El recibimiento de los “americanos” en 1898

El recibimiento de los “americanos” en 1898

endi.com
por Carmelo Delgado Cintrón
viernes, 20 de mayo de 2022

El recibimiento de los “americanos” en 1898

La invasión de Puerto Rico el 25 de julio de 1898 y el recibimiento de las tropas de Estados Unidos por diferentes sectores de nuestro pueblo es un acontecimiento histórico que tiene mucha importancia para conocer nuestra urdimbre y aclarar hechos fundamentales. Irene Fernández Aponte nos relata que: “En muchos lugares, las bandas musicales salieron a la calle y su música se hizo escuchar por toda la población. También hubo flores esparcidas al paso de las tropas norteamericanas. Recibían en grande a aquellos hombres altos, rubios, bien uniformados, cuyas botas lustrosas retumbaban con poder sobre el suelo borincano. Paladín de la libertad, era la esperanza de la independencia tan deseada, aunque sentimientos encontrados bullían en las mentes y los corazones de los que vivieron la experiencia del momento. Había mucho temor, a la vez que curiosidad y espejismos ingenuos”. (Irene Fernández Aponte, El cambio de soberanía en Puerto Rico. Otro ‘98, 1992, p. 54).

Recordemos lo que planteó don Eugenio María de Hostos: “Los puertorriqueños se imaginaron que el propósito de los Estados Unidos, era, primero, asestar a España un golpe militar; segundo, aprovechar la oportunidad para poner fin para siempre al desgobierno de España en las Antillas, erigiendo en la isla un gobierno libre e independiente”. (Hostos, Puerto Rico. Madre Isla. O.C., Tomo IV, ICP, 1989, p. 104).

El recibimiento de las tropas norteamericanas por los puertorriqueños, en términos generales, varió según los sectores y las clases sociales, desde hostilidad manifiesta hasta complacencia, según las fuentes de la época y los historiadores. En los inicios de la guerra José de Diego y Luis Muñoz Rivera solicitaron al gobernador general Manuel Macías Casado, nueve mil rifles para organizar la resistencia a los norteamericanos y la entrega del poder. Macías Casado no quiso considerarlo. (Véase, Néstor Rigual, Incidencias parlamentarias en Puerto Rico, 1972, Vol. I, p. 74)

Es de notar que las tropas puertorriqueñas y españolas y guerrillas del país, como las de Juancho Bascarán, así como los voluntarios del teniente Rafael Colorado y otras huestes, combatieron valerosamente. (Juan Manuel Delgado, Las Partidas Sediciosas, La Toga, abril 1978, p. 15; Edgardo Prats, La resistencia a la invasión norteamericana de 1898, II parte. Claridad, 31 de julio al 6 de agosto de 1998. p. 27. Véase también de Edgardo Prats, 1898: Ante los bárbaros, El Nuevo Día, 2 de junio de 1998. p. 55).

El coronel Francisco Puig y sus complementarios lucharon en la Hacienda Desideria, así como los actos de valor del heroico militar puertorriqueño, el capitán de artillería Ricardo Hernáiz son demostrativos. Este batalló reciamente las tropas estadounidenses, dirigidas por el comandante J. M. Lancaster, obligándolas a retroceder en el sitio Alturas del Asomante, jurisdicción de Aibonito. (Edgardo Prats, La Batalla del Asomante, Aibonito, 1998). Juan Manuel Delgado manifiesta que: “La misma tenacidad y voluntad fue demostrada por los Macheteros de Cayey, al propinarle una derrota a las fuerzas del Teniente Heines, en un encuentro que sostuvieron entre esta población y Guayama. En las Montañas de Guamaní y desde la hacienda de Pablo Vázquez, las huestes puertorriqueñas mantuvieron a raya a los norteamericanos causándoles cinco bajas, mientras nuestros jíbaros salieron ilesos de ese reencuentro”. (Juan Manuel Delgado, Juancho Bascarán. Una experiencia guerrillera del 98 en Puerto Rico, 1976).

En otros lugares, nos informa el diario La Correspondencia de 21 de agosto de 1898, en una noticia sobre Guayama que, al entrar las tropas a ese municipio e izarse la bandera de Estados Unidos: “hombres y mujeres se ponían de rodillas para adorar a los sol­dados”. El periódico editorializaba manifestando que: “Debiéndonos a la infor­mación imparcial y completa, no lo oculta­mos, aunque, nos duela que la actitud del país no resulte más reservada y más altiva”.

Según el jurista Rafael López Landrón, la catadura de amplios sectores de la población podría explicar estas actitudes. Expresa este que: “Éramos un pueblo puramente impresionable: el pueblo de los vítores, de las aclamaciones, de las glorias históricas, de las procesiones, de las protestas, de las hipérboles, de la dignidad frecuente. Nuestra espiritualidad no era más que trasunto anacrónico, resabio por reminiscencia de aquel doble feudalismo secular, militar y religioso a la vez, consagrado a encomiar las brutales y sangrientas glorias de Marte o las beatíficas, extravagantes y terroríficas concepciones de ultratumba. Habíamos casi olvidado el concepto principal de la vida, el más práctico, el más indispensable y necesario: el trabajo”. (Rafael López Landrón, Cartas abiertas para el pueblo de Puerto Rico, 1911).

