Cultura es inteligencia colectiva

    Cultura es inteligencia colectiva

    Dr. Eduardo Seda

    Somos herederos de Prometeo, el titán de la mitología Griega que robó a los dioses el fuego de la sabiduría y fue encadenado y sometido a un castigo aterrador. El fuego de la sabiduría que Prometeo entregó, a costa del mayor sufrimiento, libró a la humanidad de las ataduras esclavizantes de los instintos y de los automatismos ajenos al intelecto y le instaló en el espacio de la cultura con capacidad para optar y crear opciones para el ejercicio de la libertad. La opción, que es la esencia de la libertad, no puede realizarse sin la representación del futuro. La representación nos permite adelantarnos en el tiempo mediante los proyectos. Proyecto es el estado del porvenir previsto en cada acción del presente. A dónde el camino irá, se preguntaba el gran poeta Antonio Machado. El camino es la vida y todo momento es pre-existencia hacia la existencia. Nos transportamos en el vehículo de los proyectos. La planificación será, desde entonces, componente esencial de la vida humana. El tramo que va desde la preexistencia a la existencia requiere un constante desarrollo de la inteligencia. La representación del conocimiento facilitaría la creación de un banco epistémico en ascenso constante en la inteligencia colectiva enmarcada en la cultura. Todo nuevo descubrimiento será andamiaje para el próximo paso en un eterno ascenso en el saber.

    Sin la inteligencia de la cultura nadie podrá alcanzar la condición humana. Así las cosas, la cultura, vendrán a ser el segundo claustro materno para la gestación y formación del ser humano. Esta gestación del ser humano en la cultura es un acontecimiento de proporciones tan importantes como “el salto” que motivó el cambio de lo inanimado a lo vivo” nos dice la psicolingüística rusa A. A. Luria en el libro Lenguaje y Pensamiento. La cultura no se hereda sino que se adquiere mediante un tipo de aprendizaje que llamamos enculturación. En la enculturación abrevamos en la copa de la vida donde los pueblos reciben el proyecto existencial colectivo. La frase copa de la vida, para referirse a la enculturación, es de un indio llamado Ramón entrevistado por la ilustre antropóloga Ruth Benedict de la Universidad de Colombia. En esa copa se recoge la inteligencia de la cultura que, por ser compartida, constituye la mentalidad de un pueblo.

    A quien se le prive de abrevar en la copa de vida no alcanzará ninguno de los rasgos que constituyen al ser humano como homo sapiens. Esto está demostrado en estudios realizados con niños que fueron abandonados. Carecían de todo rasgo humano como es la lengua, o cualquier otra destreza humana. Si fueron acogidos por fieras se comportarían como éstas.

    Desde los orígenes del pensamiento filosófico en Grecia, se fue esbozando el armazón teórico para la posterior aparición, como disciplina especializada, de la epistemología, que es el estudio de los fundamentos subyacentes en el fondo de nuestra conciencia que seleccionan lo que captamos de la realidad y cómo lo captamos. Esos fundamentos funcionan como lentes de óptica necesarios para crear las configuraciones perceptivas necesarias para la construcción de la realidad. La realidad como tal no nos cabe en los órganos sensoriales. De la realidad tenemos la representación. La representación no es la cosa en sí misma sino la imagen, el mapa, como diría Korsibski. El mapa, decía él, no es el territorio.

    John Saxe ilustra la percepción selectiva producida por los fundamentos epistémicos con la anécdota de una convención de ciegos hindustanes que intentan definir al elefante de la India. El primer deponente toca las patas del elefante y emite su veredicto con autoridad incuestionable. «El elefante es un templo que eleva sus columnas hasta el cielo». El segundo deponente ciego, al tocar la barriga del elefante, disiente del primer deponente: «Compañero, el elefante no es un templo, jamás lo ha sido. El elefante es un globo inmenso». El próximo deponente le tocó el rabo al elefante y de ahí infiere que «el elefante es caña de bambú, larga y sinuosa». Cada ciego en esta metáfora podría representar a un pueblo en su totalidad y la repulsa etnocéntrica de unos pueblos hacia otros.

