Criar para la libertad

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    por Carlos E. Ramos González
    domingo, 21 de marzo de 2021

    Criar para la libertad

    Lo más difícil será que lo darás todo, entregarás tu vida, muchas veces dejarás de ser tú mismo para ser él o ella con un solo propósito: enseñarle a ser libres. Se crían los hijos(as) para “soltarlos”. ¡Qué muchas veces escuché decir eso a mi padre quien, como pediatra, dedicaba su vida a la salud integral de los niños, niñas y adolescentes! En ocasiones, para solucionar un problema “físico”, pedía ver a ambos padres u otros miembros del núcleo de la crianza. La causa de la dolencia no era física: “es que esos padres se creen que son dueños de este ser; no lo quieren soltar”. Bien por la cultura, incluyendo el patriarcado, o por el mercado que todo lo convierte en propiedad intercambiable, muchas personas creen que estos seres son de su propiedad.

    Una lectura desde el derecho, también nos ayuda a entender lo anterior. Hace décadas el Tribunal Supremo de los Estados Unidos reconoció que los padres (“parents”) tienen un interés libertario protegido por la Constitución en tomar decisiones sobre el cuido, custodia y bienestar de sus hijos e hijas. Esos mismos derechos se aplican a Puerto Rico por el derecho constitucional que nos rige. Este interés se traduce como un “derecho de crianza”, valorado y necesario como sin duda lo es, no es absoluto. Puede y debe ser limitado mediante una variedad de leyes algunas de las cuales han creado conflictos constitucionales. Menciono algunos: privación o limitaciones de custodia y patria potestad, decisiones sobre tratamiento médico e incluso sobre su institucionalización o confinamiento, la intervención de los abuelos y abuelas en el proceso de crianza, decisiones sobre los derechos reproductivos de los menores y otros asuntos vitales para su desarrollo como persona con autonomía y dignidad propia. Los menores tienen derechos constitucionales que son reconocidos por la jurisprudencia, las leyes y diversos acuerdos internacionales. No son vasallos de nadie.

    Por ese sentimiento de propiedad, muchas veces los padres vemos con recelo esta intervención estatal. “A mis hijos(as) los crio yo”, “eso es asunto de la familia”, “las cosas de la casa son de la casa”, “no te metas con mi familia”. Con sobrada razón a veces invocamos estos dichos frente al estado y terceros como vecinos, amigos y desconocidos. No obstante, pocas personas dudan de la validez de leyes que prohíben, por ejemplo, aun con el permiso de los padres, la explotación laboral de los menores, la promoción e incluso venta de estos para fines del abuso sexual o la obligatoriedad de educación escolar en la modalidad que autoriza el gobierno. Nadie cuestiona la existencia de delitos como el incesto, el abuso sexual o la comisión de otros delitos en el entorno de crianza. Nadie cuestiona las leyes que regulan y prohíben el abuso físico y emocional de los menores aun en el seno más íntimo del hogar.

    En estos días se intensificará la discusión pública sobre la propuesta para prohibir las “terapias de conversión”. La responsabilidad del estado es ineludible. Las ciencias de la conducta humana nos indican que estas “terapias” constituyen maltrato y abuso hacia menores y adultos. La discusión debería girar únicamente sobre cómo precisar y mejorar el proyecto de ley propuesto para hacerlo lo más entendible y eficaz posible para el logro de su fin.

    Por supuesto que siempre alguien negará la realidad que señalan estos estudios. Hay personas e instituciones que niegan algunos hallazgos de las ciencias naturales, como la existencia del calentamiento global. Es decir, impugnan hasta los hallazgos de las llamadas “ciencias exactas”. No obstante, ya es evidente ante el mundo que estos “negacionistas” responden a sus propios intereses económicos cortoplacistas egoístas e indignos.

    El fundamentalismo es “negacionista” por definición. En estos días, principalmente el religioso, estará muy activado. Su actitud frente a las ciencias sociales puede ser aún más irreverente. Hace poco nos lo recordaba el Dr. Félix López en una actividad extraordinaria auspiciada por el Seminario Evangélico de Puerto Rico: “el fundamentalismo es un impostor del fundamento o una impostura frente al fundamento”. Nos recuerda que por su naturaleza quiere forzarnos a ser estúpidos, es decir, a que renunciemos a “nuestra capacidad de entender” citando al filósofo puertorriqueño Francisco José Ramos.

    Escuchemos todo, pero nunca renunciemos a nuestra capacidad de entender.

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