaje. Tapia moldeó en un pe­queño texto, un Power desde el horizonte político y estético del romanti­cismo, un héroe siempre joven, suspendido en el tiempo limpio de una nacionalidad emergente. Es la juventud de la utopía, la inocencia de los propósitos que captó también Campeche en su exvoto del salvamento, a medias entre una pintura profana y la pintura religiosa que capta un mila­gro.

    Como los defensores de 1797, la carta de ciudadanía de Power estuvo rubricada por el lazo de la tierra y el lazo de las armas, compromiso do­ble que asumirán otros representantes puertorriqueños en el siglo como José María Quiñones, que lo sucede como diputado en 1813 o Luis Padial Vizcarrondo, diputado en las Cortes de 1869. Power se adscribe al arquetipo del propietario-soldado –como George Washington- que se replica en el resto de las colonias americanas. Su alocución a los dominica­nos con motivo de la victoria ante los franceses en 1809 insiste en la defensa de la religión, la tierra y el rey, lealtades que se contrapo­nen no sólo a los designios franceses sino también a los de algunos crio­llos que contemplaban en Santo Domingo la posibilidad de la independen­cia.

    El anillo del Obispo

    Estando en esas faenas es que Power resulta electo como vocal ante la Junta Suprema Central y Gubernativa de España y las Américas, estable­cida en Sevilla. Había sido una Real Orden del 22 de enero de la Junta la que legitimó por primera vez en los 300 años de imperio, la representa­ción de los dominios. Desde ese momento, Puerto Rico, como el resto de las colonias, dejaban de ser “colonias o factorías” para asumirse como “parte esencial integrante de la monarquía”. La llegada de Power a San Juan fue simultáneamente la del héroe y la del tenedor de la primera representación de Puerto Rico ante la Monarquía. Toribio Montes resin­tió, incluso después que abandonó la gobernación, tal protagonismo. En carta al Secretario de la Junta Suprema, Martín Garay, tilda a Power de ser “un sujeto engreído”.

    Su investidura como representante de Puerto Rico se convirtió muy pronto en motivo de mortificación también para el recién instalado goberna­dor, Salvador Meléndez Bruna. Si le molestó la investidura civil por el Cabildo que lo designó Regidor Perpetuo y lo sentó en poltrona de autoridad, más lo hizo la ceremonia en el Cabildo de la Catedral en la que el Obispo Arizmendi le ofrendó a Power su anillo episcopal.

    Unos fragmentos del acta capitular son suficientes para calibrar el pacto de voluntades y confianzas que allí se celebró: Ramón Power prome­tió que cumpliría con sus deberes de sostener los justos derechos de sus compatriotas, incluso llegar hasta la muerte en la defensa de la ley de Jesucristo, la del Rey y la de su Patria; el Obispo Arizmendi, por su parte, honró el compromiso semejándolo al que él mismo se había hecho de morir entre sus ovejas.

    El anillo-presagio tuvo al aparecer una vida singular. En 1962, la Revista del Instituto de Cultura publicó su número #17 en el que desta­can varios artículos dedicados a Ramón Power, dos firmados por Arturo Dávila. En uno de ellos, el autor le sigue la pista testamentaria a la prenda. “Enfermo y sin recursos en un país extraño” como él mismo reconoce en una de sus últimas cartas, Ramón Power le confió al dipu­tado mexicano Miguel Ramos Arizpe, a su secretario Esteban Ayala, y a su madre Josefa Giralt, el destino de su caudal personal y de varios obje­tos personales. Sesenta años después, otro testamento, esta vez el de su sobrina Soledad Power, revelaría la presencia entre los bienes de un ani­llo que había sido de su tía Josefa y que era su voluntad destinar al Hospi­tal de la Concepción. El autor no puede asegurar que sea aquel que pasó de manos en 1809 pero la imaginación, que nunca está tan alejada de la historia como tiende a alardear, nos permite pensar que así fue.

    Los cabildos de Ultramar

    El artículo 6 del decreto de enero de 1809 ordenaba, según el oficio remi­tido por el nuevo gobernador de la isla, Meléndez Bruna, que “inmedia­tamente procedan los ayuntamientos de ésta y demás capitales a extender los poderes e instrucciones expresando en ellas los ramos y objetos de interés nacional que haya de promover el diputado”.

