Contestación al discurso del Lcdo. Eugenio S. Belaval

    Contestación al discurso del Lcdo. Eugenio S. Belaval

    Dr. Carmelo Delgado

    Don Eugenio Sastraño Belaval Martínez viene de una familia ilustre, en la que ha cultivado la ciencia jurídica. Recordemos a su familiar, Don Emilio S. Belaval, Juez Asociado del Tribunal Supremo de Puerto Rico. A principios de la década de los sesenta, el profesor Belaval cursó brillantemente la carrera de Derecho en la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, donde se distinguió como Editor de la Revista Jurídica. Honor éste al que sólo un granado número de estudiantes podía aspirar. Completó su formación jurídica en la Harvard Law School, donde obtuvo una Maestría en Derecho, siendo designado Ford Foundation Teaching Fellow. A su regreso, es invitado a incorporarse a la docencia jurídica y forma parte durante largos años de la facultad de catedráticos de Derecho de la Universidad de Puerto Rico.

    El profesor Belaval, además de en la enseñanza, ha servido a nuestro gobierno en numerosas posiciones, como son la de legislador, ocupante de una banca en la Cámara de Representantes, Miembro de la Comisión para combatir el crimen, Miembro de la Junta Estatal de Elecciones, Decano Asociado y Decano Interino de Derecho, amén de otras tareas de servicio público. Desde la fundación de la Academia Puertorriqueña de Jurisprudencia y Legislación, ha servido en sus diversos comités, laborando arduamente en la reforma del Derecho. Siempre ha estado disponible. Su candidatura a la Academia fue patrocinada por el Presidente Dr. José Trias Monge como un reconocimiento a su trabajo en pro de la reforma jurídica.

    Hombre de conducta ética y de firmes creencias, sostiene principios inconmovibles; jurista de profundos conocimientos en las áreas del Derecho que cultiva, como son el Derecho Mercantil y Financiero. La Academia gana con su incorporación un miembro que es honra del foro, un universitario de vocación y un ciudadano ejemplar.

    Su discurso es la medida del hombre. En lugar de que su discurso, ante sus pares, trate de Derecho Comercial, Contratos, Derecho Electoral, Sucesiones, Corporaciones, Contribuciones o Financiamiento Comercial, áreas donde su saber brilla, el profesor Belaval opta por hablarnos de ética, disecar nuestra sociedad y señalar una serie de traumas y problemas que nos agobian como sociedad civil. Dice el profesor Belaval que “rehuir la responsabilidad de señalar ciertos defectos y males sería equivalente a una falta de honestidad”. Jurista nato, el profesor Belaval nos descubre su visión del abogado, al que considera un arquitecto social que “tiene que conocer, no sólo la suya, sino también otras disciplinas que complementen su formación total”. Intercede por un abogado culto, que conozca el Derecho en toda su trascendencia jurídica, social y cultural. Critica como lastimosa la especialización por materias. Achaca esta especialización a la legislación masiva y rampante que sale en torrentes de nuestros cuerpos legislativos y que hace obligatorio el fraccionamiento de nuestro tiempo y de nuestra capacidad intelectual para el pleno ejercicio de nuestra responsabilidad profesional.

    Es como si se quisiera gobernar toda la actividad social a base de la legislación. Para fortalecer sus ideas, el profesor Belaval trae a colación a Baruch Espinoza, citado por el acadé-mico Wallace González Oliver. Dice Espinoza: “El que trata de arreglar y determinar todo a través de la Ley, enardecerá, en vez de corregir, los vicios del mundo”. Señala que abunda la letra muerta en nuestros anaqueles y, si ese fuera el único problema, no estaríamos tan mal. Desde hace varios años se ignora la legislación y grandes sectores de nuestra sociedad actúan en franca desobediencia civil.

    Luego, el profesor Belaval plantea los desequilibrios éticos de nuestro tiempo, producto del deterioro moral que sufrimos o, como la llama Belaval, la Época del Yo.

    El clima de deterioro de la fábrica social no es privativo de nuestro país. El Santo Padre, hablando a los Obispos españoles, el año 1993, señaló esa grave situación. Recordemos las palabras de Juan Pablo II: Soy consciente de la grave crisis de valores morales, presente de modo preocupante en diversos campos de la vida individual y social, y que afecta de manera particular a la familia, [y] a la juventud, y que tiene también repercusiones, de todos conocidas, en la gestión de la cosa pública…

    Belaval entiende que, si existiese un equilibrio entre la exigencia de “mis derechos” y el cumplimiento de mis deberes, se evitaría la destrucción de la patria. Se observa con preocu-pación, según se informa por los medios de comunicación social, que grandes sectores de nuestro pueblo carecen de inclinación por el cultivo de los valores que tradicionalmente nos han caracterizado como entidad histórica. Especialmente, señala el nuevo Académico de Jurisprudencia, el problema de los valores en la esfera gubernamental.

    Examina ejemplos de la comunidad social que ajan la ética pública. Así, ofrece como muestra lo que sucede con la aplicación de la Ley de Impuestos Sobre Ingresos, y su manejo por los individuos; la legislación que autoriza los controles de acceso vehicular a petición de los dueños y residentes de urbanizaciones; el fraccionamiento y ruptura por diferencias ideológicas, religiosas, políticas y de clase económica. Estos ejemplos son demostrativos de la falta de calidad de vida, y del deterioro y parcelización de nuestra comunidad civil.

    Los legisladores, nos explica el profesor Belaval, son responsables de mucha de la legislación que entorpece las condiciones de una vida pública basada en lo bueno y ético, pues se habla de la legalización de la droga o sustancias controladas, de la imposición de la pena de muerte, el reconocimiento de derechos hereditarios forzosos para el concubinato, la aceptación de evidencia no admisible hasta ahora, y de un catálogo de penas draconianas como disuasorias de los delitos, entre otros proyectos legislativos.

    Cree el profesor Belaval que la reforma del Derecho es necesaria, pero entiende que debe ser hecha por cuerpos como esta Academia, la cual cobija a juristas de diversas filosofías, creencias e ideologías, pero unificados en el fin común de crear una sociedad más justa y en la que el verdadero imperio del Derecho y la justicia establezcan las condiciones óptimas de vida, y en la que imperen la ética personal y la moralidad pública.

    El profesor Belaval, jurista de vastos conocimientos y experiencias, sabe que la reforma de nuestros códigos y leyes tiene que hacerse en el sosiego de la Academia. Que la legislatura, por su propia dinámica, no es el lugar adecuado para ello. De ahí la necesidad de instituciones que medien entre las ramas del gobierno y la comunidad.

    De esta manera, la Academia, como expresa el profesor Belaval, reúne un precioso cúmulo de experiencias de juristas sazonados en la cátedra, la judicatura, la práctica en los tribunales y en el servicio público. Dice: “El producto de nuestros esfuerzos no lleva otra orientación que el mejoramiento de lo que tenemos y la modernización de la institución jurídica del Estado”.

    El profesor Belaval exhorta a la Asamblea Legislativa a que haga uso de la experiencia académica, los proyectos de leyes y códigos que nuestros comités preparan.

    Finalmente, quiero expresarle al Profesor Eugenio S. Belaval, y a mis pares de la Academia, que es para mí motivo de satisfacción y orgullo leer esta brevísima contestación, pues siempre los discípulos deseamos estar a la par de nuestros maestros.