A raíz del desembarco, se inicia una serie de manifiestos públicos encumbrando los invasores y a la “nación americana” (EE.UU.) como le dirán algunos, hasta la actualidad, como si no existieran otras naciones en las Américas. Inmediatamente de ocurrida loa invasión se expresó públicamente el alcalde interino de Yauco, Francisco Mejías, liberal, productor industrial cafetalero quien interesaba exportar su producto en los mercados norteamericanos libre de los onerosos aranceles estadounidenses dada la invasión. (María Dolores Luque, Los conflictos de la modernidad: la élite política en Puerto Rico, 1898-1904, Revista de Indias, vol. LVII, núm. 211, (1997). Manifestó Mejía: “¡Puertorriqueños! Somos, por la milagrosa intervención del Dios de los justos, devueltos al seno de la madre americana, en cuyas aguas nos colocara la naturaleza. Hijos de América, a ella nos devuelve en nombre de su gobierno el general Miles y a ella debemos enviar nuestro más expresivo saludo de amoroso afecto”. Ni aún el “Dios de los justos” puede realizar tales milagros, que van contra el orden natural, el tiempo y la historia: Puerto Rico no puede ser devuelto a quien no es su “madre”.

Contrasta con lo manifestado por el alcalde Francisco Mejías la digna y vertical posición del juez municipal de Fajardo, don Antonio R. Barceló, quien desde el balcón de la al­caldía exhortó a los ciudadanos a entender los hechos de la invasión como un proceso hacia la libertad y la independencia de Puerto Rico y a defender nues­tras costumbres, cultura e idioma caste­llano. Manifestó Barceló que: “pero nunca como dominadora de nuestro país, sino como amparadora de nuestros derechos autonómicos, derechos que en el futuro deseamos ver ampliados en el sentido de obtener la más completa independencia en nuestro régimen in­terior; deseamos el absoluto respeto a nuestro idioma, a nuestras costumbres y a todo lo que constituye nuestros clarísimos afectos”.

Carmelo Rosario Natal plantea que: “Desde este momento, las atenciones que se prodigarían a los nuevos amos serían de tal índole que parecía, como ha escrito Antonio Rivera, ‘que las poblaciones se disputaban el honor de hacerle la vida pla­centera a los americanos’”. (Carmelo Rosario Natal, Puerto Rico y la crisis de la guerra hispanoamericana (1895-1898), 1975, p. 225). Por su parte, el alcalde de Ponce, Ulpiano Colón Ferrer, auspició una pomposa ceremonia de bienvenida a las tropas y los generales Miles y Wilson, donde manifiesta loas “a la esplen­dorosa bandera de la Unión Americana… nuncio bendito de una nueva era de paz, bienestar y prosperidad”. (Luis Manuel Díaz Soler, Rosendo Matienzo Cintrón, Orientador y guardián de una cultura, 1960). Rosario Natal manifiesta que: “La sumisión y el coqueteo que se mostró hacía los invasores fue de tal naturaleza que las únicas demostraciones de hostilidad que se registraron en Ponce fueron contra algunos prominentes españoles incondicionales”. (p. 231) Ante las falaces promesas del General Nelson A. Miles hechas el 28 de julio de 1898, Arístides Díaz Díaz afirmó: “Puerto Rico es un país de zánganos en que se cree al primer charlatán que abre la boca”. (Lidio Cruz Monclova, Historia de Puerto Rico Siglo XIX, Tomo III. Tercera parte, 1885-1898, p. 373).

Durante la crisis de 1909 el presidente William Howard Taft desautorizó las fallidas y arteras promesas del General Miles hechas para engañar a los puertorriqueños. (Tomás Blanco, Prontuario histórico de Puerto Rico, 1970). El jurista, poeta, juez y parlamentario, el Dr. José de Diego, manifestó exagerando, años después, en la Cámara de Delegados, que las palabras de aquella proclama le “habían resonado en sus oídos con el mismo efecto del tronar de mil fusiles que se dispararon por la independencia patria” (Ricardo E. Alegría, Muñoz Rivera y de Diego ante la invasión norteamericana, Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, año XV, Núm. 54, 1972, p. 19).

El abogado puertorriqueño asesor de agencias del gobierno federal en USA Pedro Capó Rodríguez plantea tajantemente, en 1915, su interpretación jurídica del recibimiento de las tropas estadounidenses por la población puertorriqueña. Le adjudica un consentimiento tácito del pueblo de Puerto Rico a la invasión y a la cesión. (Pedro Capó Rodríguez, The relations between the United States and Porto Rico, The American Journal of International Law, 1915, p.65). Mariano Abril profetizó en 1892, que: “Con la anexión a los Estados Unidos ¿qué conseguiríamos? Cam­biar de dolor y nada más. Seguiríamos siendo colonias explota­das… Pensar que los yankees han de darnos todas sus libertades y todo su progreso por nuestra bonita cara, es pensar cebada. Nos darán, sí, aquellas libertades adecuadas a nuestra cultura a cambio de una explota­ción amplia y segura”. (La Democracia, año IV (1892), Núm. 964). Palabras proféticas.

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