    Por más de dos siglos y medio, la isla había estado dividida en dos gran­des jurisdicciones: Puerto Rico o San Juan y San Germán. En 1778, en los tiempos reformistas de Carlos III, se concedió el nombramiento de villas con derecho a tener su propio cabildo, justicia y regimiento a los partidos de Aguada, Arecibo y Coamo. La concesión lo fue sólo de nom­bre. No fue hasta la época de nuestra historia que asumen sus dignida­des capitulares aunque ya en el mapa eclesiástico dichas villas habían sido designadas como vicarías en 1796 por el Obispo Zengotita.

    Hacendados, ganaderos y comerciantes dominaban su composición. Como en toda América los cabildos se caracterizaron por ser lugares de reproducción oligárquica o patricia. Puerto Rico no fue la excepción. Hacia fines del siglo 18, el patriciado en Puerto Rico estaba compuesto por dueños de grandes propiedades, muchos de ellos con experiencia y título militar y con cargos en las compañías permitidas por la Corona para comerciar tabaco y esclavos. Uno de esos grandes propietarios y Alcalde Ordinario de San Juan, había sido Joaquín Power, padre de Ramón. Otro, Tomás O’Daly, ingeniero militar, quien había estado a cargo de la etapa final de la construcción del Fortín de San Cristóbal.

    En función de un imaginario mercantilista todavía arraigado en la monar­quía a pesar de ciertas aperturas, los asuntos que más ocupaban a los alcaldes y regidores eran los tocantes a los impuestos, a los abastos, a las pesas y medidas y a las tributaciones sobre la tierra. De acuerdo a legislaciones muy antiguas, los cabildos eran de tres tipos: ordinarios, extraordinarios y abiertos. En esta última modalidad participaban los vecinos por tratarse de asuntos de extrema importancia. Es por ejemplo el mecanismo al que recurrieron los vecinos de Caracas cuando deciden desligarse de la monarquía en 1810. Fiel también al principio de suspica­cia que regía en la burocracia imperial desde los tiempos de la Conquista, el arca capitular donde se depositaban las actas, libros de cuentas, documen­taciones de otro tipo y dineros se cerraba a tres llaves que queda­ban respectivamente en manos del alcalde ordinario, de un regidor y del escribano del cabildo.

    La conciencia de sí

    Son cinco los cabildos puertorriqueños, convocados por la Junta y poste­riormente por el Consejo de Regencia, los que participaron en el proceso electoral que culminó con la designación de Ramón Power, muy probablemente el candidato nominado por Coamo.

    La capitalidad, San Juan, con una población de 1,582 vecinos, era el asiento de las autoridades militares y eclesiásticas. Contaba con catedral, varias iglesias, dos conventos, comunidad de monjas, dos fortines a popa y a proa, doce calles y un hospital militar. En fechas recientes había llegado, con el retraso acostumbrado, la esperada imprenta.

    Tras sucesivas fundaciones y mudanzas en el siglo 16, San Germán se asentó finalmente en una loma larga y desigual. Su territorio era extenso y sus familias se preciaban de alcurnia: los Sepúlveda, los Ramírez de Arellano, los Quiñones…Aparte de los acostumbrados cultivos y crian­zas, el café avanzaba en su jurisdicción. Tenía población censada de 2,208 vecinos y edificaciones civiles y religiosas entre las que sobresalía la Ermita de Porta Coeli. Mantenía un comercio activo con Venezuela y sus habitantes, según André Ledrú, eran de gustos finos.

    Coamo, contaba con casa consistorial, iglesia de bóveda y dos ermitas. Se gloriaba de sus aguas termales ya afamadas por calmar los dolores artríticos, cicatrizar ulceras y aliviar los cólicos nefríticos, entre otros portentos. Fray Iñigo Abbad y Lasierra les dedicó una prolija descrip­ción. Era el tercer asentamiento en antigüedad en la isla con una pobla­ción de 442 vecinos, aunque uno de los pueblos de su jurisdicción, Ponce, ya le aventajaba con 1,863 vecinos.

    Con una iglesia dedicada a San Francisco de Asís rehecha en 1793, el sitio de la Aguada era todavía lugar preferente de contrabando con las Antillas Menores y de comercio con los pueblos cercanos por su varie­dad de tiendas y ventorrillos.