    Un joven acaba de perder a su novia. Mira lo que le rodea y ve irrealidad y sombras. Una pareja de enamorados, en el mismo lugar, ve el Edén. Es el mismo lugar. La diferencia la produce un substrato epistémico.

    En el libro Ageless Body, Timeless Mind, Deepak Chopra, alude a un encuentro con una serpiente en el camino. «Saltó hacia atrás aterrorizado. Un colector de serpientes se mostraría interesado y alegre de su suerte. Un devoto Hindú vería la representación de la dios Chiva y se arrodillaría a rezarle».

    Los conflictos entre personas son a veces simples diferencias en los fundamentos epistémicos que producen diferencias de óptica. Si en el siguiente cuadro usted ve dos caras, una frente a la otra, entonces no ve un florero. Una manera de ver que impide la otra manera de ver.

    Dos borrachos en el Bowery sostienen una acalorada discusión. Uno de ellos contempla la botella del vino barato que comparte con su amigo y expresa su alegría porque les queda media botella llena. El otro, con fundamento pesimista le dice «Compañero no sea bruto, no ve que lo que nos queda es media botella vacía». El argumento ad hominem como ese, de “no sea bruto” aparece en muchas discusiones en las que se ignora la sustancia de un argumento y se salta a lo irrelevante, que serían las cualidades de la persona.

    Thomas Khun llamó paradigma a los fundamentos epistémicos con los cuales las personas y los pueblos crean las configuraciones para la percepción de su realidad. La inteligencia colectiva contenida en los paradigmas epistémicos de la cultura les provee a las personas y a los pueblos las configuraciones perceptivas necesarias para la formulación de los proyectos cotidianos y para el manejo de los procesos decisionales en la comunicación, la convivencia y el trabajo.

    Las personas de culturas primitivas aprenden a crear su cotidianidad a partir de cinco conjuntos epistémicos que son, la decencia, la moral, la religión, la estética y la improvisación y especulación creadora ad hoc. Las culturas avanzadas añaden a los cinco conjuntos epistémicos dos nuevos manaderos de inteligencia colectiva, la justicia jurídico-política y la ciencia. Estos dos últimos son los componentes del saber y la acción más importante en el mundo en que nos ha tocado vivir. El pensamiento científico genera una tecnología que transforma el ambiente con tanta celeridad, que nos deja perplejos. El sistema escolar se encarga de difundir este paradigma entre los alumnos.

    Cada uno de los siete conjuntos epistémicos de los valores contiene múltiples formas específicas.

    1. El conjunto epistémico de la moral incluye valores específicos como la honradez, la generosidad, la integridad, la consideración del prójimo, la sinceridad, la rectitud, la modestia y muchos otros.

    2. El conjunto epistémico de la religiosidad auténtica incluye devoción, fe, abnegación, misericordia, resignación, altruismo, serenidad, reverencia, sacrificio por el bien ajeno, con traslapo en la moral.

    3. El conjunto epistémico de la improvisación creadora agrupa valores como el de la sensatez, el sentido común, cordura, agudeza, perspicacia, etc.

    4. El conjunto epistémico de la justicia en las sociedades modernas está codificado en las leyes fundamentales y en los códigos. Éstos deberán estar acordes con valores específicos como la responsabilidad ética, la equidad, la rectitud, la ecuanimidad, la integridad, la incorruptibilidad, etc.

    5. El conjunto epistémico de la estética agrupa valores tales como la exaltación del sentimiento armonioso de afinidad con el entorno y con los semejantes, con altura espiritual comparable a la experiencia religiosa.

    6. El conjunto epistémico de lo sagrado y el de la estética se fundamentan en lo sublime. La desublimación en el mundo lumpen se convierte en la patología espiritual.

    La inteligencia acumulada por los siglos y los siglos en los fundamentos epistémicos de la cultura se contaminan de la manera que el ilustre antropólogo Edward Sapir llamó cultura espuria. Nosotros hemos captado un componente de la cultura espuria bajo el término lumpenización.

