El color de las bestias salvajes

El color de las bestias salvajes

endi.com
por Rafael Escalera Rodríguez
domingo, 28 de enero de 2024

El color de las bestias salvajes

Pinta tu vida con los colores de mi tierra”…

 

Son pocos los puertorriqueños que fallarían en reconocer esas palabras como las primeras de lo que muchos llaman nuestro segundo himno nacional. Para ese lugar compite solamente con “Verde Luz” otro tema que coincidentemente alude al color. Los colores de mi tierra es la letra musicalizada integrada al probablemente más longevo mensaje publicitario filmado en Puerto Rico, producto de la mente creativa del cineasta Marcos Zurinaga. Ese comercial es engañosamente simple. Consiste de una sucesión continua de diversos colores, acompañados de un elemento musical que apela al orgullo nacional. Para efectos de nuestro tema, concentrémonos en su estructura visual.

YouTube facilita observar en silencio el trabajo fílmico. Así notamos que Zurinaga trata el color como un lenguaje intelectual y emotivo autosuficiente. Las imágenes son de colores que se derraman sobre sí mismos con abstracción de las formas. Cuando estas aparecen limitadamente (cono, semicírculo, círculo, rectángulo) su rol es contener o servir de soporte al color. Esto otorga al color un valor en sí mismo, divorciado de los otros elementos usuales en las representaciones pictóricas. Había otras opciones creativas para este comercial. Esta concatenación secuencial de imágenes que es esta pieza de cine podía habernos ofrecido bellas estampas locales que nuestra mente asociara con un color en particular. De haber sido así, el color hubiera sido un componente que ordena y adorna (en el mejor sentido) lo que vemos. Esa no fue la opción estética escogida por Zurinaga. Sospecho que sabía, igual que otros antes que él, el valor intrínseco del color como lenguaje. De esos otros quiero hablar.

El Metropolitan Museum of Art de New York concluye pronto su exhibición Vertigo of Color: Matisse, Derain and the origins of Fauvism. Materiales videográficos y textuales de la misma pueden accesarse electrónicamente. La exhibición está dedicada al diálogo pictórico de los líderes del fauvismo, Henri Matisse y André Derain. Este movimiento, como tal, tuvo una corta vida y su apoteosis ocurrió en solo nueve semanas del verano de 1905, cuando coincidieron Matisse y Derain en la entonces tranquila villa pesquera francesa de Colliure. Las investigaciones sobre luz y color de estos artistas resultaron en trabajos que provocaron que la crítica francesa les bautizara como “Les Fauves”, que en francés significa bestias salvajes. Las mismas “bestias” que hoy veneramos. Se impone una pausa para hablar sobre el color.

Simplemente definido, el color es el resultado del reflejo de la luz sobre un objeto. En el arte, se habla del color en función de su matiz (verde, rojo, etc.), su valor (obscuridad o brillantez) e intensidad. Pero esta es la manera racional en que descomponemos el impacto de ver color en una obra de arte. El golpe puramente emocional del color en una pintura es innegable. Muchos seres humanos tienen colores preferidos y otros que aborrecen sin poder explicar por qué. Pero pareciera ser que estas reacciones son el resultado de nuestra experiencia visual con el color y sus asociaciones en nuestra vida diaria. El azul del mar, el verde de la grama, el rojo que resulta de nuestras heridas, son solo ejemplos.

Científicamente se ha comprobado que los videntes asociamos el color con una experiencia sensorial provocada por la visión que activa una parte particular de nuestro cerebro. Por otro lado, estudios neurológicos en personas no videntes de nacimiento parecen señalar que su concepto del color es una idea aprendida cuya evocación activa una parte diferente del cerebro que resulta ser la que todos activamos para procesar conceptos abstractos. Para los no videntes de nacimiento, el color se reduce a su esencia fundamental: el color como idea abstracta.

Esa naturaleza conceptual del color no fue por mucho tiempo el acertijo principal que nos planteaba la apreciación del arte. Me refiero a la época en que la pintura pretendía recrear un mundo que “objetivamente” podíamos captar con la vista con sustancial consenso comunitario sobre lo que veíamos. Entonces el color era un elemento más, como lo eran la forma, la línea, el volumen, la composición y la perspectiva. El color tenía un carácter simbólico, daba contenido volumétrico, marcaba espacios, proveía texturas y ayudaba en la identificación de objetos en el lienzo, sin que esto menoscabara su impacto emotivo. Era un impacto emotivo familiar, al servicio del impacto total, descriptivo o anecdótico del cuadro.

Pero las bestias salvajes (término que en francés concibió el crítico Louis Vauxcelles), liderados por Matisse y Derain, se decidieron por un lenguaje pictórico diferente. Si el color es una idea, ese lenguaje procura manipularla para proveerle un contenido emotivo y descriptivo distinto, desasociándola del emparejamiento con que la experimentamos en la vida diaria. El mar ya no tiene que ser azul, el bosque no tiene que ser verde y un lirio puede ser del negro más profundo. Las bestias despojan al espectador de claves fundamentales para enfrentarse a la pieza y obligan al uso de las que impone el artista, esencialmente un espacio visual definido por intersecciones de color cuya utilización nos parece arbitraria. Si las cosas son del color del lente con que se miran, el lente ha pasado de manos del espectador a manos del artista.

Como evidencia la exhibición del Metropolitan, el fauvismo, a pesar de su corta vida, es un importante eslabón en la cadena que une al impresionismo y al postimpresionismo con el arte moderno posterior, desde el surrealismo y el simbolismo, pasando por el expresionismo alemán y el norteamericano camino al mundo de la total abstracción.

Al final del día, el fauvismo resultó ser más puente que plataforma. Los desarrollos posteriores que facilitó no han alterado la fascinación de muchos (incluyendo al que esto escribe), con la magia puramente irracional y emotiva del color. Entre mis coloristas preferidos solo hay uno – Matisse – que fue fauvista, aunque después trascendió esa etapa de manera gloriosa. Como para los gustos los colores, confieso aquí que mis otros coloristas preferidos de la pintura occidental son Raphael, Veronese y Van Gogh. Pero sí, el tan boricua comercial de los colores de mi tierra tiene una gran deuda estética con las bestias salvajes que rondaron aquella plácida playa pesquera en Francia.

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