    Arecibo, con fama adquirida por haber rehuido a los ingleses a comien­zos del siglo 18, era a comienzos del siglo 19 uno de los pueblos más grandes de la isla. La iglesia dedicada a San Felipe aún no estaba concluida. Poseía una floreciente agricultura y sus vecinos eran considera­dos como de los más laboriosos de Puerto Rico.

    Respecto a las Instrucciones remitidas al diputado, conservamos cuatro de ellas; se desconoce el contenido de la de Arecibo pero por inferencias se estima que es muy parecido al de Aguada. La voz de los cabildos se integra a las escasas fuentes que nos dan una idea, aunque fragmentada e irregular, del país en aquel entresiglos: los documentos de la Capitanía General, los informes de visitas de los Obispos, los libros como el de Abbad y Lasierra o las crónicas de viajeros como Ledrú. Puerto Rico era para entonces un país difícil de concebir fuera de la imaginación burocrática o eclesiástica y ciertamente las Instrucciones nos permiten atisbarlo más allá del paisaje, del conteo censal o de las admoniciones pastorales. Se trata de una oportunidad inédita de visibilización de intere­ses comunes y de intereses definidos por la localidad.

    La entrada en escena de los cabildos puertorriqueños en la crisis monár­quica propició dos concertaciones generales. Una, de orden polí­tico que ocupa menos espacio y que hay que cualificar y una de orden inminentemente económico y fomentista, que es la más sustantiva y uná­nime. Respecto al orden político, el punto de partida de todos los textos de los cabildos es la aceptación de la soberanía monárquica depositada en la figura de Fernando VII de la que es fiduciaria en ese momento la Junta Suprema. Pero, no es un acatamiento sin más; sin mucho recato hay una crítica a la indiferencia real que se contaba en siglos. Como señala el Cabildo de Coamo, España, a través de la Junta, “se ha dignado dar una ojeada a esta Isla, la que nunca había merecido de sus sobera­nos…”

    Sólo San Germán –y aquí está la cualificación- valora de manera mati­zada la crisis en España en tanto coyuntura política excepcional. En su representación, la villa de mayor antigüedad después de San Juan, ex­presa un giro que le acerca a la intención y a la retórica de otras juntas hispanoamericanas. Al igual que lo hizo el Obispo Arizmendi ante el Gobernador Montes cuando se recibieron las primeras noticias de los sucesos en España, San Germán pide que se establezca en Puerto Rico una Junta Provincial. Más aún, el primer apartado de sus instrucciones, fechadas el 13 de noviembre de 1809, y rubricadas por apellidos que luego aparecerán en otras proclamas a lo largo del siglo –Belvis, Quiño­nes, Ramírez de Arellano, Irizarry- reza como sigue:

    Primeramente debe protestar que esta Villa reconoce y se sujeta a di­cha Suprema Junta Central ahora y en todo tiempo que gobierne en nombre de Nuestro muy Amado, Augusto y Dignísimo Rey el señor Don Fernando Séptimo y su Dinastía; pero si por Disposición Divina (lo que Dios no permita) se destruyese ésta y perdiere la Península de España, quede independiente esta isla y en libre arbitrio de elegir el mejor medio de la conservación y subsistencia de sus habitantes en paz y Religión Christiana.

    ¿Qué de viejo, que de nuevo hay en esta instrucción que se toma por muchos como una primera clarinada por la independencia, una afirma­ción de nacionalidad? De viejo, una identidad regional cuajada a lo largo de los siglos por la distancia con San Juan y la displicencia de la metrópo­lis. De nuevo, una densificación del regionalismo al calor de lo que el Barón de Humboldt, el científico y humanista alemán, apreció en su viaje a América a principios de siglo: una creciente conciencia de sí en las colonias españolas. Este sentimiento remite a muchas convergen­cias: una mayor suficiencia económica; el desplazamiento gradual de la defensa colonial a las fuerzas locales; la pedagogía de los jesuitas que aquí no se da en aquella época; y el peso poblacional.