    Los valores son el cauce de la autenticidad. El comportamiento que emana de los valores enalteciendo al ente humano individual como a sus semejantes. En el ámbito de los valores se gesta la humanización autentica. Lo que llamamos erosión de los valores es erosión de la cultura. Crisis de valores es desculturación, porque los valores es el componente humanizante de la cultura. El segundo renglón de la cultura son las ideologías, Las ideologías intentan justificar la explotación de nuestros semejantes, el atropello a la dignidad humana y todo lo que es contrario a los valores. Los valores son aquellos fundamentos epistémicos que enaltecen la existencia de los pueblos y los individuos, mientras que las ideologías degradan al ser humano.

    En este momento de la historia, ese componente maléfico de la ideología arrasa con la bondad, la vivencia creadora y generosa de los valores. Vivimos un momento de oscurantismo, una noche borrascosa de violencia, insensibilidad y degradación bajo la influencia de la cultura espuria que hemos llamado lumpenización. Existe un parecido entre la atmósfera cultural y el aire de la atmósfera que respiramos. Una nos provee el oxigeno que sostiene la vida y la otra nos brinda la inteligencia que nos distingue como especie homo sapiens. La contaminación de la atmósfera con millones de automóviles expulsando gases venenosos, la tala de los bosques, las plantas industriales, etc., nos llevan hacia la extinción de la vida en el planeta. La contaminación de la cultura con fundamentos epistémicos de índole ideológica degrada al ser humano y lo destierra de la autenticidad. Las aguas del río epistémico donde se forjan los seres humanos en esta cultura nuestra están contaminadas. ¿De dónde proviene esa contaminación? Proviene de los fundamentos epistémicos de carácter ideológico que contaminan la cultura.

    Hay grandes laceraciones en la vida colectiva de nuestro pueblo por la erosión de los valores y su sustitución por ideologías. El valor de la decencia anda de frente a una epidemia de desublimación que culmina en una reconversión de lo sublime a lo burdo con violencia, depravación, procacidad, chabacanería, obscenidad y vulgaridad proveniente de la erosión de los valores éticos. Ser moralista es ser despreciable, pero ser inmoral es ser diferente. El espacio existencial de la cultura política es una vorágine de conflictos y traiciones que se caracteriza por la corrupción, la demagogia, la mediocridad, el pillaje y la mala administración de los recursos de nuestro pueblo. Hay espacios existenciales profundamente contaminados por el fraude, el engaño, la violencia. Un ejército de maleantes ha ocupado los espacios existenciales que antes fueron centro de congregación y vivencia comunitaria en este pueblo nuestro. Vivimos detrás de las rejas para protegernos de ladrones, asaltadores dispuestos a saquear nuestros hogares; que asesinan a mansalva, hurtan las pertenencias, el dinero, los vehículos y ponen en peligro el derecho a la vida y a la tranquilidad para no decir la felicidad prometida por nuestra ley fundamental.

    En Puerto Rico contamos con un Instituto de Cultura cuyo propósito debería ser el de fortalecer los valores, facilitar el camino de la autenticidad y proteger el derecho a la inteligencia. El Derecho a la inteligencia es el derecho más mancillado en este planeta de acuerdo con Luis Alberto Machado.

    Para dirigir una industria, un negocio, una profesión, un oficio, hace falta conocer el funcionamiento del mismo. Esto, que es tan resabido en todas las esferas de quehacer, parece que se desconoce en la forja de la conciencia de un pueblo que es su cultura.

    El Instituto de Cultura Puertorriqueña adopta un componente de la inteligencia colectiva de nuestro pueblo, el de la estética, y lo convierte en fuente de empleo para artesanos y músicos de nuestra música auténtica y otros artistas. El paradigma estético es uno de esos siete fundamentos epistémicos de la cultura. La obra que ha realizado el Instituto de Cultura para el rescate de nuestra música folklórica, de nuestros bailes populares, de nuestras tradiciones de arte y artesanía, la promoción del teatro, de la pintura, la reconstrucción de ciudades como el casco de San Juan y Ponce, el rescate del olvido de muchos de nuestros pensadores, nos obliga a todos los puertorriqueños a sentir la más profunda gratitud por la obra de esa ilustre institución. No hay duda de que la obra del Instituto de Cultura ha supuesto una reafirmación de nuestra cultura en cuanto a la creación estética. No hay objeción a que se le dé un lugar enaltecido al componente estético de la cultura, siempre que se vea como un componente y no como la totalidad del quehacer cultural.