    Aunque Puerto Rico está distante de los índices económicos mexica­nos y hasta de los índices cubanos, la incipiente conciencia de sí no es aquí algo etéreo, no es un cendal flotante. Está ligada, si nos atenemos a los textos de las Instrucciones, especialmente a las de San Germán, a un convencimiento de que muchos de los males que padece la isla, a pesar de su feracidad natural y el esfuerzo de sus habitantes, se deben al arbi­trio de quienes la han gobernado; que si no fuera por la dureza del sis­tema extractivo, la isla podía gozar de una vida próspera, como afirma el Cabildo de Aguada. Los reclamos de localidad, aplastada por políticas contributivas y burocráticas erradas, abonan más a un sentido de pertenen­cia regional, a una conciencia de sí, que a un imaginario de na­ción, más propio del romanticismo de mediados del siglo 19.

    Una frase como ¡Puerto Rico, ¡amada patria mía!, incluida en el borra­dor de Instrucciones enviado por Pedro Irizarry, alcalde ordinario de San Juan, a su cabildo, o el uso del gentilicio puertorriqueños en las Instrucciones de Coamo, denotan también esa conciencia de sí, en un arco que va desde la circunscripción más oficialista (San Juan) a la de San Germán, por historia y por coyuntura, la más alejada del lealismo colonial. Es lo que anima peticiones de que las plazas vacantes del Regi­miento Fijo se ocupen por nacidos de la banda acá y que en los oficios de la administración colonial se le de preferencia a los patricios.

    Sobre la economía moral y el mercado

    Los consensos fomentistas que componen el grueso de las instruccio­nes combinan ideas del liberalismo económico emergente (la primera traducción al español de La riqueza de las Naciones de Adam Smith es de la década final del siglo 18) sobre el mecanismo de la demanda y la oferta y el lugar primario del mercado en la fijación de precios con políti­cas fisiocráticas de regeneración de la agricultura y el comercio que estuvie­ron en boga durante la administración reformista de Carlos III.

    Hay unanimidad en pedir la apertura de puertos, en rechazar el abasto forzoso de carnes a la Capital, en reformar los mantenimientos que deben hacer los cabildos a las iglesias y los sacerdotes, en el sostenimiento de las milicias disciplinadas y en mayor atención a las milicias urbanas que no reciben emolumento alguno, en solicitar el fin del monopolio de las harinas, en pedir la liberación de los impuestos sobre la tenencia de tierras y cuyos frutos no se ven como también la eliminación o al menos reducción de los impuestos de exportación, en la otorgación de permisos para comerciar ganado a las islas vecinas y que se destinen los tributos por matanza de animales a la construcción de cárceles y cuarteles, y en que se permita la importación de instrumentos de labranza sin tributación excesiva.

    Fomentista también es la petición de que se establezca una universi­dad. La Habana la tiene desde 1728. San Juan ubica como primera instruc­ción a Power, la fundación de una universidad; San Germán pide una segunda para aquella parte de la isla y Coamo habla del estableci­miento de cátedras para su villa.

    Pero también descansan las Instrucciones en algo que el historiador britá­nico E.P. Thompson denomina economía moral, es decir, una defini­ción de los comportamientos económicos a partir de valores como lo justo y lo injusto; lo que está bien y lo que está mal. Las Instrucciones están animadas por reclamos de equilibrio entre los productores y contribu­yentes, de un lado y los estamentos privilegiados como la corpora­ción eclesiástica y la Corona, por el otro; entre cabildos y entre partes del imperio y otras.

    Al igual que en los Cahiers de Doléances de la Revolución Francesa o la Declaración de Independencia de las Trece Colonias norteamericanas, son los impuestos y su malversación, los estancos y los monopolios los que suscitan la mayor parte de las quejas de un “tercer estado” que tra­baja, posee la tierra, ejerce las profesiones y oficios pero que no controla la legislación. Son, como señala el Cabildo de Coamo, “las cadenas que nos abruman”.

    No se ocultan entre las instrucciones de las villas, las diferencias y enco­nos que guardan entre sí. Se insiste en que los recaudos tengan uso local y que los privilegios extendidos a San Juan y en ocasiones a San Germán cesen o se extiendan al resto de los cabildos. Para todas, los privilegios que recibe Cuba en cuanto a comercio y exenciones tributa­rias, no tienen justificación si van acompañados del olvido de Puerto Rico.