    Reducir toda la cultura a una sola realidad, por encantadora que sea, empobrece el pensamiento. Los regentes del Instituto de Cultura deberían enterarse del aforismo lenguaje empobrecido, pensamiento empobrecido, que, por un tiempo, difundió la Universidad Sagrado Corazón. El pensamiento empobrecido en un espacio existencial esencial para la convivencia como es la cultura, constituye un etnocidio auto-infligido.

    Si la cultura estuviera constituida por el componente estético y nada más, haría tiempo ya hubiésemos dejado de ser puertorriqueños, pues nuestra juventud es abanderada de una música y unos bailes que nada tienen que ver con nuestra tradición. La estética anda en malos pasos con una juventud que prefiere la peor clase de música de los Estados Unidos, se viste y se entretiene con modalidades que tampoco están enraizadas en nuestra cultura. «Ay madre melancolía que ya no somos nosotros», se lamentaba en la Elegía a los Reyes de Virgilio Dávila.

    Una definición adulterada que reduce la totalidad de los valores culturales al espectro cosmético-estético se disemina en las escuelas del país, en los textos escolares, creando una versión manca de nuestra identidad como pueblo. Una versión de la cultura como asunto cosmético-estético se difunde diariamente en los programas de televisión donde se reservan segmentos que llaman cultura y de lo que tratan es de frivolidades y trivialidades de la vida privada, escándalos de la vida sexual de celebridades fabricadas por relacionistas públicos. Esa versión recortada de la cultura menoscaba las posibilidades creativas de un pueblo. A tal grado llega la ignorancia de la cultura en este pueblo nuestro, que un partido político se confiesa partido ideológico. Ideología es la contrapartida de los valores, el componente que le sirve a los sectores corruptos de una sociedad para justificar la mala intención.

    Para Engels, la ideología es falsa conciencia que sirve de fundamento epistémico a los que se benefician del engaño, el fraude, la mentira. El sacerdote Jesuita Anthony de Mello ubica la ideología en el fanatismo. En su obra La Iluminación nos dice que «La religión en esencia es libertad, sin fanatismo, ni ideologías. La ideología ha hecho mucho daño y, de hecho, sigue haciéndolo». Ideología es conjunto epistémico con el cual se trata de justificar el error y la ignorancia.

    Se le haría justicia a la obra del Instituto de Cultura llamándole correctamente Instituto de Folklore e Historia. El valor del folklore, las artes, las artesanías y la historia es innegable. Lo que no es correcto es tomar esa parte, que es lo más bello de la cultura, como si fuera la totalidad de la existencialidad de un pueblo. El Comité Pro-defensa de la Cultura naufragó en las aguas turbias del vocabulario defectuoso, pensamiento defectuoso, tratando de crear conciencia cultural en un pueblo al cual se le ha inculcado un concepto de cultura de artes y artesanías en ignorancia de la totalidad de los valores. Una definición incompleta de la cultura, de por sí, es un daño a la conciencia colectiva de nuestra gente. Un daño mayor es fomentar el racismo. El Instituto de Cultura define la identidad de nuestro pueblo en términos de tres razas. El racismo es producto ideológico que niega la cultura y, por lo tanto, una agencia que debe resguardar la inteligencia colectiva de la cultura no debe propagar la disolución del racismo. Decía Florence Nightingale que lo menos que debería hacer un hospital es propagar la enfermedad. Lo menos que debería hacer el Instituto de Cultura es contaminar la cultura con ideologías. Raza es un concepto que sirve para clasificar a los animales porque éstos heredan su modo de ser y actuar. Si usted pone a un gato recién nacido a criarse con perros, nunca estará pendiente de los postes de la luz eléctrica en la calle y cuando madure no ladrará sino que maullará y, si fuera necesario, cazará ratones como el mejor de los gatos. Por el contrario, un ser humano, digamos un hijo de estadounidenses, criado en una cultura que no es la de sus padres recibe y adquiere la cultura de quienes lo adoptan.

    Un niño ajeno a la cultura sería masa de carne y hueso sin ninguna de las características del ser humano. Este dato se obtiene de niños cuyos padres le alimentaron sin darles enseñanza alguna. Criados por animales adquieren las formas de conductas que ven de éstos. Lo que adquiere el animal por herencia no es cultura sino automatismo genético. El animal carece de la capacidad para representar la realidad.

    A partir de la representación didactogénica abandonamos el reino animal para adentrarnos en el reino de la responsabilidad en la creación de la existencialidad cotidiana trascendiendo el plano de lo genéticamente automático. El racismo es parte ideológica de la cultura que niega la cultura. El paradigma racista adoptado por el Instituto de Cultura pasa por alto que África, al igual que Europa, está compuesta por muchas culturas. No hay una cultura africana. Hay muchas. Ver a África como si fuera una sola cultura implanta una falsa correlación entre raza y cultura. Etnia no significa lo que dicen los diccionarios racistas de nuestra lengua. Etnia significa cultura como Etnología, estudio de la cultura y Etnocidio significa la desnacionalización de un pueblo. Todos los racismos son pseudo étnicos porque atribuyen el comportamiento humano a la herencia genética y no a la cultura. Una versión pseudo étnica implantada con bombos y platillos para atraer el turismo constituye un etnocidio auto-infligido.

    Aparte de los invasores españoles que poblaron la isla al costo de un genocidio de la población autóctona, han llegado franceses que escaparon de Haití con la independencia de ese país, venezolanos incondicionales de la época de la independencia; cubanos y dominicanos en años recientes. Los Fas, Galib, Bruckmans, Wiscovitch, Pretrovitch, O’Neill, Mac Allisters, McDougal, Mc Clintock, los Beauchamp, etc. no vinieron ni de España ni de África. ¿En dónde quedan ellos en el esquema de las tres razas?

    El milagro del nosotros como pueblo se erige sobre los fundamentos epistémicos de una cultura, la cultura puertorriqueña, con todos los aportes que se originan en múltiples vertientes características de las culturas modernas.

    La ideología racista adoptada por el Instituto de Cultura es una copia transculturada del racismo estadounidense con la cual se crean pseudo etnias a base de retazos, en algunos casos, de exótica. El racismo pseudo étnico de la cultura estadounidense les pone gafas epistémicas en los ojos a las personas y, con esas gafas ideológicas, se ven a sí mismos y a los demás como entes figurados por la raza. Se baja el migrante puertorriqueño del avión en el aeropuerto de la ciudad de Nueva York y de pronto ante sí, como por arte de magia, desaparecen esos que en Puerto Rico llamamos americanos y, en su lugar, aparecen irlandeses, polacos, italianos, afro-americanos, griegos, judíos, checos, etc.

    El que entra a un lugar desconocido, poco a poco va situando las cosas. El migrante va adquiriendo los fundamentos epistémicos que informan la óptica transpersonal estadounidense. Pronto aprenderá a ver al policía como la jara, O’hará o irlandés; al casero y al boss, como el judío, etc. Aprenderá los nombres derogativos de las distintas etnias: Dago, Guinea, Greaser, para los italianos; Mick para los irlandeses, Gooks, Spic, Kikes, Polack, como en la película Street Car Name Desire donde la esposa abusada se desquita del marido abusador llamándole por el nombre derogativo de su pseudo etnia. Archie Bunker, en un programa de televisión, le pregunta a su yerno, a quien quiere indicarle la poca estima en que le tiene,

    Archie: ¿De dónde eres?
    Yerno: De Chicago
    Archie, contrariado, dice: No, no es eso.
    Yerno: Ah, ya veo; mis padres son de Polonia.
    Archie se desplaya: Entonces tú eres un Polack.

    El puertorriqueño migrante aprenderá a llamar blancos a los de ascendencia europea sin parada en el nuevo mundo latino y a excluirse de esa categoría. De la identidad non-white que recibe el puertorriqueño en el entorno estadounidense no se dice nada en Puerto Rico. Hay una conspiración de silencio que impide que se toque ese tema. El peor ciego es quien no quiere ver.