    Los miedos coloniales

    El miedo, como sabemos, puede crear consensos poderosos y estrechar los intereses de clase y sus vínculos con el poder. En las Instrucciones, que constituyen un horizonte de expectativas, anidan también los terrores vinculados a un posible desorden racial y a un desorden en el dominio de la tierra.

    Como sabemos, en las últimas décadas del siglo 18 y durante gran parte del siglo 19, se extendió un miedo superlativo a lo que se llamó “el baño de sangre haitiano” en alusión a los sucesos que dieron fin al dominio francés sobre Saint-Domingue y el nacimiento de un Haití independiente. Las imágenes grotescas de asesinatos y violaciones, de “una isla al revés”, se sobredimensionaron con los relatos de emigrados franceses llegados a Puerto Rico.

    Cuando el alcalde ordinario Pedro Irizarry, en su informe preliminar a la redacción de las Instrucciones de San Juan, recomienda que no se importen más esclavos, no es por súbita conversión abolicionista. Le aterra la miscegenación, piensa que la domesticación del esclavo es sólo exterior, por sus instintos es capaz de los más abominables crímenes. Coamo también le teme a que Puerto Rico se convierta en una isla negra y propone una fórmula para la importación de esclavos que mantenga el equilibrio de razas. También se criminalizan aquellos que no poseen tierras, ni oficio ni beneficio y que se arriman a las propiedades. Varias de las Instrucciones ven al agrego como el “depósito del ocio y del vicio” y piden que los sin tierra sean reducidos en las poblaciones, para ejercer control y vigilancia sobre estos sujetos peligrosos.

    Las colonizaciones blancas son bienvenidas, especialmente de canarios, pero hay una sospecha expresa sobre el gran número de extranjeros que llegan a la isla. En las Instrucciones de San Juan se llega a pedir la expulsión hasta de los catalanes porque no dejan nada permanente, sólo saben mover dinero.

    Ramón Power: Legislador e intérprete

    Cuando Ramón Power salió finalmente para la península cargaba como equipaje simbólico las Instrucciones de un país apenas acuerpado políticamente y un anillo que le confería a su misión un carácter sagrado. Lo acompañaba también la inquina del gobernante Meléndez Bruna que torpedearía su gestión en Cádiz de manera constante. Pero la trama que se relata aquí no sutura con las velas que lo llevaron a la asediada ciudad. De mensajero-intérprete de un proyecto local, Power se convertirá en Cádiz en un legislador. No cualquier legislador, sino un legislador fundacional de una manera nueva de concebir el reino.

    No es ésta la ocasión de analizar el excepcional Power gaditano, otros lo harán con mayor suficiencia. Baste con seguirle la pista a su encomienda y ver cómo las Instrucciones de cinco cabildos en el vasto sistema imperial serán pretexto, en el justo sentido de oportunidad y significación, para un discurso de aliento amplio. En ese tránsito, que le confiere a Power su contundencia definitiva, emerge una identidad americana.

    En un brillante ensayo en torno al circuito de utopías y desencantos en la América de las décadas iniciales del siglo 19, el cubano Rafael Rojas describe el republicanismo americanista que anima a una generación de viajeros y exilados transatlánticos, tal como Power. Antes de que hu­biese mexicanos, argentinos o cubanos, hubo americanos, cuya andadura política estaba ligada a un acervo moral y sentimental cristiano e ilus­trado. Es en Cádiz, en las discusiones de café y al interior parlamentario, con el trasfondo ominoso de las bombas que caían sin misericordia sobre la ciudad, que Power y otros diputados americanos defienden “un reino de reinos” en el que prive un orden jurídico “donde los derechos del ciuda­dano alcancen una satisfacción equivalente al ejercicio de sus debe­res”. En términos políticos, argumenta Rojas, no era una ruptura sino una nueva composición de la civilización “que los hijos americanos de­bían reconstruir bajo la forma republicana de gobierno”.

    Es desde ese vocación americanista que Ramón Power legitima en enero de 1811 su voto afirmativo en las Cortes sobre la igualdad de represen­tación que le corresponde a las Américas: Los derecho del hom­bre, sí, sus más preciados derechos son siempre los mismos y nunca puede perderlos sea cual fuere el lugar en que la naturaleza lo vio na­cer: estos derechos sagrados son imprescriptibles.

    Es el triunfo de la libertad civil como basamento de un nuevo orden. Un mes más tarde, desde ese mismo imperativo moral, Ramón Power se enfrentó a la insólita concesión de las Facultades Omnímodas a Meléndez Bruna por un Consejo de Regencia en el que figuraba el her­mano del gobernador: “El Consejo de Regencia al dictar una disposición semejante, degradó la majestad de la soberanía confundiéndola con el más opresivo despotismo…Yo quisiera preguntar al Consejo de Regen­cia, si aquella orden despótica es el premio heroico que consignó a la lealtad puertorriqueña…Perezca en buena hora el criminal sobre un cadalso; muera entonces porque así lo exige el bien de la sociedad; pero que nadie quede sujeto al rigor del despotismo”.

    Cuando el 7 de abril de 1811 Power expone ante las Cortes las peticiones de los cabildos de Puerto Rico, proclama: Hay que rasgar el negro velo de la hipocresía y presentar las cosas bajo su verdadero aspecto. El intérprete y el legislador enumera las asimetrías que han plagado la relación entre Puerto Rico y la Corona: las virtudes cívicas de los puertorriqueños y las pocas recompensas políticas; la feracidad y salubridad de la isla frente a las trabas a su progreso económico. Puerto Rico es hija del arbitrio, de la imposición de reglamentaciones injustas. ¿Por qué no transformar una posesión indigente, mantenida sólo por su utilidad militar y que le cuesta a la Corona un Situado Anual de cuatrocientos mil duros en una posesión productiva, capaz de enviar a la península sumas considerables? La representación de Power a nombre de los cabildos puertorriqueños enardeció a Meléndez Bruna que secuestró las comunicaciones del diputado con los ayuntamientos y arreció en su campaña de escarnio contra Power, a quien acusó, junto al Obispo Arizmendi de estar coludido con los separatistas de Caracas.

    Obligado por las acciones del gobernador, Power se dirigirá en dos ocasio­nes al pleno de las Cortes llamando la atención a la contradicción entre las diatribas de Meléndez Bruna y la consideración que le ha tenido el Congreso al elevarlo al cargo de vicepresidente. Caracas no puede ser pretexto para una gobernación “tiránica, despótica y detestable”. Para el diputado puertorriqueño, en el nuevo reino de Cádiz sólo se puede dar una forma de gobernar: “Desengañémonos:, para que los pueblos se manten­gan en paz y quietud , para prevenir toda especie de males antes que sucedan, sólo se conocen dos remedios seguros y eficaces; leyes sabias y magistrados íntegros, ilustrados y celosos que sean los primeros a respetarlas”.

    Todas las peticiones de los cabildos de Puerto Rico, excepto las tres con­cernientes al comercio libre que pasaría a la consideración del comité que ventilaba el tema para toda América y la referente al derecho de alcabala, fueron concedidas por las Cortes. Entre la impresionante cose­cha se hallan el establecimiento de la Diputación Provincial y la separa­ción de la Intendencia de la Capitanía General, cargo que ocupará Alejandro Ramírez. Al anunciar la buena nueva al cabildo de San Juan, Power, el intérprete y el legislador, valora su recompensa: “Si es verdad que he podido en algo mejorar la suerte de mis compatriotas; si la genera­ción presente y venideras serán más dichosas que lo fueron hasta hoy los habitantes de esa isla, todas mis penas desaparecerán al presen­tarse a mi imaginación esta dulce idea; la más grata y consoladora para un hombre sensible y agradecido, que ha suspirado siempre por correspon­der dignamente a la confianza con que le honraron sus comiten­tes al transmitirle la representación de sus derechos”. 

    El suspirado código

    Pocos meses después, el día de la festividad de San José, las Cortes de la Nación proclamaron la Constitución, popularmente conocida como La Pepa. La firmaron, peninsulares y americanos, entre los cuales figuraba Ramón Power. Se trataba de una refundación de España como un reino constitucional transatlántico y su significación no escapó al diputado puertorriqueño. El “suspirado código”, como le llama, es “una Constitu­ción sabia, franca, liberal que la pone al abrigo de toda especie de tiranía; con ella se ha derrocado el abominable coloso del despotismo, de un despotismo ominoso que nos condujo hasta el mismo borde del más hondo precipicio, con ella queda para siempre aprisionado el horrendo monstruo de la arbitrariedad”. Es sobre todo, una proclama de libertad, condición primera para ser un ciudadano moderno. Como señaló el Obispo de Mallorca, cuyas palabras Power suscribe: “Ya somos libres y ahora indudablemente seremos españoles”.