    Esa versión del puertorriqueño como non-white fue traída por peritos estadounidenses importados para hacer estudios sobre la vida en Puerto Rico. Éstos, en su manera de ver, a partir de fundamentos epistémicos de su cultura, nos declararían libres del racismo. Asumían que lo que es cierto para ellos es cierto para todo el mundo. Eso es imperialismo cultural en forma de etnocentrismo. Sydney Mintz, con un título de gran consultor que le ganaría un doctorado Honoris Causa de la Universidad Interamericana, declararía: «si un non-white (el puertorriqueño) tiene prejuicio negativo contra otro non-white, eso no sería prejuicio racial, sería prejuicio social». Así nace el portento del prejuicio social. Lo que no se le preguntó entonces a Mintz es si hay algún racismo que no sea social. Ningún ser humano nace racista. Para serlo, tiene que aprenderlo. Si lo aprende en la cultura estadounidense, verá la humanidad dividida en dos grandes categorías, white y non-white. Si lo aprende en nuestra América, aprenderá a ver un arco iris de categorías.

    Si, en efecto, estuviéramos libres de lo que Ashley Montagud llamó el crimen más horrendo de la humanidad, el racismo; seríamos un pueblo muy afortunado. La verdad, por desgracia, es otra.

    Con óptica racista de la cultura estadounidense, Mintz vería al puertorriqueño como producto híbrido, lo cual es cierto. Lo que se le escapaba es que no hay tal cosa como razas puras y todas las poblaciones humanas son híbridas. Existe una raza, la raza humana.

    La declaración del American Anthropology Society (Sept. 1997) sobre raza afirma que ese término fue inventado para justificar la esclavitud. Es una ideología perversa que deifica las diferencias humanas y se esparce por el mundo. No hay ninguna población humana que pudiéramos llamar homogénea o pura.

    Las autoridades de mayor rango en la antropología física, que es la ciencia que estudia la genética humana, fueron convocadas por la UNESCO. De esa reunión surgió la Declaración sobre Raza y Racismo, donde se hace constar que no existe tal cosa como las razas puras. Todas las poblaciones humanas, en otras palabras, son híbridas o mestizas.

    Marvin Harris, en su libro Patterns of Race in the Americas, nos dice que la jerarquía de dos razas en la cultura de Estados Unidos empleando el criterio de gota de sangre que él llamó hipo-descendencia, era una invención (epistémica) para salvaguardar una fantasía colectiva y así mantener al margen la verdad del mestizaje universal. Un antropólogo distinguido, el Profesor Munro Edmonson, de la Universidad de Tulane, testificó en un caso en que le quitaron el pasaporte de blanca a una señora que había vivido toda su vida con identidad de blanca. Esta señora fue a solicitar un pasaporte en la oficina de emigración y le dieron un pasaporte de NEGRA debido a que en su ascendencia había gota de sangre negra que la convertía en negra. A base del tal confirmado de la universalidad de mestizaje, Edmonson preguntaba en la corte donde se dilucido el caso «Si son negros todos los americanos».

    Earl Parker Hanson, en su obra Puerto Rico: Land of Wonders, nos colocaba en la orilla opuesta de Estado Unidos en lo que concierne al racismo pues, según él, «una gota de sangre negra» en Estados Unidos convierte al que la tiene en NEGRO y en Puerto Rico nada menos que una «gota de sangre blanca» produce el milagro de convertir al que la tenga en blanco. La sangre, como se sabe, se clasifica en A, B, AB, O (Boyd, 1952) y todas las poblaciones comparten esos cuatro tipos de sangre en diversas proporciones. Sydney Mintz, Joseph Fitzpatrik, Melvin

    Tumin, Earl Parker Hanson, etc., en sus escritos, pregonaban el mito de la democracia racial en Puerto Rico desde la perspectiva epistémica etnocéntrica de su cultura.

    En esa época conduje un estudio como parte de un programa de estudios dirigido por el Dr. Pedro Muñoz Amato. Los datos de mi estudio refutaban todo un andamiaje de falacias propagandistas incluyendo la pregonada democracia racial en Puerto Rico. En una prueba de percepción realizada en este estudio, presentábamos un conjunto de fotos seleccionadas al azar a nuestros entrevistados para que las clasificaran en términos raciales. Las personas, sin esfuerzo alguno, con la mayor facilidad, enseguida identificaban y separaban un grupo como negro, otro blanco y otro como intermedio. Las categorías racistas estaban muy claras en la mente. Cuando le pedíamos que colocaran las fotos de los más inteligentes en un grupo aparte, la mayoría coincidía en agrupar a los blancos como los más inteligentes. Lo mismo sucedía cuando le pedíamos que agruparan a los más atractivos, honrados, etc.

    El cuadro diseñado por los investigadores estadounidenses en cuanto a la falta de actitudes racistas en nuestro pueblo quedaría demostrado, más adelante, como falacia ideológica en la obra del amigo y colega, hoy desaparecido, Dr. Isabelo Zenón Cruz, en el libro Narciso Descubre su Trasero.

    Mintz, en sus escritos para la Comisión de Status, con título de gran consultor, se suscribiría al estereotipo de las razas puras (genotípica- decía él) que costó la vida a unos seis millones de judíos en Alemania Nazi y cuantos sufrimientos más. Con esa óptica, nos decía que los estadounidenses son de raza genotípica (sin aleaciones híbridas) y nosotros somos, por el contrario, de raza fenotípica (híbrida).

    Decía Marx que las ideas dominantes en cualquier momento de la historia están cortadas a la medida del interés de la clase dominante. De esta manera, la ideología es instrumento de dominación igualmente o más efectiva que los ejércitos y los torturadores. Las ideas del país dominante se diseminan como modalidad de pensamiento y acción en el mundo colonizado de la misma manera prevista en el ordenamiento de clases. Allá tosen y acá nos da pulmonía. La auto-imagen vista a través de óptica de los Estados Unidos tendría eco entre varios de nuestros estudiosos que adoptarían el racismo extranjero por transculturación y proclamarían como monopolio nuestro, lo que es universal, el mestizaje. Con óptica transculturada, avalada por la autoridad de los grandes consultores antes mencionados y del Instituto de Cultura, se generaliza un racismo auto-infligido al estilo de síndrome de Estocolmo. Saltamos del sartén al fuego, pues, si mala es la ideología del racismo en nuestra cultura, peor es en la estadounidense, que la sustituye produciendo racismo auto-infligido en forma de infravaloración.

    El colonizado sufre del síndrome de Estocolmo en la auto-negación. Octavio Ianni comentaba que «Los científicos sociales brasileños, por transculturación, han adquirido las categorías de pensamiento estadounidenses que los alejan de la realidad brasileña. El estudio del mestizaje en Brasil está saturado de un sentimiento de inferioridad que produciría aceptación ingenua de la dominación extranjera».

    Hemos planteado el factor corrosivo de la ideología en nuestra cultura en obras que no circulan por falta de prensa. Sin prensa en nuestro propio país, tuvimos que recurrir a la prensa extranjera.

    Los datos publicados en el libro Los Derechos Civiles en la Cultura Política de Puerto Rico, revelan el grado de ignorancia que sufre nuestro pueblo en lo que concierne a los derechos civiles. Dicho sea de paso, ese libro, a pesar de haber ganado un premio del Instituto de Literatura, es ignorado. En ese libro se plantea el problema de las ideologías que ensombrecen el paradigma de la democracia en Puerto Rico.

    En ignorancia del concepto de gobierno por consentimiento mediante delegación de autoridad, el proceso electoral se convierte en reinado de belleza, como quien dice. Las ideologías ensombrecen el paradigma de la democracia menoscabando los procesos democráticos. El espacio existencial de la ignorancia colectiva se contamina con ideologías caudillistas que avalan la corrupción gubernamental, el mal uso de fondos públicos para propósitos prebendarlos, la planificación de la desplanificación.10 La ignorancia del pueblo le abre el camino a la mala voluntad y al oportunismo de maleantes que perturban la calidad de vida en puestos de poder en el gobierno. En años recientes vivimos un terremoto de corrupción en el gobierno. El electorado volvió a elegir al mismo gobierno.