    No empece la corta duración de su vida como ordenamiento, La Pepa será ese umbral moral y político inextinguible. Después de todo, era, al fin, la verdadera salida de la orfandad.

    En Puerto Rico, la jura de La Pepa se celebró con fiestas populares, him­nos, fuegos artificiales, solemne Te Deum y desfiles presididos por un seguramente cariacontecido Meléndez Bruna y por el Obispo Arizmendi. Apenas dos años después, un orondo Meléndez Bruna ordena­ría la desaparición de todas las copias de La Pepa, el desmonte de las tarjas conmemorativas en las plazas del país y la jura, bajo el signo contrario del absolutismo, del Muy Amado Fernando VII.

    Muerte en Cádiz

    La trama prefigurada en el exvoto de Campeche dedicado al asedio de 1797 podría terminar aquí, con esa nota amarga. Yo prefiero quedarme en Cádiz, estoy segura que ustedes también, en la calle de Molinos 49, en la plenitud de una gestión, antes de que sucumbiera su inquilino en la epidemia de fiebre amarilla que asoló a la ciudad en 1813. La imagen de Google Earth de la calle hoy día capta una sombra que me empecino que sea su huella, de camino al Café de los Patriotas para tomar vino de Pajarete mientras pasaba el carnavalero “entierro de la sardina” o rumbo al Oratorio de San Felipe Neri, sede de las Cortes, donde presentaría las Instrucciones de cinco olvidados cabildos en los confines de la soledad imperial.

    Referencias

    • Archivo General de Puerto Rico
      Fondo de Gobernadores Españoles : Circulares 1800-1810
      Municipalidades
      Diputación Provincial
      Ayuntamiento de San Juan
    • Caro Costas, A. (1965). El Cabildo o Régimen Municipal Puertorriqueño en el Siglo XVIII. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña.
    • Caro Costas, A. (1969). Ramón Power y Giralt. Diputado a las Cortes Generales y Extraordinarias de España, 1810-1812. Madrid: Manuel Pareja
    • Caro Costas, A. (1971) Legislación Municipal Puertorriqueña del Siglo XVIII. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña.
    • Cruz Monclova, L. (1979). Historia de Puerto Rico (Siglo XIX). Tomo I (1808-1868). Río Piedras: Editorial Universitaria.
    • Dávila, A. (1962). “El anillo del Obispo” en Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Año 5, #17. pp.49-50.
    • De Angelis, P. (s.f.). Ramón Power. Primer Diputado a Cortes por Puerto Rico. Bayamón: Tipografía El Progreso.
    • Fernández Pascua, D. (2005). “Ramón Power y Giralt: Su defensa de la autonomía regional frente al centralismo y poderes ilimitados del gobernador de Puerto Rico” en Gutiérrez Escudero, A. y Laviana Cuetos, M. (coords.). Estudios sobre América: siglos XIX-XX. Sevilla: AEA.
    • Ledrú, A. (1863). Viaje a la Isla de Puerto Rico. Traducción de Julio Vizcarrondo. Puerto Rico: Imprenta Militar de J. González.
    • Rodríguez de León, M. (2003). El Obispo Juan Alejo de Arizmendi ante el proceso revolucionario y el inicio de la emancipación de América Latina y el Caribe. Bayamón: Universidad Central de Bayamón y Centro de Estudios de los Dominicos del Caribe (CEDOC).
    • Rojas, R. (2009). Las repúblicas de aire: utopía y desencanto en la Revolución de Hispanoamérica. Madrid: Taurus.
    • Tapia, A. (1873). Noticia Histórica de Don Ramón Power. Primer Diputado de Puerto Rico. Puerto Rico: Establecimiento Tipográfico de González.
    • Torres Ramírez, B. (1968). La Isla de Puerto Rico (1765-1800). San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña.