Abogacía, derecho y país: evocaciones, críticas y apreciaciones del liderato académico del Decano Antonio García Padilla en la Escuela de Derecho (1986-2001)

    Abogacía, derecho y país: evocaciones, críticas y apreciaciones del liderato académico del Decano Antonio García Padilla en la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico (1986-2001)

    Numerario Carmelo Delgado Cintrón

    El éxito, en última instancia, tiene que ver con los equilibrios y valores que alcanza la persona humana en su convivencia, en su búsqueda natural de felicidad, en el reto de vivir con los demás en este mundo. Tiene que ver con la autoestima de los que formamos comunidad. Tiene que ver con el convencimiento de que somos capaces de producir buen conocimiento, pero también buena civilización. En ese escenario, nuestro derecho debe ser un actor protagónico. En ese escenario quisimos adentrarnos en los lustros de cierre del siglo 20.[1]

    “La contribución de García Padilla a la educación jurídica contemporánea en nuestro país es de indudable valor”.[2]

     

    Introducción

    El libro que recientemente ha publicado el Decano Emérito de la Escuela de la Universidad de Puerto Rico, profesor Antonio García Padilla, titulado Abogacía, Derecho y País: Perspectivas de un tiempo de transformaciones académicas y profesionales en Puerto Rico, es una contribución sin par al entendimiento de la docencia jurídica en Puerto Rico y a la compresión de muchas tendencias de la profesión jurídica en nuestro país y en el mundo.[3] Es también un aporte a la historia institucional de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, con atención a un tiempo de interesantes dinámicas e innovadoras realizaciones, 1986-2001. En suma, pues, la obra es una memoria y una colaboración al derecho y su enseñanza, a la historia universitaria y a la institucionalidad del país.[4]

    Adviértase, de entrada, que García Padilla escribe este libro con la perspectiva que brindan tres décadas de haber iniciado su gestión de Decano y quince años de haberla concluido; con el beneficio adicional de la experiencia que derivó de haber ocupado luego la presidencia de la Universidad de Puerto Rico por ocho años.

    Se ha dividido esta apreciación y reseña de la obra en tres partes para que el lector entienda, ubique y contextualice las reflexiones que allí se vierten, los trabajos allí descritos y los días allí rememorados. La primera parte de esta reseña trata del libro de García Padilla en sí; de lo que en la obra se narra y describe, del innovador liderato desplegado por el autor en el decanato de Derecho, de sus repercusiones, consecuencias y resultados. Esta iniciativa debe ser adoptada por otros antiguos Decanos, Directores de la Biblioteca, Directores de la Clínica de Asistencia Legal, profesores, bibliotecarios y estudiantes para juntos documentar el desarrollo histórico de la enseñanza del Derecho en Puerto Rico. El libro del centenario —Cien Años de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico. 1913-2013—, que auspició y promovió la actual Decana de la Escuela de Derecho licenciada Vivían Neptune Rivera, primera profesora que desempeña el decanato, es una iniciativa importante en esa dirección.

    La segunda parte se refiere a la sociedad puertorriqueña durante la extensa y precaria dominación española, 1508-1898, esencialmente los resultados deletéreos de la carencia de estudios superiores universitarios y de ciencia jurídica en nuestro país.[5] En su libro —especialmente en el Capítulo 4— el autor hace referencia a esas privaciones, que tantos perjuicios causaron a Puerto Rico.[6] En esta reseña, me parece indicado expandir sobre el tema, para que se calibre bien su dimensión. La tercera parte es un asomo a la gestión del profesor, el Dr. David M. Helfeld, quien advino Decano de Derecho en 1960 e inició vigorosamente, numerosos cambios en la institución y logró, dentro de las circunstancias de su tiempo modernizar nuestra Escuela de Derecho e insertarla en nuevas corrientes de la enseñanza e investigación jurídica. Señala el profesor García Padilla que:

    Allá para las postrimerías de los años ochenta del siglo pasado, cuando iniciaba mi gestión en el decanato, los desbalances en cuanto al compromiso de los docentes con la tarea de investigación y de publicación eran superiores a los que se consideraban aceptables en las escuelas acreditadas. La situación era inquietante y difícil de atender.

    En 1966, veinte años antes, las agencias acreditadoras apuntaban que la facultad era acreedora de reconocimiento por sus publicaciones e investigaciones eruditas. Pero, ya para 1979, las agencias notaban un agravamiento en este renglón y señalaban que “[t]he research output of the faculty is extremely sparse. It is difficult to stipulate that there may be an atmosphere adverse to serious research, but research is neither encouraged not rewarded.” Hacer frente a este tipo de problemas es de lo más complejo que puede tener que enfrentar un grupo académico. No depende, por lo más, solo de recursos académicos; no es tampoco un tema que pueda canalizarse exclusivamente a base de persuasiones argumentativas, como tantas veces se tienden a enfrentar los problemas en las universidades.[7]

    La elaboración histórica de la gestión del cuarto Decano de Derecho, doctor David M. Helfeld, está basada en entrevistas que le he hecho al ex decano para el Proyecto de Historia Oral de la Escuela de Derecho UPR que mantengo en la Academia Puertorriqueña de Jurisprudencia y Legislación y en la Escuela de Derecho.[8] Asimismo he usado también como fuentes escritos publicados por el Decano Helfeld relativo a su desempeño decanal y liderato académico.[9] Luego de la salida del Decano Helfeld en 1974, la Escuela de Derecho experimentó una secuencia de decanatos breves que por su duración, no empece a la dedicación de los decanos concernidos, no permitieron la maduración de muchas iniciativas.[10] De modo que, en buena medida, el decanato de García Padilla, en el que se basan las reflexiones de este libro, parte del fructífero decanato del doctor Helfeld y en aquellas aportaciones adicionales que otros decanos lograron realizar. De ahí la conveniencia de traer a colación los cambios, innovaciones, situaciones y reformas de la gestión de Helfeld. Es primordialmente sobre esa base —el extenso decanato de David M. Helfeld, (14 años) y los decanatos cortos de Jaime B. Fuster, Alejo de Cervera, Dennis Martínez Irizarry y Carlos G. Cadilla— que el Decano Antonio García Padilla proyectó, promovió y gestionó su obra de múltiples aspectos y contenidos. Así lo reconoce: “Sobre esta herencia se debía construir. El desarrollo de las instituciones, como el desarrollo del derecho, se produce así, como resultado de las aportaciones de cada generación hace a una estructura en constante formación. En todo proceso de cambio, en todo esfuerzo civilizatorio siempre coexisten lo viejo y lo nuevo”.[11]

    I

    El Decanato del profesor Antonio García Padilla

    I. Las propuestas del Decano Antonio García Padilla. 1986-2001

    Abogacía, Derecho y País: Perspectivas de un tiempo de transformaciones académicas y profesionales en Puerto Ricoes un libro que abarca complejos contenidos de variadas y diferentes temáticas —incluyendo variaciones que rebasan, vistas en la superficie, la titularidad.[12] Una vez se calibran bien, están unidas por un hilo conductor y una línea de pensamiento al concepto titular de “derecho, profesión y comunidad”. Recuerdan, de cierta manera la época narrada en la obra del Arcipreste de Hita, Joan Ruiz. Los tiempos del Libro de Buen Amor, son momentos de transformaciones y disputas entre actitudes, formas y vivencias de distintos períodos, uno que se abandona, otro que se abraza; la sustitución de caducos usos y costumbres (en este caso en la organización de los estudios y la cultura de la enseñanza) por nuevas actitudes y usanzas que estén acordes con las nuevas realidades.[13] Todo ello enmarcado en el fortalecimiento de la institucionalidad puertorriqueña: la Escuela de Derecho y la Universidad vistas dentro de un tinglado de instituciones que dialogan para fortalecer nuestra personalidad de país; que persiguen conversaciones de altura “para modelar mejores estilos de convivencia, formas más civiles de discrepar, modos más productivos de inserción en los debates propios de las sociedades pluralistas”.[14]

    Desde el decanato de la Escuela de Derecho, el autor logró inspirar, proponer y conseguir numerosos cambios y transformaciones dirigidos a darle nuevos sentidos a la usual tarea de educar para prepararse para la abogacía. La profesión jurídica puertorriqueña había crecido mucho para los tiempos del Decano García Padilla. La aspiración, en consecuencia, no era de tamaños; era de calidades. Afirma que:

    De calidades se trataba a la hora de mejorar la contribución de la Escuela de Derecho a la abogacía y al Derecho del país y del mundo a la hora de potenciar los aportes de la Escuela de Derecho a la competitividad puertorriqueña, a la hora de servir al propósito de justicia y de buena civilización que abriga Puerto Rico.[15]

    En el curso de sus años de gestión, García Padilla hizo prevalecer un nuevo paradigma para la institución que tomó a cargo. En lo esencial, buscó establecer una “verdadera comunidad de aprendizaje, presente, vibrante, estratégicamente vinculada, en la que el medioambiente y las interacciones coadyuvaran lo más posible a la obtención de los resultados deseados”.[16] Para ello propuso nuevas disciplinas, reordenamientos y miró al mundo. También buscó oportunidades en otras partes de la Universidad. En efecto, este libro nos ilustra cómo se entrelazaron segmentos curriculares e institucionales de la Escuela de Derecho con los de otras facultades y recintos de la Universidad de Puerto Rico dirigidos a la obtención de grados combinados,[17] y con los de universidades extranjeras enfocados en programas de doble titulación.[18]

    Sobre el programa con la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, que tanta resonancia tuvo en la educación jurídica,[19] explica que “lo que el programa posibilita es que la abogacía puertorriqueña ofrezca desde Puerto Rico las pericias necesarias, con la credencialización correspondiente, para atender las necesidades de contrapartes europeas que, en cualquier sector, busque relaciones con Puerto Rico”.[20] Al respecto medita dos décadas después y comparte el sondeo de las opiniones que recibió de los participantes:

    A mi regreso a la Escuela de Derecho en 2010 luego de concluir mi gestión en la presidencia de la Universidad de Puerto Rico, ausculté el sentir de los participantes del programa. El 90 por ciento de los puertorriqueños que habían sido parte del programa, consideraban excelente o buena la experiencia académica que habían recibido. Todos los europeos opinaban lo mismo.

    Considerados todos los factores, la inmensa mayoría de los alumnos participantes tomarían de nuevo —sin reservas— la decisión de cursar el programa. Unos pocos lo tomarían con reservas. Ninguno dejaría pasar la oportunidad.[21]

    El contenido de este libro incide en distintas áreas de lo jurídico y busca tangencias.[22] Interactúa con la historia y la sociología,[23] se mueve de lo cosmopolita a lo local,[24] aborda las artes de la enseñanza y busca sugerir el ambiente en donde viven mejor. Explica su autor que el libro es una reflexión que no puede eludir tras haber servido por quince años como decano de la Escuela de Derecho.[25] Resume diciendo que, al asumir el decanato:

    Era entonces el decano más joven de todo el sistema de escuelas acreditadas. Por quince años ocupe esa posición. A través de esos tres lustros la Escuela experimentó cambios en cada uno de los elementos definitorios de su quehacer: la facultad, el alumnado, el plan de estudios, la biblioteca, el edificio, sus fuentes de financiación. Treinta años después, a poco de cumplir la Escuela cien años de fundada, con el beneficio de la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, es de rigor hacer recuento de esos desarrollos, así como reflexionar sobre sus significados.

    De eso trata este libro. Es una reflexión y una memoria sobre el tramo en que me correspondió la dirección académica y administrativa de la ya centenaria Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico.[26]

    Lo personal, lo autobiográfico fluye en esta obra.[27] El autor, además, hábilmente engloba y logra trabar temas, circunstancias y momentos que de alguna manera y forma están imbricados con el Derecho, con lo que debe ser el cultivo del saber jurídico ante los retos y desafíos de las nuevas tecnologías, formas de producción y progresos sociales. Subyacente en su filosofía educativa está el apotegma de que no hay que temer a los cambios por más radicales que parezcan, sino hacer todo lo posible por abarcarlos, mejorarlos y usarlos para el bien del trabajo profesional colectivo, desde los estudios hasta la práctica. Abona a ello la perspectiva y experiencias que le ofrecen al autor quince años de ejercer resueltamente el Decanato y ocho años la presidencia universitaria. Su posición es inmejorable para plasmar en esta obra el destilado de sus recomendaciones.

    Experimentado y respaldado por esas realizaciones y entendimientos y desde el alcor que ofrece la relativa continuidad en los cargos que ocupó,[28] con las experiencias obtenidas de otras tareas de dirección de instituciones culturales y profesionales, trata críticamente temas rayanos al porvenir de nuestro país: la profesión jurídica, la docencia, la generación de conocimiento, su relación con la base industrial de producción, el acceso a la educación, la interacción entre los saberes y las disciplinas, la globalidad del conocimiento. Algunas de las instituciones influenciadas por el autor, a las que antes me he referido son el Council of the Section and Admissions to the Bar de la American Bar Association, el Comité de Acreditación de la misma entidad, la Fundación Luis Muñoz Marín[29] y la Academia Puertorriqueña de Jurisprudencia y Legislación.[30] Todo ello enriquece las contribuciones e indicaciones expuestas en este libro.

    La estructura libresca de la obra, la forma de exponer el texto, el limpio estilo literario, y los acápites y capitulares —sostenidos por el contenido textual— le dan al discurso y decurso de esta obra una dinámica que despierta el interés y la curiosidad y estimula perseverar en su lectura, estudio y meditación. Los diversos capítulos de este libro sostienen y comprueban las novedosas, reflexivas y serias recomendaciones y sugestiones que el Decano García Padilla hace para que se logre implantar un nuevo y exigente clima de mejoramiento y excelencia docente y profesional. En el imaginario está siempre la creación de una cultura de interacciones que estimule a profesores y alumnos de Derecho, a alcanzar la excelencia que reclaman los tiempos, no solo en el contexto local, sino frente a los criterios más exigentes del mundo.

    La consolidación de estos fines demanda mucho trabajo, convencimientos, rompimientos, cambios, esfuerzos, dedicación, vencer reticencias y oposiciones, costumbres y hábitos consagrados y, repito: mucho trabajo y dedicación. No faltaron en esos años. El extenso decanato de Antonio García Padilla demostró que, mediante esas inversiones, se pueden realizar muchas reformas y transformaciones. Los cambios alcanzados durante la gestión de García Padilla estuvieron precedidos de profusas deliberaciones, profundas meditaciones, estudios y consultas, siempre movidas por el trabajo y la dedicación del autor. Son los tópicos propios de este libro, que reflejan y resumen los quehaceres de su liderato académico y administrativo, cuando se desempeñó como responsable de la más antigua Facultad de Derecho puertorriqueña.

    Entre las numerosas iniciativas e innovaciones que se mencionan y describen en el libro, tenemos por ejemplos: los eventos culturales auspiciados para enriquecer el clima de estudios; el ennoblecimiento de los espacios docentes con exigente cuidado a los diseños; la incorporación de obras de arte[31] que provocaran la imaginación de nuestros estudiantes;[32] la comisión de obras musicales[33] a maestros como Raymond Torres Santos[34] (cantata en tres movimientos, basada en tres grandes momentos de la historia del Derecho; a saber, la gran obra de reforma del Derecho Romano de Flavio Anisio Justiniano, entre 527 y 534, me refiero al Codex, el Digesto o Pandectas, la Instituta y las Novelas, lo que desde el siglo XVI se designa como el Corpus Iuris Civilis; el Fuero de las Leyes o las Siete Partidasdel Rey don Alfonso X, el sabio y la Carta Magna); el establecimiento de un fondo dotal en respaldo a las operaciones de la Escuela; la introducción de nuevos enfoques a las tareas de la Clínica de Asistencia Legal;[35] la disciplina de análisis anual de la jurisprudencia del Tribunal Supremo de Puerto Rico; la creación de una maestría en Derecho para abogados latinoamericanos;[36] la expansión y reforma del edificio.

    La narración sobre arquitectura es de las más interesantes del libro. Pensaría que es la mejor narración con que se cuenta en Puerto Rico sobre la evolución y recontextualización exitosa de un edificio construido en el siglo 20. El magnífico edificio que aloja la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico fue inaugurado en 1963. Se había solicitado originalmente por el Decano Manuel Rodríguez Ramos[37] y acogido y respaldado por el Rector Jaime Benítez. El diseño es de Henry Klumb y desde los inicios de su construcción fue supervisado por el siguiente Decano David M. Helfeld.[38] En el acápite titulado, “A reconstruir Leyes”,[39] García Padilla nos explica en detalle cómo remodeló el edificio de la Escuela de Derecho. Dice el autor que:

    Disfruté mucho del diseño de la remodelación de la Escuela de Derecho. Imaginé con ilusión el producto de las intervenciones: cómo quedarían plasmadas mis ideas en el edificio resultante; qué mensaje le transmitirían a los usuarios, sobre todo, a los jóvenes que por allí vinieran; cómo serviría el edificio, una vez remodelado, para respaldar el proyecto que contemplaba para la Escuela de Derecho. Era contagioso el entusiasmo de mis colegas por el proyecto, el decano asociado, Luis Mariano Villaronga, y el director de la Biblioteca, P. Michael Whipple, especialmente. Más disfruté mucho también el proceso de construcción, al que le dediqué atención personal diaria, no empece mis frustraciones con muchos de los trabajos.[40]

    En el edificio se casan las aficiones arquitectónicas del Decano con su visión sobre el valor del arte en la educación.[41] Se rescataron obras importantes para exhibirse en la Escuela de Derecho. Entre ellas obras murales. García Padilla logró la cesión en propiedad del valioso tapiz de características épicas, Alborada, que borda uno de los bellos poemas —Madrigal— del jurista, poeta y político Luis Llorens Torres, que figura y adorna el espacioso vestíbulo de la Biblioteca de Derecho.[42]

    La siguiente aportación acorde con sus intereses arquitectónicos implicó el Quinto Centenario (1492-1992), el Viejo San Juan y el Barrio de Ballajá. Me refiero al interesante, controvertible y novedoso proyecto de trasladar la sede de la Escuela de Derecho desde el Recinto de Río Piedras al histórico y emblemático edificio del Cuartel de Ballajá en el Viejo San Juan, luego de restaurarlo. Esta propuesta causó intensos debates entre profesores universitarios de distintas facultades y autoridades del Recinto de Río Piedras. Toda la controversia que generó está muy bien descrita en el acápite titulado, Ballajá y la segunda ampliación.[43] El autor reflexiona sobre las distintas dimensiones y problemáticas que el proyecto concitó. Esa reflexión es mucho más que puntual. Toca un tema, la alternativa de Ballajá como sede para la Escuela de Derecho; pero toca muchos más; temas de vida universitaria, de aspiraciones y metas altas, de debates, de la forma de canalizarlos, de vínculos y aportaciones a la comunidad. Sí; de construcción de país. ¡Qué mucha falta hacen esos debates!

    El libro describe un claro lanzamiento al mundo: La creación de programas académicos de corte cosmopolita, programas conjuntos con universidades estadounidenses y europeas, relaciones con escuelas colombianas y chilenas, donde nuestros estudiantes y maestros obtendrían el beneficio de la interacción de sistemas jurídicos y personalidades distintas a las nuestras; invitaciones para permanecer temporadas en nuestra Escuela de Derecho a catedráticos, profesores, jueces y otros líderes de la profesión de otras jurisdicciones; el ofrecimiento de lecciones magistrales por líderes del mundo del Derecho: Antonin Scalia, Juez Asociado del Tribunal Supremo de Estados Unidos, entre ellos; presentaciones de importantes libros de Derecho, el regular paso por nuestras aulas de juristas del mayor relieve, el gran penalista doctor Santiago Mir Puig, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, entre ellos, que llegó a aceptar un nombramiento conjunto entre nuestra universidad y la de él.

    El lanzamiento al mundo llevó a explorar nuevas posibilidades de programación; entre ellas el reordenamiento curricular de los términos académicos de invierno y verano de tal manera que juristas, profesores e investigadores de universidades de otros países pudieran enseñar cursos y seminarios de corta duración en ellos. Se intentaba así la renovación de los saberes jurídicos. Se exponía a los estudiantes y abogados puertorriqueños a novedosas experiencias educativas abriéndoles perspectivas hasta entonces desconocidas. El tema tocó también la biblioteca que se renovó y amplió con los Bibliotecarios Max Pershe, Carmelo Delgado Cintrón y P. Michael Whipple.[44] Así como los espacios para los estudiantes.[45]

    Con una abarcadora reforma del plan de estudios para adecuarlo y coordinarlo con las reformas e innovaciones que llevaba a cabo, concluyó la gestión en el decanato de García Padilla. Al respecto plantea el autor en el acápite titulado, La reforma curricular, que “[e]l currículo vigente entonces era bueno. Adoptado durante el liderato del doctor David M. Helfeld, estaba bien pensado”.[46]

    Luego el Decano García Padilla explica las reformas planteadas y aprobadas y sostiene que:

    Perseguir las calidades deseadas requería reconocerle discreción a los alumnos; abrirles posibilidades de participación en el diseño de sus carreras; permitirles una formación ajustada a sus intereses y provocaciones. Al final del día, la calidad de la formación se basa más en el rigor de cada curso que en las materias específicas que, más allá de una base de cursos realmente formativos, se toman en la progresión.[47]

    II. Las bases de las admoniciones y señalamientos

    Las admoniciones, señalamientos, sugerencias y propuestas del Decano García Padilla en este libro parten de un evidente convencimiento de que la educación jurídica y la agenda de investigación y servicio que se adelanta en nuestra comunidad exigen y requieren de críticas, reflexiones, reformas, como parte de un proceso sistemático que no debe concluir nunca. El liderato desplegado en nuestra Escuela de Derecho, sus continuas interacciones con instituciones reguladoras de Estados Unidos y de otros países, realzan ese convencimiento. Subyace en la narración que la reflexión sobre lo que hacemos es un deber y una obligación para con la educación y una responsabilidad que debemos a la profesión jurídica y al país. Por supuesto que sus admoniciones y propuestas están fundamentadas y enraizadas en su pormenorizado conocimiento de las lides académicas y las gestiones públicas. Como sabemos, desde que terminó su mandato como Decano (2001) hasta la publicación de este libro (2017) han transcurrido tres lustros —más de treinta años del comienzo de su decanato— que han consolidado y reajustado sus experiencias, que obtuvieron insumos adicionales antes mencionados, cual es la experiencia de una visión panorámica, compleja y general de la primera universidad del país. En un país como el nuestro donde no abundan las memorias, los recuerdos, los diarios y las autobiografías esta aportación es más que bienvenida.[48]

    Indicando que además de tener un propósito didáctico, creemos que es un aldabonazo, una llamada de atención, no únicamente al profesorado de Derecho de nuestra Escuela, sino a todos los claustros de derecho y facultades jurídicas de Puerto Rico. Las recomendaciones y propuestas del Decano Emérito García Padilla están también dirigidas a las instituciones profesionales, como el Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico, la Asociación de Abogados, la Asociación Puertorriqueña de la Judicatura, la Asociación de Fiscales de Puerto Rico el Ilustre Cuerpo de Registradores de la Propiedad, y la Conferencia Judicial, entre otras; a todos los componentes de la comunidad jurídica puertorriqueña.

    Ciertamente García Padilla lleva la Escuela de Derecho a nuevas etapas de realizaciones. Esta dura tarea contó con la colaboración de sectores comprometidos del profesorado, el respaldo de las asambleas de la facultad y sus comités sin que faltaran en ningún momento los debates fuertes y los cuestionamientos enérgicos de colegas y de compañeros que desempeñaron trabajos en el decanato, como los profesores Ivette Ramos, Jenaro Baquero, Guillermo Figueroa, Ana Matanzo, Efrén Rivera Ramos y Luis Mariano Villaronga, la dirección de la Biblioteca de Derecho, en la que tuve la oportunidad de trabajar junto al autor y en la que me sucedió el profesor P. Michael Whipple, la dirección de la Clínica de Asistencia Legal, en la que se desempeñaron Guillermo Figueroa, Georgina Candal y María Jiménez, la Junta Editora de la Revista Jurídica de la Universidad de Puerto Rico, el Consejo de Estudiantes y las organizaciones estudiantiles, las autoridades universitarias y otros colaboradores en el liderato judicial y profesional. Para todos ellos, sobre todo a la facultad y a los alumnos, este libro es un reconocimiento y de cierta manera un homenaje.

    III. El testimonio de dos destacados juristas: los prólogos de Efrén Rivera y Santiago Mir.

    Dos Prólogos introducen la obra ya validada en notas de contraportada por José Cabranes, Síndico de la Universidad de Yale y Juez del Tribunal Federal de Apelaciones para el Segundo Circuito, Encarna Roca Trías, Vice Presidenta del Tribunal Constitucional de España y Jesús Amaral, Decano Fundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico.

    El Decano de Derecho Efrén Rivera Ramos, catedrático de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico y reconocido estudioso, tratadista y jurista de nota, plantea en un primer prólogo que:

    Con este libro Antonio García pone a circular el resultado de una reflexión cuidadosa sobre su extraordinaria gestión como decano de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico durante los quince años que ejerció el cargo. Se registran en estas páginas los lineamientos y particularidades de una obra académico-administrativa de envergadura, pensada y ejecutada con visión, esmero y atención al detalle.

    La contribución de García Padilla a la educación jurídica contemporánea en nuestro país es de indudable valor. Baste una lectura somera de este texto para comprobarlo. Se relatan aquí con inteligencia y buen decir los desarrollos que condujeron a cambios sustanciales en la escuela de derecho más antigua del país.

    Pero este libro es mucho más que un inventario de logros o una narración de eventos. Es, sobre todo, una reflexión importante sobre una tarea de servicio público asumida con conciencia creciente de lo que entrañaba. En más de una ocasión el autor del libro ha comentado la necesidad de que los funcionarios públicos dejen plasmados en textos escritos u otros formatos apropiados su reflexión sobre la gestión propia. Está convencido de que el país pierde mucho con esa carencia. Con este libro y el suyo anterior titulado La Universidad y el País: Escenarios del siglo 21 (2012), García Padilla cumple ese propósito con creces.

    Lo más valioso de esta reflexión sobre su gestión como decano es la explicación pormenorizada de los porqués de las decisiones, iniciativas y proyectos que se lanzaron durante este periodo. Recoge el pensamiento que le sirvió de fondo a la conversión de la Escuela de Derecho en una institución más a tono con los tiempos. Ello es imprescindible para lograr el equilibrio necesario entre la continuidad y el cambio en la institución. Después de todo, la permanencia de un proyecto no radica en la conservación irreflexiva de las formas, sino en la continuación inteligente y constantemente renovada de sus objetivos. El Decano García Padilla creó una plataforma sólida y a la vez flexible que permitiría seguir construyendo sobre ella en años venideros. Como sucesor de García Padilla en el cargo, pude comprobar de primera mano la fortaleza y posibilidades de crecimiento de esa base.

    El autor ubica su ponderación, además, en el contexto más amplio de la educación jurídica contemporánea, los retos de entonces y actuales de las universidades en diversas partes del mundo y las necesidades y aspiraciones de nuestro país. Solo el vínculo con esas consideraciones más extendidas puede imprimirle pertinencia y justificación social a un proyecto académico tan especializado como el de una facultad de derecho.

    El texto es valioso de principio a fin. Quiero, sin embargo, destacar tres secciones que me parecen de singular valor. Una, bajo el acápite ‘Importaciones y exportaciones’, se dedica a examinar el estado de la producción académica de la facultad. Para ello, el autor emprende una síntesis del desarrollo de la literatura jurídica en Puerto Rico desde el siglo XIX. Resulta lectura obligada sobre el tema. Esta puesta en contexto ayuda a entender el esfuerzo que debía realizarse en la Escuela para generar un mayor compromiso con la investigación y la publicación, los logros alcanzados durante el periodo en cuestión y la importancia del asunto para la academia, la profesión y el país.[49]

    El doctor Santiago Mir Puig, Decano de Derecho que ha sido de la Universitat de Barcelona, jurista notable, tratadista, reconocido estudioso y Catedrático de Derecho Penal, se refiere en un segundo prólogo a la relación que García Padilla estableció con la Universidad de Barcelona, a la que Mir Puig pertenece.[50] Dice que:

    Aquel día de 1993 empezó todo. Lo recuerdo tan claramente como si fuera hoy. Yo estaba en mi despacho de Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona y mi secretaria me dice que hay un profesor de Puerto Rico que desea hablar conmigo. Me extrañó, porque ni yo conocía de nada a dicho profesor, ni existía relación alguna entre mi Facultad y aquel país. El sorpresivo visitante era Antonio García Padilla, Decano de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico (UPR), y él mismo recuerda en el presente libro aquel primer encuentro conmigo con estas sinceras palabras: ‘llegar solo a una ciudad extraña’, para proponer dos ambiciosos proyectos de colaboración que carecían de precedentes en nuestros países. Recibí intrigado a García Padilla, quien más adelante me confesó que él sí conocía desde hace años mi nombre y mi obra como penalista y que también se llevó una sorpresa al verme en persona no como el viejo maestro que esperaba, sino como un colega muy poco mayor que él. Tal vez me había imaginado incluso como alguien más próximo a la generación del gran civilista catalán José Puig Brutau, entonces ya bastante entrado en años, cuyo Tratado había sido acogido en Puerto Rico como obra de referencia desde hacía tiempo y que de hecho constituía la más importante conexión jurídica entre Cataluña y Puerto Rico.

    García Padilla explica detalladamente en este libro los frutos de la relación que establecimos. Lo primero fue el Programa de Verano, por el cual la Facultad de Derecho de mi Universidad de Barcelona (UB) cedería aulas y oficinas, y asimismo algunos profesores, para que la Escuela de Derecho de la UPR pudiera desarrollar en Barcelona durante el mes de julio diversas materias de interés común, aportando alumnos y profesores. En lo esencial podría resumirse diciendo que ello suponía que la Escuela de Derecho en parte se trasladaba a Barcelona y extendería su docencia a espacios de la Facultad de Derecho de la UB aprovechando un mes de intervalo entre los semestres lectivos ordinarios. De hecho, por tanto, el peso fundamental de este programa iba a recaer en la Escuela de Derecho de la UPR.

    Pero, como reconoce abiertamente García Padilla en esta obra, él me planteó el Programa de Verano, relativamente sencillo, como ‘puerta de entrada’ a otro proyecto más ambicioso y mucho menos fácil de conseguir: un Programa de Doble Titulación que permitiera a estudiantes de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico obtener la licenciatura de derecho española cursando solo un año en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, y alumnos de derecho de esta Universidad conseguir a su vez el Juris Doctor de la UPR añadiendo igualmente un año a su currículum en esta Escuela de Escuela de Derecho puertorriqueña.

    Desde aquellos comienzos han pasado más de veinte años, a lo largo de los cuales la iniciativa de García Padilla ha tenido y sigue teniendo el reconocimiento de nuestras universidades y agencias de acreditación. Es justo señalar que esta destacable continuidad ha sido posible gracias a los decanos que nos han sucedido, aquí y allá. Pero fueron decisivos los primeros pasos que inició mi querido colega de Puerto Rico. De ellos procede la estrecha vinculación que a continuación me unió al autor de este libro, a su país y a su Escuela de Derecho. Llegué a impartir en la UPR la clase ordinaria (o regular) de derecho penal durante dos semestres consecutivos (en 1996 y 1997), y tuve ocasión de conocer mejor y valorar como se merece la extraordinaria labor decanal de Antonio García Padilla.

    Ha sido un placer leer este libro, en el que su autor recuerda muchos otros aspectos de su aportación como decano, durante unos quince años que reconoce como los más gratos de su vida académica. Comprendo perfectamente esta estimación, porque no exageraré si digo que el riquísimo conjunto de resultados de aquellos quince años de decanato que se resumen en este libro, ofrecen un modelo impresionante de gestión académica absolutamente ejemplar. Desde luego, el lector comprobará que ello se debió al entusiasmo, la imaginación y la eficacia de un decano de la Escuela de Derecho de la UPR que será siempre recordado como el motor que impulsó un nuevo rumbo para su escuela.

    Y desde Barcelona también yo he de decir: gracias, Antonio.[51]

    II.
    Antecedentes distantes a los temas del libro;
    Las precariedades de los tiempos; Ausencia de universidad en Puerto Rico;
    personajes y nombres relacionados a la narración de García Padilla

     

    I. Desde López de Haro y Ledrú.

    Decía que el libro de García Padilla, sobre todo en el Capítulo 4, resalta el hecho de que la falta de una universidad en Puerto Rico durante las centurias de dominación española en Puerto Rico, tuvieron consecuencias muy negativas en el quehacer jurídico puertorriqueño.[52] A la hora de poner en contexto el libro de García Padilla, conviene elaborar sobre ese tema.

    En efecto, aunque no es este el lugar para hacer una historia de esas primeras tres centurias (XVI, XVII, XVIII), los testimonios de dos extranjeros, el Obispo Damián López de Haro y el naturalista Pierre Ledrú, que vivieron en la Isla en épocas diferentes nos ofrecen un cuadro fidedigno de la vida precaria y desolada donde se desarrollaba aquella sociedad. Uno es el texto de la célebre Carta-Relación del Obispo de Puerto Rico Don Fray Damián López de Haro, a Juan Diez de la Calle, con una relación muy curiosa de su viaje y otras cosas del año 1644.[53] Dicho escrito nos ofrece una ventana a la comunidad puertorriqueña del momento.[54] Nos dice el Obispo que “la ciudad es muy pobre”;el diezmo que los feligreses le dan es pan de cazabe “pero a mí no me entra de los dientes adentro”; y lo “peor . . . es que no hay una tienda donde poder enviar por nada”; “la gente es holgazana” pues no quieren buscar alimentos al monte y no faenan en la mar pues, “no se atreven a salir a pescar en un barco porque los coge el holandés”, y lo peor es que, “todo viene por el mar de Castilla o de la Nueva España”.

    El Obispo Fray Damián López de Haro,[55] en su carta de relación mencionada de 27 de septiembre de 1644 incluye una letrilla o poemilla que es el primero que describe y critica duramente nuestra sociedad puertorriqueña. Nótese que la trata de “pequeña islilla”, donde faltan bastimentos, es decir ausencia de alimentos y provisiones y no corre el dinero, pues la paupérrima provincia no tiene ingresos de bienes de propios y vive de lo que anualmente se envía desde el tesoro de México para el pago de los oficiales reales y para sufragar los salarios de los soldados del regimiento de fijo, lo que en argot popular se designa como “el situado mexicano”. Apunta que los esclavos y las esclavas africanos se mueven desnudos o suponemos muy escasamente vestidos; la población es tan mínima que hay más gente en la cárcel de Sevilla que en toda la islilla de Puerto Rico; los criollos se creen hidalgos y caballeros y blasonan de su nobleza, sin embargo nos insinúa dicho Obispo que son pobres y plebeyos pues ni residencias tienen ya que viven muchos “caballeros” en poquísimas casas, sosteniendo el Obispo que no son tales hijos de algo o “caballeros” pues en realidad se dedican a ejercer como negociantes de productos agrícolas destacando el jengibre y cueros de vacunos, oficios de los más humildes, y los menciona por apellidos: Mendoza, Guzmán y destaca como el principal a “el Padilla”, tal vez un remotísimo antepasado del autor.[56] Se carece de agua dulce, de pocos curas de almas y de mujeres arregladas pero sin gracia, sosas, es decir sin donaire. El más duro dicterio que nos endilga el Obispo es que asegura que en Puerto Rico han “nacido la ambición y la envidia” con lo que nos lanza otro dardo envenenado. Monseñor se queja del calor, alaba irónicamente la sombra de cocos, que es escasa pues no es árbol frondoso y sentencia que lo mejor que tiene el pobre Puerto Rico, donde tiene que pastorear la grey, es “un poco de aire”. Con su poemilla, un prelado de apellido común, López de Haro, humilla a Puerto Rico. El breve poema dice:

    Esta es, señora, una pequeña islilla
    falta de bastimentos y dineros;
    andan los negros, como en ésa, en cueros,
    y hay más gente en la cárcel de Sevilla.

    Aquí están los blasones de Castilla,
    en pocas casas muchos caballeros,
    todos tratantes en jengibre y cueros:
    los Mendozas, Guzmanes y el Padilla.

    Hay agua en los aljibes si ha llovido,
    iglesia catedral, clérigos pocos,
    hermosas damas faltas de donaire.

    La ambición y la envidia aquí han nacido,
    mucho calor y sombra de los cocos;
    y es lo mejor de todo un poco de aire.[57]

    La estudiosa Eloísa Rivera plantea sobre dicho soneto que “[e]n sus catorce versos queda trazada la tierra puertorriqueña con el humor y la sorna frecuentes de la literatura de entonces”.[58]

    La relación del naturalista André Pierre Ledrú de 1797 nos ilustra de las condiciones de vida material y espiritual y específicamente sobre la educación e instrucción en Puerto Rico en 1797:

    El pueblo yace en la más completa ignorancia; los frailes y algunas mujeres enseñan a un corto número de niños los elementos de la religión y la gramática. Las siete décimas partes de la población de la Isla no saben leer.[59]

    Cien años después de los comentarios de Ledrú es decir en 1898 cuando las tropas de Estados Unidos invaden a Puerto Rico el porcentaje de analfabetos en la Isla era de 83.2% de una población total de 953.243 habitantes.[60]

    A lo largo del siglo XIX, la inexistencia de Universidad es un reconocimiento de la pobreza y la frágil sociedad que durante siglos sobrevivió en la isla puertorriqueña. Nos sorprende que en el fundamental siglo XIX no se estableciera ese centro superior de enseñanza universitaria, aunque funcionaron otras instituciones como el Convento de los Dominicos y su escuela monacal, la Diputación Provincial, la Real Sociedad Económica de Amigos del País, el Seminario Conciliar, dedicado a la educación de novicios y luego estudiantes legos, la Audiencia Territorial, el Ilustre Colegio de Abogados de Puerto Rico (1840), la Real Academia de Bellas Letras, el Colegio Asilo de San Ildefonso dedicado a la enseñanza de la mujer (1860), el Ateneo Puertorriqueño, el Ilustre Colegio Notarial de Puerto Rico, el Colegio de Procuradores, el Ilustre Colegio de Registradores de la Propiedad, el Colegio de las Madres del Sagrado Corazón (1880), el Instituto Civil de Segunda Enseñanza, que dirigiera José Julián Acosta (1882) y la Institución Libre de Enseñanza Popular (1888). En 1880 se estableció la Asociación de Damas para la Instrucción de la Mujer. A pesar del funcionamiento de estas instituciones y las continuas peticiones de que se estableciera Universidad las autoridades recelaban de las consecuencias políticas y sociales que traería dicha institución pues el imperio se perdió, se afirmaba, por las enseñanzas universitarias que se impartían. Esa creencia, de que los estudios profesionales perjudicaban el status quo se empleó en nuestra Isla, que debemos recalcar estaba organizada socialmente por estamentos y por castas, siendo además una sociedad esclavista, con fuerte presencia eclesiástica, censura previa, y muy pocas librerías. Quien no tenía recursos económicos no podía estudiar profesión alguna, pues había que trasladarse a Santo Domingo, hasta 1800, Cuba, España o Estados Unidos. Cuando el benemérito gallego, el Padre Rufo Manuel Fernández, “El Padre Rufo” le solicitó al gobernador el establecimiento de un colegio, este sentenció que “tienen bastante con aprender a leer y escribir, bastante doctrina cristiana . . . España quiere sus colonias para su gloria no para su perdición . . . para conveniencia y utilidad de ella misma y no para la felicidad de los colonos”.[61]

    Expresó de los puertorriqueños el Gobernador de la Pezuela que “abundan los vicios y la inmoralidad . . . no había más estímulo que el de los apetitos carnales, con una generación vagabunda, sin fe, sin religión y sin pensamiento”.[62]

    Más que vicios, lo notorio era la carencia de estudios, escuelas, colegios y universidad a los que se oponían las autoridades españolas en Puerto Rico que interesaba mantener a nuestro pueblo en la ignorancia. La dependencia colonial y el autoritarismo producen ignorancia, criminalidad y comportamientos antisociales. La única provincia española del Caribe que no tuvo los beneficios de una institución superior fue Puerto Rico, pues las tenían Cuba, Santo Domingo, México, Perú y Caracas, entre otras provincias. La universidad, con sus facultades y biblioteca, genera entusiasmo por la cultura, pues además de centro de estudios, donde conviven y trabajan catedráticos, profesores, bibliotecarios, investigadores y otros docentes con numerosos y variados estudiantes, se crea, al calor de los estudios, un clima intelectual en la ciudad donde funciona. Un entusiasmo por el saber que se traduce en el interés y amor por el libro. Ese ambiente que permea la sociedad propicia la creatividad, la curiosidad, la crítica y la investigación. Abona al mejoramiento intelectual de la juventud ofreciéndole oportunidades de contribuir con sus destrezas académicas. Las ciudades universitarias gozan de progreso material, espiritual y académico. Su talante es liberal y abierto. A tono con el funcionamiento de la institución surgen otros centros propios y cercanos de la universidad. Se establecen bibliotecas, librerías, laboratorios, gabinetes de ciencias, tertulias científicas, cátedras, imprentas, revistas y boletines. En estos lugares se intercambian ideas, surge el pensamiento crítico, circulan los libros y se editan publicaciones, estimulando el cultivo de las ciencias, las artes, las letras, la historiografía y el Derecho. La casi totalidad de nuestra juventud no podía gozar de esos beneficios, languideciendo intelectualmente y perdiendo el tiempo.

    II. Las duras críticas de Manuel del Palacio exilado en Puerto Rico, 1867-1868.

    Otro poemilla de un poeta satírico español, critica duramente a los puertorriqueños como lo hizo el Obispo López de Haro. Me refiero a Manuel del Palacio desterrado a Puerto Rico, comenta duramente sobre la cultura y la vida cívica en Puerto Rico entre 1867 y 1868.[63] Del Palacio estuvo exilado, por razones políticas, en Puerto Rico desde el 14 de junio de 1867 hasta fines de febrero de 1868.[64] No hay dudas de que, por sus dichos, y las crónicas sobrevivientes, Manuel del Palacio fue tratado con exquisita amabilidad, por puertorriqueños y españoles, que vivían en la Isla. La sociedad trató con el cariño y la hospitalidad que el vate festivo merecía. El privilegio de escuchar ejecuciones al piano por don Manuel Tavares, lo comprueba, aunque creemos que el poeta no lo apreció en todo lo que significaba y llama al maestro: “otro negro”. No quedó Del Palacio muy satisfecho de Puerto Rico y los puertorriqueños. Poco antes de regresar escribió el siguiente soneto:

    Puerto Rico

    Este que siglos há fue Puerto Rico
    hoy debiera llamarse Puerto Pobre,
    pues quien oro en él busque, ó plata, ó cobre,
    seguro tiene soberano mico.

    Comer mofongo ó educar un chico,
    morir de inercia aunque el esfuerzo sobre,
    ver siempre en calma el piélago salobre
    y no soltar jamás el abanico:

    Tales son los placeres deliciosos
    de este vergel de suegras y de suegros,
    do muchas tienen hijos y no esposos;

    Do no cesan del güiro los allegros
    y son los negros sucios y asquerosos…
    ¡y lo mejor de todo son los negros![65]

    La poesía de Manuel del Palacio fue contestada por el poeta puertorriqueño, José Gualberto Padilla, “El Caribe”, tal vez un sucesor eventual del Padilla mentado en López de Haro y, en efecto, un remoto pariente del autor,[66] todo ello bajo el lema de Para un Palacio, un Caribe”. La misma expresa que:

    “Paráfrasis…”
    Este, que vate fue de numen rico
    Tanto ha llegado a menos y a tan pobre
    Que por lograr el mísero algún cobre
    Hace en la sociedad papel de mico.

    Pretende, cual la víbora este chico,
    Que entre sus labios la ponzoña sobre,
    Y el chiste inmundo, fétido y salobre,
    Usa como en verano el abanico.

    Un tiempo sus arpegios deliciosos
    Hacían bailar las suegras y los suegros
    Las esposas también y los esposos.

    Mas hoy, de su guitarra los allegros
    Han llegado a tal punto en los asquerosos
    Que repugna a los blancos y a los negros.[67]

    En presencia de universidad, otras muchas voces y de muchas maneras, hubieran unídose a Padilla a la hora de responder a Palacio. En la respuesta hubiera participado seguramente un coro mayor. No se trata, claro está, de que la universidad decimonónica exhibiera en términos generales compromisos democráticos que deban resaltarse (en América no los exhibió realmente hasta la revolución universitaria de Córdova), pero sí apuntaló ese periodo de la historia universitaria el aprecio creciente a los valores de las emergentes nacionalidades y el patrocinio a fuerzas libertarias que en Puerto Rico tardaron en manifestarse.

    En Derecho, las limitaciones que surgían de la falta de universidad en Puerto Rico eran significativas. El autor las advierte bien en su libro. Es revelador que durante el siglo XIX, se publicó un solo libro de Derecho ideado y escrito por un puertorriqueño, las Lecciones de Derecho Constitucional de Eugenio María de Hostos (1887), pero no en Puerto Rico, pues no existían las condiciones intelectuales y de libertad para ello.[68] Esta importante obra fue realizada e impresa en Santo Domingo, por la imprenta Cuna de América. Ese tratado jurídico fue producto del curso universitario que Hostos enseñó durante casi diez años en la capital dominicana.[69]

    Otro de los efectos negativos de la falta de universidad para la cultura puertorriqueña, en la dimensión jurídica, fue impedir que los abogados puertorriqueños disfrutaran de una relación académica de innovación y renovación del conocimiento del Derecho. Asimismo, esta carencia impidió que se dieran las condiciones propias dirigidas a infundirles a los abogados el entusiasmo creativo propio de una facultad de Derecho, como la que Hostos había encontrado en la capital dominicana. El Rector del Instituto Profesional, en donde se ubicó Hostos era Monseñor Fernando Arturo de Meriño, ex presidente de la República y Arzobispo de Santo Domingo.[70] En la facultad de Derecho del Instituto figuraba el doctor Federico Henríquez y Carvajal, quien será eventualmente presidente del Tribunal Supremo de Justicia. Es en ese Instituto Profesional donde se gestó por Hostos las referidas Lecciones de Derecho Constitucional y otros libros de texto y monografías jurídicas.

    Los abogados puertorriqueños dependían, para ilustrarse, de libros y revistas españolas, francesas y algunas de países hispanoamericanos que atesoraba en su sede del Convento de los Dominicos, la nutrida y bien administrada Biblioteca del Colegio de Abogados de Puerto Rico, que ocupaba varios salones del noble edificio. Sin embargo, a pesar de la calidad y dedicación de los juristas del país, estos no se motivaron para aportar sus luces a la bibliografía jurídica, distinto de lo que ocurría en Cuba,[71] España y otras naciones.[72] Ni la autoridad ultramarina peninsular ni el gobierno insular puertorriqueño lo estimulaban o favorecían. Muy por el contrario, eran hostiles a las publicaciones de novedades por creerlas subversivas y contrarias al rígido orden autoritario que regía.[73] Hasta poesías fueron censuradas y perseguidos sus autores.[74] El duro clima autoritario mantenido por las autoridades españolas, la activa censura gubernamental de periódicos y libros, la hostilidad a los afanes de mejoramiento intelectual contribuyeron a crear un clima adverso al florecimiento de las letras, las artes, la historia, la filosofía y el Derecho.[75]

    El desenvolvimiento de lo cultural en Puerto Rico fue afectado seriamente por estas condiciones. Una mera comparación entre Cuba y Puerto Rico con relación al estado de la cultura y la educación, nos lo ilustra. En la Isla de Puerto Rico no se publica un solo libro de Derecho por un puertorriqueño durante el siglo XIX. En Cuba funcionaban instituciones universitarias como la Universidad Literaria de La Habana desde 1728, y el Seminario de San Carlos, establecimiento eclesiástico universitario establecido en 1689 y que había reinaugurado su nueva sede en 1767. En estas instituciones educativas se instruyeron y recibieron educación universitaria durante generaciones jóvenes cubanos, lo que les permitió realizar aportaciones de diversas clases a la sociedad cubana. Entre estos estudiantes, que aportaron obras de importancia y trascendencia mencionaremos a dos únicamente, destacan el Padre Félix Varela, presbítero, quien ya formado enseñó, en el Seminario de San Carlos, la primera cátedra de Derecho Constitucional de América. El padre Varela publicó el primer tratado de Derecho Constitucional de América Latina, su obra: Observaciones sobre la Constitución Política de la Monarquía Española.[76] Varela también es autor de varias obras como: Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la Isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propietarios; las célebres Lecciones de filosofía[77] y de El proyecto de instrucción para el gobierno económico político de las Provincias de Ultramar.[78]

    Hemos de mencionar también al eminente jurista Calixto Bernal y Soto quien realizó importantes aportaciones al Derecho y la ciencia política del siglo XIX. Este estudió en el Seminario de San Carlos y en la Universidad de La Habana donde se graduó de licenciado en Leyes en 1822. Fue Fiscal de la Real Audiencia de La Habana en 1837 y aportó sus luces y conocimientos a la reforma social y política de Cuba. Desde 1865 hasta su muerte residió en Madrid, donde conoció a Hostos —trabajaron los dos como periodistas en el mismo periódico— y luego tuvo estrecha amistad con José Martí quien, exilado, estudiaba Derecho. Es Bernal uno de los fundadores del Ateneo de Madrid. Galdós lo menciona junto a Hostos en el episodio nacional, Prim, donde designa a Bernal como apóstol de la descolonización. Bernal es autor de La reforma política en Cuba y su ley constitutiva, (1881);[79] Tratado político. El Derecho. Teoría yaplicación del Derecho y la autoridad, (1877);[80] La Démocratie au XIXem Siécle ou la Monarchie Démocratique,(1847);[81] La teoría de la autoridad aplicada a las naciones modernas, (1856-1857).[82] Un factor fundamental del florecimiento de la cultura y la civilización en Cuba fue, sin duda, las aportaciones que hicieron la Universidad de La Habana y el Seminario de San Carlos. Acorde con ello, en La Habana y el resto de Cuba florecían las artes y las ciencias, traduciéndose ello en progreso y bienestar, así como la exigencia de libertades.

    En el caso que nos ocupa, los estudios de Derecho, el no estar disponible una facultad de jurisprudencia en la Isla, debieron desplazarse y ausentarse durante varios años para estudiar en las facultades de Derecho españolas o en la cubana, a donde se trasladaron minoritariamente. De ahí las continuas solicitudes para la creación de cátedras y de peticiones para formar establecimientos o instituciones de estudios universitarios que se hicieron durante el siglo XIX con el propósito de iniciar a la juventud estudiosa en las faenas de la educación.

    Los estudiantes puertorriqueños que se trasladaban a instituciones en el exterior disfrutaban de un clima propicio que estimulaba la curiosidad intelectual y el aprendizaje. En ciudades universitarias se generaba entusiasmo por la cultura, pues convivían y trabajaban catedráticos, profesores, bibliotecarios, laboratoristas, mentores, editores y otros docentes con la estimulante presencia de estudiantes. Allí nuestros estudiantes gozaban al calor de los estudios de un clima intelectual y participaban de la levadura espiritual e intelectual que lo perneaba todo. Había un interés por el saber y el conocer y se intercambiaban ideas y opiniones. Ese ambiente que es comprensivo e inclusivo se difumina por entre los estudiantes, pasa por los académicos y de estos a la sociedad propiciando la creatividad, la curiosidad, la crítica y la investigación. Un deseo por los estudios y el mejoramiento intelectual crea entusiasmos por el progreso y el adelantamiento de las ideas. Las ciudades universitarias gozan de progreso espiritual y académico. Su talante es liberal y abierto. Es por ello que los capitanes generales de Puerto Rico no patrocinaron que se fundase universidad en Puerto Rico.[83] A pesar de ello, fueron varios los intentos dirigidos a establecer instituciones de estudios superiores.

    En 1770 los doctores Miguel de Mena y Francisco Manuel de Acosta solicitaron formalmente al Gobernador Miguel de Muesas la fundación de una universidad en el Convento de los Dominicos en San Juan. En su comunicación a la corona indican que debe estar ese establecimiento bajo la advocación de Nuestra Señora de Belén. A pesar del interés y respaldo de la comunidad no se estableció. Se solicitó en 1795, que al trasladarse fuera de Santo Domingo las instituciones españolas por haberse cedido esa isla a Francia mediante el Tratado de Basilea, que la Universidad de Santo Domingo se estableciera en la Isla de Puerto Rico. Esta petición no se consiguió y la referida universidad se suprimió y la Real Audiencia de Santo Domingo fue trasladada a Puerto Príncipe en Cuba, incluyendo nuestra Isla en su territorio judicial.

    Si la corona no autorizaba establecer una universidad y una real audiencia en San Juan, los habitantes de Puerto Rico solicitaron que se concediese una media sala de audiencia y cátedras de ciencias y Derecho, de manera tal que los interesados iniciasen sus estudios en la capital de Puerto Rico, antes de embarcarse al extranjero para terminarlos, ofreciendo así una oportunidad de mejoramiento y preparación académica. Un presbítero puertorriqueño, el doctor José María Ruiz Peña, quien estudió Derecho en Caracas, vislumbra que la falta de un centro universitario donde la juventud pueda estudiar crea serios problemas sociales. El entusiasta sacerdote, preocupado por la inexistencia de una facultad jurídica, a pesar de las continuas solicitudes que se hacían a la corona para que se dotara de universidad a la Isla, decide poner remedio a esta anomalía. Le inquietaban, asimismo, los problemas que se sucedían por la ausencia de letrados, ya que inescrupulosos papelistas o tinterillos los sustituían y confundían las causas enredando los pleitos de jueces legos que eran los que había en la Isla, por entonces y hasta 1832. Es por ello que el 22 de diciembre de 1790, escribe una representación al rey solicitando la creación de cátedras de Derecho Civil y Canónico.[84] Dicho memorial lo entrega el 22 de diciembre de 1790 en Madrid, Jacinto Sánchez Tirado, un amigo del presbítero. En la exposición al gobierno central plantea Ruiz Peña que está animado por las públicas y constantes intenciones del rey “a favor del aumento y propagación de la literatura en sus dominios”, y que se ha restituido —regresado— a Puerto Rico después de estudiar y “perfeccionarse” en la ciencia del Derecho y “mira el lastimoso estado a que la ignorancia constituye a aquellos naturales [puertorriqueños]; y los notables perjuicios que les subsiguen, tal es señor la falta de letrados que para la consiguiente de Abogados que no pasaran de tres en toda la Isla se valen los necesitados de legos papelistas que con mil errores e ignorancias confunden la justicia de las partes y resultan como se ve muchas causas con ellas arruinadas por mal defendidas, al paso que otras sin ella elevadas, sin poder remediar los jueces esta desgracia pues a intentarlo sería forzoso hacer todos los juicios verbales. Bien hay señor en dicha ciudad estudiantes de demostrado buen talento e inclinación a la carrera de jurisprudencia, pero los crecidos gastos de salir a otras partes a cursarla, desmaya a sus padres en permitírselas”.[85] Solicita que se establecen con real patrocinio Cátedras de Jurisprudencia, pues dice que es, “muy conveniente y útil al estado y Patria el establecimiento en esta Ciudad de Cátedras de Derecho Civil y Canónico”.[86] Sugiere que para “recibirse”, es decir sufrir los exámenes, pasarían “a cualquiera de las menos dilatadas Reales Audiencias”. Dice el culto jurista, el presbítero Ruiz Peña, que si así se hace: “Se fecundará de abogados dicha Isla, se desterrará la ignorancia y se evitarán los innumerables perjuicios que está produciendo”. La corona no desatendió el asunto, enviándolo al Consejo de Indias. Luego de las consultas de rigor, se emitió una real cedula de 15 de junio de 1791 requiriendo información y el parecer del Capitán General de Puerto Rico, Miguel Antonio de Ustáriz. Este trasladó el asunto a consulta del Ayuntamiento de San Juan. El Cabildo deliberó sobre la conveniencia de la petición y decidió favorecerla, pero tuvo reservas sobre la dotación. El efecto fue que dichas cátedras no se establecieron por razones económicas. No había en el ánimo del Capitán General entusiasmo por tales estudios.

    En tiempos del esfuerzo constitucional de Cádiz, las instrucciones que los cinco cabildos municipales aprobaron y enviaron al Diputado a Cortes, Ramón Power y Giralt, muestran la honda preocupación de los puertorriqueños por la educación elemental, secundaria y superior universitaria. El Cabildo de San Juan expresó en sus Instrucciones la importancia de la fundación de una universidad con cátedras de ciencias y humanidades”.[87]

    Por su parte, su homólogo de San Germán expresa que:

    6. Sexto. Que habiendo tan crecido número de almas en la población de esta Villa y los de su jurisdicción, como queda detallado; que la juventud carece de educación y las instrucciones necesarias para la ilustración de tan buenos talentos que pudiendo ser útiles a la Religión, Estado y Patria, se hallan incultos y confundidos en la ignorancia por la mucha pobreza y falta de medios para poder los padres enviar sus hijos fuera de la isla y aún de su propio domicilio a seguir estudios, será muy conveniente se crease en esta Villa una Universidad en donde se proporcionase la enseñanza de primeras letras y estudios menores y mayores de las principales Ciencias y Artes, formándose los Estatutos para su establecimiento en Junta del Vice Patrono Real Señor Obispo, cierto número de Literatos y dos diputados por este Cabildo, enviándose a la Suprema Junta Central para su aprobación. Y no habiendo lugar a dicha Universidad a lo menos se esfuerce la solicitud para Casa de Estudios menores y mayores, la que puede establecerse en el Convento Real de Porta-Coeli que hay en esta Villa, aumentándose el número de religiosos al que se estime necesario para el desempeño de los Estudios, para cuya creación puede tomarse el arbitrio de que contribuyan por una vez los vecinos de esta Villa y los de los demás Partidos de su jurisdicción, dos reales por cada individuo.[88]

    En igual sentido, el Cabildo de la Villa de Coamo, el tercer cabildo del país, muy presente en el libro que aquí se reseña, sobre todo en el Capítulo 1, consigna en su instrucción décima al diputado Power y Giralt, que “es de esperar que la piedad de S. M. que tanto ha distinguido esta fiel Isla, proveerá a que se establezcan en la Ciudad Capital y las cuatro Villas, cátedras de instrucción según sus soberanas intenciones; y en cuanto a primeras letras sea de cuenta de los pueblos con la precisa obligación de los que se fundaren nuevamente de proveer a tan útil establecimiento”.[89] Nada se obtuvo de Cádiz sobre estas peticiones educativas.  

    El Vicario General de la Diócesis de Puerto Rico, quien, además ostentaba los importantes cargos eclesiásticos de Deán y Provisor, el sacerdote y abogado Nicolás Alonso de Andrade y San Juan dirigió el 21 de enero de 1825 una comunicación al Gobernador General, Mariscal Miguel de la Torre exponiendo su preocupación por la ausencia de establecimientos de instrucción. Le decía que era “necesario y preciso” a la “juventud . . . proporcionarle medios de su instrucción literaria, que no la tienen cual corresponde”.[90] Como consecuencia de esta situación le informa que ha establecido en el Colegio de San Ildefonso las cátedras de Filosofía, Teología Dogmática, Moral, Liturgia Eclesiástica, y una de Derecho. La contestación del gobernador fue inmediata —22 de enero— autorizándolo y pidiendo se eleve informes a la corona. Tres días después el licenciado Andrade anunció las cátedras establecidas y los profesores que las regentearían: la de jurisprudencia bajo la titularidad de “Derecho Patrio concordado con el Derecho Romano”, estaría a cargo del licenciado Pablo Arroyo Pichardo y la de Derecho Canónico estaría a cargo del licenciado Dionisio Sanjurjo. Andrade afirma que: “[P]ara que la juventud del suelo puertorriqueño tenga este precioso recurso más y no desmaye en su carrera.[91] El Gobernador de La Torre respaldó la iniciativa educativa.[92]

    El centro de estudios universitarios promovido por el licenciado Andrade, Vicario de la Diócesis, ocurrió el 24 de enero de 1825. Ambos catedráticos de Derecho, Arroyo Pichardo y Sanjurjo comenzaron sus respectivas clases el 30 de enero de 1825. Entre los estudiantes matriculados se encontraban José Alejo Pérez, Nicolás Arizmendi y José Silvestre Santaliz. Arizmendi después pasó a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana recibiéndose como Licenciado en Derecho Civil y Canónico y Santaliz se trasladó a la Universidad Central de Madrid, donde terminó la carrera de jurisprudencia en esa institución. Las aportaciones profesionales públicas del licenciado José Silvestre Santaliz fueron destacadas pues a su regreso de la capital española, se desempeñó como asesor jurídico del Gobernador y en 1840 se le designó por la Corona como Juez de Primera Instancia de San Juan. El 27 de junio de 1840 fue fundado el Ilustre Colegio de Abogados y entre los fundadores se encuentra el licenciado Santaliz. Las aportaciones distinguidas de este abogado no se limitaron a Puerto Rico únicamente, pues fue trasladado y ascendido para desempeñar el cargo de Fiscal de la Real Audiencia de Puerto Príncipe en Cuba.[93] Si el Vicario y abogado Andrade no hubiera fundado aquellas cátedras en 1825, la vocación profesional de este ilustre jurista Santaliz quizás se hubiera perdido para el país.

    Una iniciativa del Obispo Juan Alejo de Arizmendi de establecer una institución educativa eclesiástica se concretó en 1832 cuando se inaugura el Seminario Conciliar de San Ildefonso en San Juan.[94] Su principal facultad era la de Sagrada Teología, pero dio importancia a la facultad académica de segunda enseñanza que preparaba para el ingreso a las universidades españolas.[95]

    El 4 de septiembre de 1840 —tres meses después de fundado el Colegio de Abogados— el Gobernador López de Baños envió un oficio al Decano del Colegio Juan Vicente de Goicoechea, solicitando informes sobre las asignaturas y los libros necesarios para la enseñanza del Derecho bajo el patrocinio de la institución y el establecimiento de una Universidad. En la sesión de la Junta General de 8 de septiembre de 1840 se consideró el asunto solicitado por el Gobernador. Después de considerar las cátedras que debían establecerse en la propuesta universidad y en la imposibilidad de establecer todas las necesarias, la Junta General recomendó el establecimiento de las más necesarias: Derecho Civil, Derecho Canónico y Economía Política. Luego discutieron los textos a usarse en las mismas y se decidió por varios libros.[96] En esta “Facultad de Derecho” estudió Benito Alfonso Díaz Páez.[97] La Real Audiencia le encargó al Colegio de Abogados el examen de reválida del aspirante Díaz Páez.[98] De acuerdo con esta encomienda la Junta de Gobierno en su reunión de 18 de abril de 1841 designó de entre sus miembros una Terna de Examinadores.[99] Componían esa Junta de Reválida, el Decano del Colegio de Abogados Juan Vicente de Goicoechea, quien la presidía, ex-oficio; Agustín María de Sirgado, Secretario ex-oficio; Fernando J. Montilla, José Bello González y Juan de Mata Aybar, vocales.

    El examen de reválida que se le administró al aspirante fue preparado por magistrados de la Real Audiencia y por los miembros del Colegio de Abogados. El mismo constaba “sobre diferentes preguntas de Derecho, así en teoría como en práctica”.[100] El examen comenzó a las 5:00 PM y terminó a las 7:30 PM del 13 de mayo de 1841. El aspirante respondió con “desembarazo y acierto, resolviendo a la vez los casos y dudas que se le propusieron”.[101] Al finalizar el examen y marcharse el Bachiller Díaz Páez, los examinadores votaron sobre la actuación del aspirante, “y de ella resultó por unanimidad aprobado con nota de sobresaliente”.[102] Procedió entonces la Junta Examinadora a certificar un oficio a la Real Audiencia dando cuenta sobre el resultado del examen de reválida. La Escribanía de Cámara de la Real Audiencia recibió los documentos certificados y esta superioridad judicial le expidió el título de Licenciado al Sr. Benito Alfonso Díaz Páez el 19 de mayo de 1841. En 27 de mayo de 1841 presentó el Lcdo. Díaz Páez su solicitud de admisión a la Junta de Gobierno del Ilustre Colegio de Abogados de Puerto Rico, de acuerdo con los artículos VI y VII de los Estatutos. La Junta examinó el título y la solicitud, “y no encontrando motivo alguno en contrario y constar a los individuos de la Junta la buena conducta del Lcdo. Díaz Páez, se acordó quedara incorporado. Se le devolvió el título y se dirige a la Real Audiencia la acordada que previenen los estatutos y al interesado la certificación de esta acta. Benito Alfonso Díaz Páez, según se desprende de las Actas y otras fuentes, es el primer estudiante de Derecho que termina sus estudios en Puerto Rico y no marcha al extranjero a continuarlos. También es el primer graduado en Puerto Rico.

    La creación en 1851 por el Gobernador de la Pezuela de la Real Academia de las Buenas Letras establecida en San Juan,[103] constituyó un evento de importancia educativa y cultural. El Gobernador por su condición de poeta y hombre de letras, miembro de la Real Academia Española desde 1847 y con su eventual exaltación como Director de esta institución desde 1873 hasta 1907 estaba muy interesado en que funcionase en San Juan una corporación académica. Sin embargo, una cuestión es el amor a las letras y su cultivo y otra distinta el promover educación universitaria a los súbditos puertorriqueños a quienes era conveniente mantenerlos en la ignorancia y alejados de ideas conceptuadas como subversivas. El padre Rufo Manuel Fernández, sacerdote gallego que vino en 1832 y que era profesor de ciencias exactas, logró becar de su propio peculio, y lograr becas, en 1847, para que Baldorioty y Acosta estudiasen ciencias en Europa. En 1880 se establece la Sociedad Protectora de la Inteligencia, cuyo fundador es Laureano Vega, para apoyar a los interesados en estudiar. Se procede a base de exámenes para otorgar becas y en la primera convocatoria, 1883, se presentan 23 candidatos para ayuda de los cuales cuatro son escogidos. Uno que tiene título de bachiller, es enviado a Barcelona a estudiar ingeniería, otro para estudiar Derecho en aquella ciudad y dos para que inicien estudios en el Instituto Civil de Segunda Enseñanza.[104]

    Sea como fuera, a fines del Siglo XIX se adelantó menos de lo que correspondía en el proyecto puertorriqueño de universidad. Entrado el Siglo XX, tampoco se actuó con rapidez que valga notar. Como resume García Padilla en la obra que reseñamos, la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico no se funda hasta 1913, no empece que su establecimiento se ordena ya una década antes por la ley universitaria de 1903.

    III.
    El precedente inmediato de las reformas
    del Decano García Padilla:
    El decanato del profesor Dr. David M. Helfeld

    Revisitados ya pues, a vuelo de pájaro, trescientos años de historia de la educación superior en general y jurídica en particular en Puerto Rico, vistos algunos nombres y lugares de una forma u otra relacionados tal vez con el libro que reseñamos (o con su autor); vistos también a grandísimos rasgos los atisbos de canalizar en el país proyectos de enseñanza del Derecho, vayamos a los antecedentes inmediatos al periodo (1986-2001) en el que se centra la narración del Decano García Padilla en el libro de reciente publicación que esta reseña atiende. Los siglos XVII, XVIII y XIX, a los que he prestado atención antes, muestran los trasfondos mediatos, las raíces de la obra reseñada, que se remontan a tiempos muy remotos. A continuación, entonces, corresponde mirar a momentos más inmediatos a los cubiertos en la narración de García Padilla.

    En ese sentido, conviene fijarse especialmente, como he dicho antes, en el decanato del doctor David M. Helfeld. Ello así ya que, como he explicado, a la salida de Helfeld del decanato en 1974, se suceden en la Escuela una serie de decanatos cortos que no permitieron consumar muchas iniciativas.[105] De ahí que, en cierta medida, las reformas impulsadas por García Padilla y las iniciativas que tuvieron lugar durante su decanato y cuenta en su libro, engranan con los proyectos del decanato del Decano Helfeld.

    I. Helfeld, La Creación de la Escuela de Derecho Moderna[106]

    Comencemos con la forma en que Helfeld describe la Escuela de Derecho que encontró al incorporarse a su claustro en 1949.[107] Dice el Profesor Emérito David M. Helfeld en su escrito titulado La Creación de la Escuela de Derecho Moderna que:

    La actual Facultad de Derecho de la Universidad de Puerto Rico es una escuela moderna que satisface los múltiples requisitos de la profesión de la abogacía y de la judicatura, de los servicios legales del gobierno, de los distintos sectores de la economía y de los variados componentes de la sociedad civil. Su visión se extiende desde lo insular hasta lo mundial. Datos claves reflejan lo que la institución ha llegado a ser durante el transcurso de los últimos sesenta años: la facultad consiste de 32 profesores a tiempo completo y de 30 profesores a tiempo parcial; regularmente, el currículo incluye cursos y seminarios ofrecidos por distinguidos profesores visitantes de los Estados Unidos y de países tales como España, Gran Bretaña, Canadá, Australia, Italia, Argentina, México, Chile, India, Hong Kong y Nigeria, entre otros; la Biblioteca cuenta con cuatrocientos diez mil volúmenes y los servicios de nueve bibliotecarios profesionales; el número de estudiantes llega a seiscientos; además del programa regular de tres años y de una oferta de cursos y seminarios en áreas de especialización vigentes en el mundo actual, hay un programa de grado conjunto con la Facultad de Derecho de Barcelona, un programa de LL.M. para abogados de América Latina y del Caribe, programas de intercambio estudiantil con las universidades de Chile y Connecticut y, dentro de la Universidad de Puerto Rico, tiene dos programas de grados conjuntos con la Escuela de Medicina y con el Departamento de Administración Comercial y uno con el Instituto de Política Pública de la Universidad de Minnesota; para cumplir con todos sus programas, la Escuela recibe el apoyo de un nutrido equipo administrativo y secretarial con todo el adelanto electrónico; la planta física es amplia y propicia la gama de programas que la Escuela auspicia y, para hacer viables sus distintas misiones, la Escuela cuenta con un presupuesto anual de más de 9.5 millones ($9,688, 929).

    ¿Cómo era la Escuela de Derecho hace sesenta años cuando comencé mi carrera en el año 1949 como miembro de la facultad? No era muy distinta a la Escuela que se fundó en 1913. Durante sus primeros 36 años la facultad, compuesta casi exclusivamente de abogados de Puerto Rico, era de profesores principalmente a tiempo parcial y contó con recursos muy limitados. Atendió los requisitos de un sistema de derecho que servía a una economía básicamente agraria y a un pueblo en el que la abrumadora mayoría adolecía de una pobreza profunda. A pesar de sus recursos limitados, la Escuela ganó el respeto de la comunidad puertorriqueña debido a que regularmente preparó a los profesionales que cumplieron bien con las necesidades de su clientela. Merecen entero reconocimiento los servicios prestados a la comunidad por los abogados egresados de la Escuela con anterioridad a 1949. También debe notarse que, aún en esa época de plena recesión económica algunos estudiantes, bajo el liderato de Manuel Rodríguez Ramos, recogieron los fondos necesarios para fundar la Revista Jurídica de la Escuela. Este mismo Rodríguez Ramos fue mi decano y mentor durante mis primeros diez años como profesor.

    Para apreciar plenamente las condiciones de la Escuela de Derecho del año 1949, es esencial tomar en cuenta algunos hechos básicos. La facultad consistía de cinco profesores a tiempo completo, seis profesores a tiempo parcial y 92 estudiantes, lo que indica un crecimiento significativo ya que en el año académico 1945-46 había sólo tres profesores a tiempo completo y un estudiantado de 55 integrantes. El cambio más notable se dio en la composición de la facultad, que incluyó a tres profesores que pueden describirse como refugiados políticos. Ya he descrito las circunstancias que llevaron a la oferta de trabajo que me hizo don Jaime. De los otros podemos mencionar el caso del Profesor Guaroa Velázquez, quien fue víctima de la persecución del dictador Trujillo y el del Profesor Charmatz, quien huyó de la dictadura comunista de Checoslovaquia. En cuanto a los 92 estudiantes, lo notable era la baja proporción de mujeres matriculadas: había sólo seis mujeres. La biblioteca era muy modesta; tenía una colección de veinte mil libros. Para apoyar todas sus funciones, a la Escuela se le asignó un presupuesto de ochenta y dos mil setecientos sesenta dólares ($82,760.00). El informe anual de 1950 denota con evidente satisfacción que la Escuela había cumplido su misión con tres mil ochenta y tres dólares ($3,083.00) menos que en el año anterior. Una nota personal: mi sueldo como catedrático auxiliar era de tres mil ochocientos dólares ($3,800.00) anuales.

    No obstante las circunstancias modestas de la Escuela, el decano Rodríguez Ramos, con el aval del rector Jaime Benítez, desde el comienzo de su decanato había tomado las medidas necesarias para mejorarla como una institución de educación profesional. Así fue como en 1945 la Escuela recibió la aprobación del Colegio Americano de Abogados (ABA) y, en 1944, se matriculó como miembro de la Asociación Americana de Escuelas de Derecho (AALS). Ya se ha mencionado que la Escuela contaba con tres profesores a tiempo completo, reclutados de países fuera de Puerto Rico, en cumplimiento con la política de don Jaime de asilo académico a profesores idóneos que fueran víctimas de persecución. Con su facultad de tamaño limitado, el currículo, necesariamente, era muy limitado. Los estudiantes recibían una preparación en los cursos básicos de Derecho Civil, Derechos Reales, Obligaciones y Contratos, Sucesiones y Derecho Hipotecario, Derecho Público, Derecho Constitucional, Derecho Penal, Derecho Administrativo, Derecho Laboral, Contribuciones y lo básico sobre Procedimiento Civil y Criminal y Evidencia. Además de estos cursos, el currículo incluyó: Introducción al Derecho, en el primer semestre y Teoría del Derecho, en el último. La oferta curricular no incluyó ni cursos electivos ni seminarios.

    Estos datos resultan fríos y no nos informan realmente sobre cómo la Escuela estaba funcionando y con qué grado de calidad. Soy testigo, quizás el único testigo aún vivo de aquella época, del ambiente de la Escuela, tanto por la calidad del profesorado como por la del estudiantado. Lo más impresionante para mí fue el sentido de trabajo disciplinado de la facultad y de los estudiantes. Era algo sobreentendido que los profesores se prepararon rigurosamente y el mismo rigor se exigió de los estudiantes. Éstos respondieron positivamente y con orgullo al clima de seriedad académica. Aceptaron que, para prepararse bien, era esencial dedicarse a sus estudios. Hasta en la vestimenta de los profesores y de los estudiantes prevalecía la seriedad. Esa calidad de trabajo disciplinado se logró en conjunto con otros factores de gran importancia, tales como el buen humor y un sentido de lealtad pleno hacia la Escuela. Lo más impresionante era la alta calidad académica lograda a pesar de los pocos recursos de apoyo y de una planta física totalmente inadecuada. La Escuela estaba situada en un viejo almacén de tabaco que se renovó para albergarla; no tenía aire acondicionado y el calor a veces era sofocante.

    Con el apoyo del Rector Benítez, la Escuela creció durante el transcurso de la siguiente década. Por ejemplo, su presupuesto se duplicó a ciento sesenta y seis mil dólares ($166,000.00) en el año 1959, lo que hizo posible un aumento de cuatro profesores a diez a tiempo completo y de seis profesores a ocho a tiempo parcial. Se nota un balance en la facultad a tiempo completo entre los profesores reclutados de otros países y de jóvenes profesores puertorriqueños. Éstos eran egresados de probada idoneidad quienes, además de su grado de la Escuela, habían proseguido estudios avanzados en las facultades de derecho de gran prestigio de los Estados Unidos y de Europa. El crecimiento en la facultad de la Escuela no se reflejó en el estudiantado, el cual creció sólo de 92 a 120 estudiantes. El mayor crecimiento de la facultad hizo factible proporcionalmente la expansión del currículo para incluir cursos y seminarios especializados. Aún así, al fin de la década había cierta insatisfacción con el programa de la Escuela que se expresó en el planteamiento de si el currículo respondía a las necesidades del país a la luz de las transformaciones económicas y sociales que se sucedían a paso acelerado.

    Para responder a las expresiones de insatisfacción que emanaban en gran medida de los estudiantes mismos, el Consejo de Educación Superior designó a un comité de sus miembros para indagar sobre el estado de la Escuela. Testificaron ante el comité el Decano y varios miembros de la facultad y del estudiantado. Yo presenté mi evaluación de la Escuela enfatizando mi visión de lo que debía ser su desarrollo futuro. Después de mi testimonio, don Jaime me invitó a su oficina para discutir mis ideas. Me retó a redactar un plan para el desarrollo de la Escuela de Derecho que satisficiera las necesidades de Puerto Rico en atención a la variada gama de profesionales legales que harían falta en el porvenir. Redacté el borrador de un plan y se lo entregué a don Jaime para que lo examinara. En reacción a sus críticas, hice algunos cambios y redacté el borrador final. El plan más tarde fue titulado “Prospectus For A Ten Year Plan” y fue publicado en la Revista Jurídica.

    En el año 1960, después de quince años de servicio, el decano Rodríguez Ramos sufrió un ataque cerebral que lo incapacitó para seguir en su posición. El Decano de Administración, el Lcdo. William Preston Giusti, egresado de la Escuela, fue nombrado Decano Interino. Unos meses más tarde, don Jaime me llamó a la Rectoría para informarme que había decidido nombrarme el nuevo decano. Merece relatarse el dialogo que siguió porque demuestra la astucia de don Jaime como Rector de la Universidad. A su invitación a servir como decano, respondí que yo no era puertorriqueño por nacimiento, que era un inmigrante que se había ajustado muy bien a esta sociedad y, muy en particular, a la Universidad de Puerto Rico, pero que, a fin de cuentas, era de afuera y que esto podía causar una reacción negativa ante la comunidad jurídica, lo que no sería bueno para la Escuela. Él sonrió y me dijo, “¿Tú crees que yo tomaría una decisión de tal naturaleza sin haber tomado antes todas las precauciones?”.

    Entonces don Jaime me contó cómo había consultado con los jueces del Tribunal Supremo, con el liderato del Colegio de Abogados y con los profesores más experimentados de la Escuela. Me aseguró que todos le habían expresado su apoyo al nombramiento. La confianza de don Jaime y de mis compañeros de facultad me dio una enorme satisfacción y me alentó a creer que podía cumplir con los requisitos del decanato. Quizás, lo que don Jaime no tenía era la explicación del apoyo de los jueces del Tribunal Supremo y del liderato del Colegio de Abogados. En cuanto a los jueces, se debía a que durante un período yo había servido como uno de los traductores del español al inglés de las opiniones en las Decisiones de Puerto Rico y esa tarea me involucró con los jueces para hacer las traducciones de sus opiniones a una versión en inglés a su entera satisfacción. No hay mejor manera de ganar la confianza de un juez que la de producir una traducción de su agrado. En cuanto al apoyo del liderato del Colegio de Abogados, se explica en gran medida por su conocimiento de mi trabajo como investigador en el Comité del Gobernador de los Derechos Civiles y, muy en particular, de mi informe sobre la Revuelta Nacionalista que se publicó en la Revista del Colegio de Abogados.

    Durante los trece años de mi decanato, de 1961 a 1974, tuve el apoyo de don Jaime como Rector. Eso quiere decir que las reformas en la dirección de la creación de la Escuela de Derecho que Puerto Rico necesitaba dependieron en última instancia de su apoyo. De mayor importancia para el desarrollo de la Escuela fue su entendimiento de la necesidad de los cambios y de la inversión de los escasos recursos universitarios para lograrlos. Como consecuencia de ese entendimiento y apoyo, el presupuesto de la Escuela aumentó año tras año: en el primer año de mi decanato fue de ciento sesenta mil dólares ($160,000.00) que aumentaron a doscientos cincuenta y dos mil doscientos treinta y ocho ($252,238.00) en el segundo año y, ya para 1972, alcanzó la cifra de casi un millón de dólares. Estos recursos se tradujeron en cambios sustanciales: el aumento en el número del profesorado y del estudiantado, el desarrollo de un currículo con una gran variedad de cursos tanto básicos como electivos, el crecimiento de la biblioteca, un mayor énfasis en la investigación, la apertura de la sesión nocturna, entre otros. Se dio continuación a la política del rector Benítez de ofrecer asilo académico a juristas extranjeros que fueran víctima de persecución, de hacerles invitaciones a juristas de renombre a visitar la Isla o a quedarse de forma permanente y de identificar a nuestros graduados más idóneos para que prosiguieran estudios avanzados y que después regresaran a nuestra Escuela para comenzar su carrera como miembros de la Facultad.

    El hecho es que la Facultad que se creó fue única en todo el mundo de la educación jurídica. Eso es palpable si se hace un desglose de la Facultad del año 1972. Existía un balance de 32 profesores a tiempo completo y 17 a tiempo parcial. El componente de 17 profesores consistía de los más distinguidos jueces y abogados del país. Los 32 profesores a tiempo completo se dividieron entre los siguientes grupos: 20 eran egresados de la Escuela con grados avanzados de universidades tales como Harvard, Yale, NYU, Columbia, Madrid, Múnich, Georgetown y Chicago, había tres profesores eran de Cuba, uno de España, uno de Alemania, uno de Checoslovaquia y seis de los Estados Unidos.

    La decisión del Rector Benítez de invertir generosamente en el desarrollo de la Escuela de Derecho no se limitaba sólo a su presupuesto anual. Se realizó una inversión sustancial en la construcción de un edificio de espacio amplio, con aire acondicionado y todo el equipo que requiere una escuela moderna de derecho. Además, la política universitaria general que el Rector siempre auspició de subsidiar los estudios avanzados de los egresados más idóneos, redundó en beneficio del desarrollo de la Facultad de Derecho.[108]

    II. El Decano Helfeld entrevistado por el profesor Carmelo Delgado Cintrón

    El profesor David M. Helfeld fue designado Decano de la Escuela de Derecho en 1960. La facultad en el inicio de su decanato estaba integrada por José M. Almodóvar, Santos P. Amadeo, Larry Allan Bear, José M. Canals, Federico Cordero, Alejo de Cervera, Efraín González Tejera, Jaro Mayda, Carlos Mascareñas, Dennos Martínez Irizarry, Francisco Ponsa Feliú, Manuel Rodríguez Ramos, Decano Emérito, Rubén Rodríguez Antongiorgi, Lino J. Saldaña, Guaroa Velásquez.

    En cierto momento, 2007, el profesor Carmelo Delgado Cintrón entrevista al Decano Helfeld para el Proyecto de Historia Oral de la Enseñanza del Derecho en Puerto Rico.[109]

    El Decano David M. Helfeld rememora su decanato en respuesta a las preguntas del profesor Delgado Cintrón:

    ― ¿Qué ocurrió cuando lo designaron Decano de Derecho? ¿Qué sucedió ese primer día que usted llega a la Escuela de Derecho?

    Helfeld: Los estudiantes me dieron un asalto, me llevaron una serenata como a la una de la mañana; fue bonito. Debo decirle que un factor que me ayudó fue el hecho de que me había casado con una puertorriqueña de Arecibo, Raquel Armenteros Vázquez. Ella tenía las cualidades esenciales para ser la esposa de cualquier decano. Obviamente, no me casé con eso en mente, pero como esposa del Decano, ella era formidable. Tenía un deseo enorme de ayudar, y lo hizo. Si ella pudiera comenzar de nuevo en esta época de liberación femenina, hubiese hecho una gran carrera. De hecho, Raquel fue fundadora de la Liga de Mujeres Votantes para estimular a las mujeres a que participaran activamente en las contiendas electorales.

    Y quizás, su obra más importante tuvo que ver con la enfermedad del cáncer. Ella dirigió sus esfuerzos a educar a las mujeres puertorriqueñas sobre la absoluta necesidad de hacerse ciertas pruebas. En aquel tiempo, era muy difícil convencer a las mujeres de aquí para que se las hicieran, debido, en gran parte, a la modestia, parte integral de la cultura femenina. Con el transcurso de los años este tipo de modestia se eliminó; a fin de cuentas, es un sentimiento falso.

    El American Cancer Society ha reconocido el trabajo de Raquel, por lo que, en su honor, uno de los salones del edificio principal tiene su nombre.

    En el Informe titulado: “Annual Report and Prospectus for a Ten Year Plan”, el Decano Helfeld expone su visión de la Escuela de Derecho que visualiza:

    The transformation from School to Center of Legal Studies implies far more than a change of title. It is indented to symbolize a variety of functions and services accepted by legal scholars as the very basis of their competence to adequately educate students for the legal profession. The faculty would ground its teaching on knowledge, study and criticism of the law in action, acquired through experience as researchers, writers, advisors, and participants in significant aspects of law administration and reform. The interests of the Center’s faculty would range from prosaic small details of law as it actually functions to monumental worldwide legal trends, from problems of specialized techniques to fundamental philosophical principles. Students reared in such environments might then be prepared to go forth and fulfill the promise which is potentially inherent in our legal order. 

    ― ¿Cuáles han sido los cambios más significativos que usted ha observado en cuanto a la Facultad?

    Helfeld: Durante el transcurso de los últimos 25 años ha habido cambios notables. La Facultad creció para acomodar el aumento del estudiantado, incluyendo el establecimiento de una sesión nocturna, el desarrollo de un currículo de cursos mucho más complejo y la creación de una Clínica de Asistencia Legal con la aspiración de llevar a cabo una misión de ayuda a la población en desventaja económica. La composición de la Facultad fue fiel al principio de invitar a los profesores más idóneos tanto de Puerto Rico como de Estados Unidos y de otros países. Así, podemos mencionar de Puerto Rico juristas de la talla de Fernando Agrait, Salvador Antonetti, Carlos Cadilla, Álvaro Calderón, Hiram Cancio, Carmelo Delgado Cintrón, Juan Doval, Federico Barela, Eugenio S. Belaval, Rubén Berríos Martínez, José Canals, Federico Cordero, Emily Dixon, Demetrio Fernández Quiñones, Jaime B. Fuster, Michel Godreau, Efraín González Tejera, Luis F. González Correa, Wallace González, Richard Markus, Myriam Naveira, Dennis Martínez Irizarry, Pedro Muñoz Amato, Luis Negrón García, Eduardo Ortiz Quiñones, Samuel Polanco, Donato Rivera, Rubén Rodríguez Antongiorgi, Benjamín Rodríguez Ramón, Lino J. Saldaña, Rafael Santos del Valle, Raúl Serrano Geyls, Horacio Subirá, Eulalio Torres, José Villares y Miguel Velázquez. De Estados Unidos se reclutaron los siguientes profesores: Larry Alan Bear, Frederick Beutel, Richard Capalli, Stanley Feldstein, Max Goldman, Margaret Hall, William Headrick, Jacob Karro, Harvey Nachman y Helen Silving; de Cuba, Alberto Blanco, Emilio Menéndez, José Miró Cardona y Agustín Aguirre Torrado; de España, Alejo de Cervera; de Argentina, Saul Litvinov; de Checoslovaquia, Jaro Mayda; de Chile, Carlos da Cuhña y de Croacia, Ratimir M. Pershe. No hubo ninguna escuela de derecho en Estados Unidos que tuviera una facultad tan internacional como la nuestra en aquel tiempo”.

    ― ¿Cómo se organizaba la Facultad?

    Helfeld: Los profesores que he mencionado fueron los más importantes que la Escuela reclutó durante el periodo de 1949-1974. Obviamente, no todos estuvieron enseñando durante un mismo año académico en particular. La composición de la Facultad consistía de un cuerpo de juristas que se dedicaba a su vida profesional, a la enseñanza y a la investigación y publicación de temas dentro de las áreas de su especialización; otros eran jueces, tanto del foro puertorriqueño como del federal, que enseñaban un curso además de ejercer sus deberes judiciales; y otros eran abogados muy distinguidos dentro de su profesión que usualmente ofrecían un solo curso especializado. Había un balance entre los profesores a tiempo completo y los de tiempo parcial.

    La expansión de la Facultad y la gran variedad del ofrecimiento curricular, respondieron a una necesidad innegable, la economía de Puerto Rico estaba cambiando rápidamente hacia la industrialización y el turismo; había una tendencia muy marcada hacia una sociedad urbana; y el Gobierno estaba creciendo aceleradamente para poner en vigor políticas económicas y sociales de gran complejidad. El país necesitaba una variedad de abogados y abogadas que satisficiera las necesidades de la nueva sociedad que estaba evolucionando, y nuestra Escuela satisfizo esa necesidad.

    Creo que mi aportación más importante en el desarrollo de la Escuela fue mi rol en el reclutamiento de la nueva facultad, la cual a su vez, creó el nuevo programa de estudios e investigación.[110]

    El ejercicio del decanato por el doctor Helfeld coincide con los años que transcurren hacia la modernización del país, la toma de conciencia por diversos sectores políticos y sociales que reclaman sus derechos, los intentos de reforma universitaria de 1966, la legislación mediatizada que se aprueba. El surgimiento de una clase profesional integrada en esos momentos por tres Facultades de Derecho, un Colegio de Abogados que interviene en numerosas iniciativas sociales, jurídicas y políticas, de diversas categorías, entre otras, las recomendaciones no partidistas encaminadas a lograr la solución de la condición política de Puerto Rico. La Escuela de Derecho se amplía, se designan nuevos profesores, la Biblioteca de Derecho, primero dirigida por Margaret Hall y luego por Max Ratimir Pershe, va convirtiéndose en un centro para la investigación jurídica, la Clínica de Asistencia Jurídica desarrolla nuevos ofrecimientos. Los profesores participan en diversas encomiendas del Tribunal Supremo, del Colegio de Abogados y de servicio público. A pesar del entusiasmo y la vocación de servicio, también afloran problemas en la Escuela de Derecho y en la Universidad.

    La facultad de Derecho, durante los primeros diez años de la gestión administrativa del Decano Helfeld, reordenó sus cuadros docentes, amplió los ofrecimientos, mejoró sustancialmente la Revista Jurídica, auspició numerosas iniciativas de investigación, colaboró con la administración de la justicia y se proyectó en la sociedad puertorriqueña como una institución importante en el saber del Derecho y como facilitadora ante numerosos problemas socio jurídicos. A finales de su dirección, los últimos cuatro años, la Escuela de Derecho vivió una crisis profunda, un sector de los profesores interesados en cambiar la dirección del Decanato por inconformidad con distintas decisiones y políticas administrativas del decano Helfeld, que cuestionaban, se opusieron a su gestión y solicitaron su renuncia. Las reuniones de la Facultad reflejaban por entonces esas diferencias, así como los Comités, como también las había en la Universidad. Entre las medidas tomadas por el Decano Helfeld como parte de esta situación, no le renovó el contrato de servicios docentes a los Profesores Michel Godreau, Eulalio Torres y Rubén Berríos. En aquellos momentos la división entre el profesorado era patente. La renuncia del Decano Helfeld se produjo en 1974, cuando cambió la presidencia universitaria. Al terminar su gestión en el decanato e iniciar su gestión el profesor Jaime B. Fuster, el profesor Helfeld continuó la docencia en la Escuela de Derecho hasta 1977, cuando se jubiló. Antes de su jubilación, Helfeld fue profesor de Antonio García Padilla en el seminario que dictaba sobre relaciones constitucionales entre Puerto Rico y Estados Unidos. A la hora de García Padilla solicitar admisión al programa graduado en Derecho de la Universidad de Yale, un profesor debía recomendarle, según la normativa de esa universidad. David M. Helfeld fue el profesor que suscribió la recomendación.

    A su jubilación, Helfeld se vinculó a la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico en Ponce, donde enseñó desde 1977 hasta 1987. Luego regresó a la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, eventualmente se le designó “Profesor Emérito” a petición de la Facultad de Derecho de la Universidad de Puerto Rico.

    Continúa preguntando el profesor Delgado Cintrón al Decano Helfeld:

    ―Si usted tuviera que rehacer algo de su decanato, ¿qué cambiaría?

    Helfeld: Hubiese tratado de convencer a don Jaime, cuando finalizó el décimo año de mi decanato, de que era tiempo de retirarme. También hice algo que reconozco como un error. Decidí no renovar el contrato de un profesor, básicamente, no por su falta de capacidad intelectual, ya que fue mi estudiante y yo mismo le había dado una recomendación para una beca de estudios en Alemania, sino que fue por la evaluación que había hecho de su carácter, de su personalidad, por lo que fue un error de mi parte permitir que esas consideraciones tuvieran más peso que su evidente capacidad intelectual. Afortunadamente, mi error fue rectificado por el decano Fuster, quien me sustituyó. De hecho, ha sido un profesor muy bueno y ha escrito libros de mucha calidad. Me da pena que no me haya vuelto a hablar hasta el día de hoy. Me gustaría antes de irme, borrar todo este asunto; estoy dispuesto a admitir mi error públicamente.

    ―Usted estaba de decano aquí, estaba de profesor, dirigía un seminario sobre las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos.

    Helfeld: El seminario tenía un número de co-directores muy distinguidos en periodos distintos, tales como el Sr. Roger Baldwin, fundador de la American Civil Liberties Union y don Luis Muñoz Marín, una vez que se retiró de la gobernación. Como condición para dar este seminario conmigo, don Luis insistió en que las secciones que él iba a dirigir no podían ser en la Escuela, sino en su casa. Yo vi otra vez cuán genial era Muñoz. Él insistió en la forma de dar el seminario, se haría un círculo de sillones, en cada sillón se sentaría un estudiante y él estaría en el centro dando la conferencia y, después, socializaríamos en una barra situada en algún lugar de la casa. Él sería el “bartender” y les servía los tragos a los estudiantes; de esta forma ganó el afecto de todos esos estudiantes y, déjeme decirle que los estudiantes eran de todas las ideologías.

    Hubo tanta demanda de estudiantes para matricularse en el seminario que tuvimos que utilizar un sistema de lotería para determinar quién podía ser admitido.

    ― Usted era profesor, decano. ¿Usted se arrepintió de haber venido para acá, para Puerto Rico y de no haber hecho una carrera académica en Estados Unidos?

    Helfeld: Tuve la oportunidad de poner eso a prueba. Tres veces recibí invitaciones, dos veces para ser decano en otras escuelas o, por lo menos, para ser considerado como tal. No llegó al punto de una oferta, pero yo visité las dos escuelas, hablé con los estudiantes, con los profesores y perdí el interés, porque decidí que, realmente, no quería dejar a Puerto Rico. Y, de hecho, si tuviese que vivir otra vez en Estados Unidos por alguna razón, sería casi como inmigrante.[111]

    Muchas de las tensiones que se suscitan al final del Decanato del doctor Helfeld todavía se manifestaban doce años después, en 1986 cuando el Decano García Padilla asume la dirección de la Escuela. No habían desaparecido del todo. Eran parte de los retos que debía enfrentar el nuevo decano, o subyacían a otros.

    García Padilla llegaba a la dirección de la Escuela con el beneficio de no haber sido parte de esas tensiones que marcaron los últimos años del decanato de Helfeld y siguieron luego.[112] En cierto sentido, aunque provenía de las filas de la facultad y había ocupado el cargo de Decano Asociado, García Padilla era, dentro del tinglado de choques y fricciones que había vivido la Escuela, un decano externo. En su reflexión que acaba de publicarse, pareciera que aflora ese sentido de distancia con que miraba a la institución que dirigió, así como a sus componentes. Ello le permitió buscar y alcanzar altas cotas de calidad para la Escuela de Derecho, sin detenerse en aquellos conflictos que en ocasiones suelen socavar el éxito verdadero de las agendas.

    Hemos de terminar con unas palabras del propio autor:

    De calidades se trataba. Se escucha decir demasiado que las universidades son reflejo de las sociedades que las auspician. Si lo son, si solo reflejan los perfiles de su entorno, le sirven mal a la sociedad y son prescindibles. Las universidades no pueden ser espejos, sino luces. Tienen que apalancar las sociedades con las que interactúan para que alcancen cotas de calidades superiores, o traicionan su encomienda y niegan su sentido de ser.[113]

    NOTAS AL CALCE

    [1] Antonio García Padilla, Abogacía, Derecho y País: Perspectivas de un tiempo de transformaciones académicas y profesionales en Puerto Rico 199-200 (2017).

    [2] Efrén Rivera Ramos, Prólogo en id., en la pág. 11.

    [3] Carmelo Delgado Cintrón, Las Escuelas de Derecho en Puerto Rico, 41 Rev. Jur. UPR 7 (1972).

    [4] Véase Cien Años de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico: 1913-2013 (Fideicomiso de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto ed., 2013).

    [5] García, supra nota 2, en la pág. 166 (“En efecto, distinto a Cuba, durante toda la dominación española carecimos de universidad. La suerte de la universidad puertorriqueña no fue venturosa. Su creación tardía generó problemas. Más aún ante la falta de una universidad pública, los esfuerzos seculares y religiosos por compensar la inacción oficial se vieron circunscritos por la escasez de los recursos.  Para colmo, la intolerancia política forzó el éxodo de algunos de nuestros mejores talentos, Eugenio María de Hostos (1839-1903) entre ellos”.); véase, Carmelo Delgado Cintrón, Fundación de la Escuela de Derecho de la UPR en Cien Años de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico: 1913-2013, supra nota 5, en la pág. 33.

    [6] García, supra nota 2, en las págs. 165 et seq.

    [7] Id. en la pág. 164.

    [8] Carmelo Delgado Cintrón, La obra jurídica del Profesor David M. Helfeld (1948-2008), 7 Rev. Acad. PR Juris.  Legis. 1 (2008).

    [9] Véase David M. Helfeld, Don Jaime Benítez: Su papel creador como constitucionalista y en el desarrollo de la educación legal, en Don Jaime Benítez: Entre la Universidad y la Política 143 (Héctor Luis Acevedo ed., 2008); véase también David M. Helfeld, My time as Dean: 1960-1974, en Cien Años de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico: 1913-2013, supra nota 5, en la pág. 143.

    [10] García, supra nota 2, en las págs. 46-50.

    [11] Id. en la pág. 64.

    [12]  Cf. Antonio García Padilla, La Universidad y el País: Escenarios del siglo 21 (2012).

    [13] Véase Manuel Criado de Val, El Arcipreste de Hita: El libro, el autor, la tierra, la época, Barcelona (1973); Encarnación Tabares Placencia, Literatura y Derecho en el Libro de Buen Amor: La Fábula Del Lobo y la Raposa (2005).

    [14] García, supra nota 2, en la pág. 188 (en los próximos párrafos el Decano García Padilla desarrolla esas ideas).

    [15] Id. en la pág. 64.

    [16] Id.

    [17] Id. en las págs. 69-70 (“Se trataba, en el primer caso, del grado de Maestro en Administración de Empresas del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico; en el segundo caso, del grado de Doctor en Medicina que ofrece el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico; y el tercero, del grado de Maestro en Política Pública que ofrece la Universidad de Minnesota en el Hubert H. Humphrey Institute of Public Affairs, una de las grandes escuelas de gobierno de Estados Unidos”.).

    [18] Id. (“La primera trataba de la combinación del grado básico de derecho —Juris Doctor— con otro título graduado ofrecido por la Universidad de Puerto Rico en el Recinto de Río Piedras; la segunda combinación del Juris Doctor las propuse con un grado conferido por otro recinto de la Universidad, distinto al de Río Piedras, en donde la Escuela está ubicada; la tercera, con un grado conferido por otra universidad de altos estándares de excelencia”.).

    [19] Véase James P. White, Dean Antonio García Padilla: A Leader in the Globalization of Legal Education, 70 Rev. Jur. UPR 1025 (2001); James P. White, The Globalization of Legal Education: Implications for the Bar Admission, 81 The Bar Examiner 23, 27 (2012); García, supra nota 2, en la Nota de contraportada (Encarna Roca Trías, Vice Presidenta del Tribunal Constitucional de España, lo considera “uno de los cursos más interesantes” de la oferta académica, “muy útil para ensanchar el panorama del estudiante, algunas veces demasiado provinciano”.).

    [20] García, supra nota 2, en la pág. 81.

    [21] Id.

    [22] Id. en la pág. 69 (“En otras palabras, pensaba que no se trataba solo de familiarizaciones someras con otros campos del saber, sino de acercamientos serios a esos campos, reconocidos con los debidos grados universitarios. Porque con la interdisciplinariedad en materia jurídica hay que trabajar con mucho rigor. Para la sociedad es un riesgo que los abogados se crean capaces de salir de su campo para entrar en otros que en realidad no dominan. Una cosa es la sensibilidad por temas relacionados, otra el relativo dominio de esos temas. No puede haber confusiones en ese sentido”.).

    [23] Id. en las págs. 28-33 (donde el autor nos narra la trayectoria ideológica y compromisos cívicos de su familia, una familia que ha participado por largo tiempo y participa aun de muchas formas en la vida pública de nuestro país).

    [24] Id. en las págs. 22-35 (Lo municipal está presente y vivamente relatado. En el acápite titulado Coamo, García Padilla nos introduce a la vida cultural, familiar, espiritual, escolar y artística de su lugar de comienzo, la Villa de Coamo.).

    [25] Id. en las págs. 48-49

    [26] Id.

    [27] Id. en las págs. 21 et seq. (García Padilla dedica el Capítulo I. “Rutas y Encuentros” a narrar sus vivencias, estudios superiores de Derecho y andanzas antes de desempeñar su cargo de Decano de Derecho el 1 de julio de 1986, en el Coamo de su temprana juventud, su familia y ancestros, sus estudios y aspiraciones, su estadía estudiantil en nuestra Escuela de Derecho, y viajes, trabajos, y estudios post graduados.).

    [28] No se pierda de vista que el decanato de García Padilla fue más prolongado que los de Cadilla, Martínez, Cervera, Fuster, Helfeld y Benedicto. Es similar al tiempo que duró el decanato del profesor Manuel Rodríguez Ramos.

    [29] García, supra nota 2, en las págs. 217-220 (“En 1995, luego de una corta gestión en su Junta de Directores, fui electo por mis colegas a la junta a presidir la Fundación. Tuve a cargo la encomienda hasta mi designación a la Presidencia de la Universidad de Puerto Rico en el otoño de 2001. En esencia me tocó el fascinante proceso de institucionalización de este proyecto; su emigración —no siempre fácil— de una iniciativa de colaboradores y familiares de un prócer, a un genuino esfuerzo de país”).

    [30] Véase Carmelo Delgado Cintrón, La Academia Puertorriqueña de Jurisprudencia y Legislación y su contexto histórico, 1 Rev. Acad. Puer. Juris. y Leg.(1989), https://www.academiajurisprudenciapr.org/la-academia-puertorriquena-de-jurisprudencia-y-legislacion-en-su-contexto-historico/ (La APJL fue fundada el 9 de diciembre de 1985, su primer presidente fue el Hon. José Trías Monge y el Secretario General, el Lcdo. Antonio García Padilla, nuestra corporación académica es correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid).

    [31] Véase Chloé S. Georas, Historia de deformidades perfectas y la imposibilidad de la segunda muerte: Reseña del libro del Dr. Carmelo Delgado Cintrón titulado Cien años de caricaturas políticas puertorriqueñas (1898-1998), 13 Rev. Acad. Puer. Juris. y Leg. (2016), https://www.academiajurisprudenciapr.org/historia-de-deformidades-perfectas-y-la-imposibilidad-de-la-segunda-muerte/.

    [32] Costas Douzinas & Lynda Nead, Introduction to Law and the image: The authority of art and the aesthetics of law 1-15 (Costas Douzinas & Lynda Nead eds.,1999).

    [33] Cf. Aaron R. S. Lorenz, Lyrics and the Law: The Constitution of Law in Music (2007).

    [34] El profesor Raymond Torres Santos fue Rector del Conservatorio de Música de Puerto Rico.

    [35] Véase García, supra nota 2, en la pág. 137 (“Quisimos ir un paso más allá y, sin desdoro de esos tradicionales cometidos del programa clínico, identificar campos de nuestro derecho susceptibles de reforma a través del litigio. La Clínica podía generar ese necesario desafío a los campos del ordenamiento puertorriqueño sediento de cambio, podía ofrecer plataformas para construir, a través del litigio, un mejor estado de derecho del país”.).

    [36] Véase id. en las págs. 90-100 (“Desde su creación el 22 de febrero de 1999, el número de egresados del programa roza los 40 alumnos. Para describir su efectividad a la luz de lo dicho, baste señalar que dos de los magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la República Dominicana, ostentan el grado de Maestro en Derecho de la Universidad de Puerto Rico”.).

    [37] Véase Hans Pearl Matanzo, La Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico: Un legado de Manuel Rodríguez Ramos, 73 Rev. Jur. UPR. 1095 (2004) (sobre el Decanato del Licenciado Manuel Rodríguez Ramos).

    [38] Véase Delgado, supra nota 9 (sobre la modernización y transformación de la Escuela de Derecho y el extenso y fructífero decanato del Dr. David M. Helfeld, en la Escuela de Derecho, UPR); Carlos G. Mera Lastra, Homenaje a Don David En Tres Actos, 76 Rev. Jur. UPR 947 (2007); Anthony Guadalupe Baerga, The Legacy of a Brave Man, 76 Rev. Jur. UPR 939 (2007).

    [39] García, supra nota 2, en la pág. 245.

    [40] Id. en la pág. 249.

    [41] Véase id. en las págs. 273-74, 276.

    [42] El tapiz estaba adornando una de las paredes del entonces cerrado y arruinado antiguo Hotel Vanderbilt en el Condado. Cuando se autorizó la solicitud del Decano Antonio García Padilla, de ceder en propiedad y trasladar el tapiz Alborada a la Escuela de Derecho se celebró una ceremonia en aquel gran salón. Por invitación del Decano, leí unas cuartillas sobre El Derecho y la Poesía en el jurista Luis Llorens Torres.

    [43] García, supra nota 2, en la pág. 236.

    [44] Durante el decanato del doctor Helfeld fueron Bibliotecarios o Directores de la Biblioteca Margaret Hall y Max Pershe.

    [45] Como no puede faltar el humor en la vida de una buena universidad, ni en la narración de un buen libro, cuenta el autor en esta obra cómo fue que un acogedor salón de estar para los estudiantes que se construyó bajo su gestión fue popularmente bautizado por los estudiantes como “El Toni’s” o “Toni’s Place”, sabiendo los alumnos que los amigos cercanos del Decano García Padilla le llaman “Toni,” como apócope de Antonio. Asimismo, se dotó al Consejo de Estudiantes de un local y a la Librería de Derecho.

    [46] García, supra nota 2, en la pág. 102.

    [47] Id. en la pág. 105.

    [48] Véase 1, 2 Eugenio María de Hostos, Diario, Obras Completas (1939); Alejandro Tapia y Rivera, Mis memorias, o, Puerto Rico como lo encontré y como lo dejo (1928); Vicente Géigel Polanco, Mis recuerdos del Ateneo (1976); Manuel Rodríguez Ramos, Andanzas y recuerdos de un abogado (1980);Luis Muñoz Marín, Memorias: autobiografía pública (1981); Arturo Morales Carrión, Testimonios de una gestión universitaria (1978); José Trías Monge, Cómo Fue: Memorias (2005) (prologadas por el profesor Antonio García Padilla).

    [49] García, supra nota 2, en las págs. 11-14.

    [50] Id. en las págs. 15-19.

    [51] Id.

    [52] Véase id. en las págs. 168 et seq.

    [53] Véase Damián López de Haro, Carta-relación a Juan Díez de la Calle (Pío Medrano Herrero ed., 2005); Pío Medrano Herrero, Damián López de Haro en la Historiográfica Puertorriqueña (1994).

    [54] Aída R. Caro Costas, Antología de lecturas de historia de Puerto Rico 313-318 (1980).

    [55] Damián López de Haro, Sínodo de San Juan Puerto Rico 1645 (Mario A. Rodríguez León ed., 1986).

    [56] Véase García, supra nota 2, en la pág. 31.

    [57] Pío Medrano Herrero, Don Damián López de Haro y don Diego de Torres y Vargas: dos figuras del Puerto Rico barroco 21 (2002); Francisco Manrique Cabrera, Historia de la literatura puertorriqueña 25-26 (1973); Cesáreo Rosa-Nieves, La poesía en Puerto Rico. Historia de los temas poéticos en la literatura puertorriqueña 33 (1958).

    [58] Véase Eloísa Rivera Rivera, La poesía en Puerto Rico antes de 1843, 25 (1965).

    [59] André Pierre Ledrú, Viaje a la Isla de Puerto Rico en el año 1797 (1863); véase Argimiro Ruano, El Pensamiento elemental (1493-1898), 2 El Pensamiento Puertorriqueño: Cuadernos para pensar 31 (1998); Arturo Morales Carrión, Puerto Rico and the non-Hispanic Caribbean: a study in the decline of Spanish exclusivism 84 (1974) (“In the course of time, contraband was generalized until it developed into a kind of free trade, forbidden by law but sanctioned by the pressure of daily needs”.).

    [60] U.S. Census Bureau, U.S. War Department, Census of Porto Rico 11 (1899) (En 1860 el analfabetismo era de 91.2 % y en 1887 la cifra era de 86.2%, era en 1898 el más alto de las Indias occidentales).

    [61] Luis Manuel Díaz Soler, Puerto Rico: Desde sus orígenes hasta el cese de la dominación española 449 (1995).

    [62] Discurso que el día 2 de enero de 1849 en la solemne apertura de la Real Audiencia de Puerto Rico, dijo su presidente, el excelentísimo señor Teniente General, don Juan de la Pezuela, gobernador y capitán general de la misma, AHN, Ultramar, 5069, exp. 20, folio 6.

    [63] Entre las primeras poesías referentes a la Isla antillana esta la titulada:

    “Carta a Luis Rivera”

    “Por fin navegando bien
    dimos al salir el Sol
    en este dichoso Edén,
    Puerto Rico en español
    y en indiano Borinquen.

    Aquí trasladé mis huesos
    y aquí vivo en el reposo
    gastando mis pocos pesos,
    con un calor tan hermoso
    que me derrite los sesos.

    Ando vestido de dril
    como mofongo y mamey,
    duermo en hamaca sutil
    y amo la danza gentil
    que en las fiestas es de ley.

    Ningún fruto me disgusta
    de cuantos aquí robusta
    naturaleza crió;
    pero el plátano me asusta
    porque dice plata nó.

    Luis Rivera era amigo de tertulias de Manuel del Palacio, además periodista y director de Gil Blas, donde colabora y trabaja Manuel del Palacio.

    [64] Narciso Alonso Cortés, Manuel del Palacio 13-90 (1920); Narciso Alonso Cortés, Ensayos sobre literatura regional castellana 59-125, 61 (1985).

    [65] ANTONIO S. PEDREIRA, CURIOSIDADES LITERARIAS DE PUERTO RICO 34 (1939).

    [66] ¡Qué pena que “el Padilla” mencionado por López de Haro no le contestara en su tiempo a éste como le contestó El Caribe a Del Palacio! El autor está relacionado familiarmente con el doctor José Gualberto Padilla Alfonso, “El Caribe”, pues el abuelo paterno de su madre, doña María de los Ángeles Padilla Passalacqua, doctor Julio María Padilla Iguina, abogado y juez, era sobrino del doctor José Gualberto Padilla Alfonso. Véase García, supra nota 2, en la pág. 29

    En el libro, García Padilla se preocupa por explicar la exposición que, de niño y adolescente, tuvo a la abogacía y a los universitarios en general mientras crecía en su pueblo de Coamo. Describe con detalles la presencia de abogados y universitarios en su familia y en su entorno. Id. en las págs. 30 et seq.

    El tema es importante a la hora de describir el desarrollo de las vocaciones profesionales de las personas. Abundan los estudios que ponen de relieve la influencia que los quehaceres profesionales y vocacionales de las generaciones anteriores tienen en la selección profesional y vocacional de las posteriores. Véase en ese sentido, Abigail Beall, Taking over the family business: Children tend to make career choices based on what Jobs their parents and siblings have, MailOnline (22 de marzo de 2016)   http://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article-3504404/Taking-family-business-Children-tend-make-career-choices-based-jobs-parents-siblings-have.html.

    [67] PEDREIRA, supra nota 65, en las págs. 34-36.

    [68] Véase 2 Carmelo Delgado Cintrón, Biografía Jurídica de Hostos. 1857-2003. Las Lecciones de Derecho Constitucional y otros escritos Jurídicos. 1857-1897 (2012).

    [69] Véase Carmelo Delgado Cintrón, Libro de matrículas del ilustre Colegio de Abogados de Puerto Rico, 1840-1910: Abogados puertorriqueños de 1840 a 1910 (1970) (La abogacía puertorriqueña se caracteriza por la calidad jurídica de sus miembros, la activa supervisión del Ilustre Colegio de Abogados de Puerto Rico, y de la Sala de Gobierno de la Real Audiencia de Puerto Rico.); véase también 1 Carmelo Delgado Cintrón, Historia del Colegio de Abogados de Puerto Rico, 1840-1932 (2010) (El Colegio de Abogados mantenía una bien surtida Biblioteca de Derecho.); véase también 2 Carmelo Delgado Cintrón, Historia del Colegio de Abogados de Puerto Rico, Actas de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados, 1840-1902 (2010) (Las perdidas Actas de la Junta de Gobierno estaban en letra manuscrita, es fuente primaria e indispensable para conocer la abogacía y la sociedad desde 1840 hasta 1910.).

    [70] Monseñor Meriño fue, en una época, párroco de Guayama, Puerto Rico, antes de ser Arzobispo de Santo Domingo.

    [71] Véase Medardo Vitier, Las Ideas y la filosofía en Cuba (1838) (Como en Cuba florecía la Universidad de La Habana y el Seminario de San Carlos desde principios del siglo XVIII, veremos cómo se cultivaban las diversas manifestaciones del saber y la cultura. Ejemplos sobran, aunque nos limitaremos a principios del siglo XIX, recordemos el presbítero José Agustín Caballero, padre de la filosofía cubana.); Véase 1 Carmelo Delgado Cintrón, Historia Constitucional de Puerto Rico. 1800-1812. La Constitución de Cádiz de 1812 hasta el sexenio revolucionario. 1868-1874, 202-07 (2012) (En Derecho el presbítero Félix Varela publica en 1821 un tratado titulado, Observaciones sobre la Constitución Política de la Monarquía Española, siendo una primicia y ofreció la primera cátedra de Derecho Constitucional de América.).

    [72] El doctor Florentino González fue profesor de Derecho Constitucional desde 1833 a 1839 en la Universidad de Bogotá, fue el autor del primer Tratado de Derecho Administrativo en América Latina. En la Universidad de Buenos Aires el profesor González inauguró en 1868 la primera cátedra de Derecho Constitucional de esa institución y fue autor de las célebres Lecciones de Derecho Constitucional, que tuvieron cinco ediciones. Hostos le conoció en Buenos Aires y asistió a sus clases, afirmando en un artículo de prensa que usará esas lecciones de Florentino González como libro de texto. Sobre este estudioso colombiano en la Argentina y sus aportaciones véase Carmelo Delgado Cintrón, Biografía Jurídica de Eugenio María de Hostos. 1857-2003, 165-76 (2012).

    [73] Las autoridades españolas intentaron censurar y decomisar el libro de Manuel Alonso, El Jibaro, pues lo consideraban subversivo. La intervención del padre de Alonso con el gobernador lo evitó. Compárese con la aprobación y vigencia de la Ley de la Mordaza entre 1948-1957, véase Ivonne Acosta, La mordaza: Puerto Rico, 1948-1957 (1989); Ivonne Acosta, La palabra como delito: los discursos por los que condenaron a Pedro Albizu Campos, 1948-1950 (1993).

    [74] En 1854, la autoridad gubernamental censuró el poema “Agüeybana el bravo”, de Daniel Rivera.

    [75] Obsérvese que Cuba tenía también un régimen autoritario y despótico similar al nuestro, pero allí la cultura avanzó y se desarrolló la educación superior, entre otras circunstancias, por existir y funcionar universidades seculares y eclesiásticas.

    [76] Félix Varela, Observaciones sobre la Constitución Política de la Monarquía Española (1ra ed., Imp. de D. Pedro N. Palmer 1821); Hay una segunda edición, Observaciones sobre la Constitución Política de la Monarquía Española (Pról. de R. García Bárcena, 2da ed., Universidad de la Habana 1944); Seguidas de otros trabajos políticos.

    [77] 1 Félix Varela, Lecciones de filosofía (1822).

    [78] Félix Varela, El proyecto de instrucción para el gobierno económico político de las Provincias de Ultramar (1823).

    [79] Calixto Bernal y Soto, La reforma política en Cuba y su ley constitutiva (1881).

    [80] Calixto Bernal Soto, Tratado Político. El Derecho. Teoría y aplicación del Derecho y la autoridad (1877) (Hay reimpresión en Madrid).

    [81] Calixto Bernal Soto, La Démocratie au XIXe Siécle ou la Monarchie Démocratique : pensées sur des réformes sociales 312 (1847).

    [82] Calixto Bernal Soto, La Teoría de la autoridad aplicada a las naciones modernas (1856-1857).

    [83] Véase 1 Luis Manuel Díaz Soler, Puerto Rico. Desde sus orígenes hasta el cese de la dominación española 430 (1995) (En 19 de octubre de 1825 se solicitó formalmente a la secretaría del despacho para indias o mejor, ultramar que se estableciera una universidad en la Isla de Puerto Rico. Se arguyó que pasaban de doscientos los estudiantes cubanos y puertorriqueños que cursaban en Estados Unidos, y que ello no convenía porque se acostumbraban en aquel país a la “sola moral que corresponde a una sociedad y un gobierno democrático”. No se autorizó la fundación de una institución de enseñanza superior.).

    [84] Antonio Cuesta Mendoza, Historia de la Educación en el Puerto Rico Colonial, 1508-1821, 328 (1946) (El Dr. Ruiz Peña fue ordenado sacerdote en 1788).

    [85] Carmelo Delgado Cintrón, La Enseñanza del Derecho en Puerto Rico, 1790-1840, 31 Rev. Col. Abog. PR 389 (1970); Carmelo Delgado Cintrón, Cuestiones ideológicas del Poder Judicial, 47 Rev. Jur. UPR 107 (1978); José Trías Monge, El sistema Judicial de Puerto Rico (1978).

    [86] Pedro de Angelis, Cátedras de Jurisprudencia, 3 Rev. Legis. Juris. Asoc. Abog. PR 418 (1916).

    [87] La colección de documentos se encuentra en Aída R. Caro Costas, Ramón Power y Giralt, Diputado puertorriqueño a las Cortes generales y extraordinarias de España, 1810-1812 (1969).

    [88] Id. (énfasis suplido); Véase 1 Delgado, supra nota 77, en la pág. 143.

    [89] Cabildo de la Villa de Coamo, Instrucciones de los Cabildos a Ramón Power y Giralt, Academia Puertorriqueña de Jurisprudencia y Legislaciónhttps://academiajurisprudenciapr.org/cadiz/coleccion-documental/documentos-previos-a-la-reunion-de-las-cortes/instrucciones-al-diputado-don-ramon-power-y-giralt/ (última visita 1 de marzo de 2018).

    [90] Comunicación de Nicolás Alonso de Andrade, Vicario General de la Diócesis de Puerto Rico, al Mariscal Miguel de la Torre, Gobernador General (21 de enero de 1825).

    [91] 4 Pedro Tomás de Córdova, Memorias Geográficas, Históricas, Económicas y Estadísticas de la Isla de Puerto Rico 315-26 (1832).

    [92] Gabriel Ferrer Hernández, La Instrucción pública en Puerto Rico, su pasado, su presente, y modo de mejorarla en el futuro 24 (1885).

    [93] Véase Delgado, supra nota 75.

    [94] Compró el solar para edificar el proyectado Seminario Conciliar.

    [95] Allí estudiaron Hostos, [debió ser un hermano de Eugenio María], Elzaburu Vizcarrondo, Matienzo Cintrón, Baldorioty de Castro, Acosta y Calbo, Santiago Vidarte, Romero Togores, Federico Asenjo, Tapia y Rivera, Manuel Alonso, José Severo Quiñones, Rafael Janer Soler, Cayetano Coll y Toste, Gabriel Ferrer, Herminio Díaz Navarro, Juan Ramón Ramos Vélez, entre otros.

    [96] Véase Emigdio Ginorio Alayón, El Primitivo Colegio de Abogados, 9 Rev. Col. Abog. PR 153 (1946).

    [97] P. Antonio Camilo G., Anotaciones del libro de Gobierno y Correspondencia del Arzobispado de Santo Domingo, Eme Eme, Estudios dominicanos, en.–ab. 1989, en las págs. 3, 5 (El licenciado, Presbítero Benito Díaz Páez, gobernó como Pro Vicario General de Santo Domingo a la salida del doctor Blás Diáz de Arcaya, desde 11 de julio de 1865 a 8 de diciembre de 1865.).

    [98] Véase Delgado, supra nota 4, en la pág. 15 (El nombre de este abogado no aparece consignado en el Libro de Matriculas del Ilustre Colegio de Abogados de Puerto Rico. En las Actas de la Junta de Gobierno aparece como Benito Alonso Díaz Páez, Elzaburu lo menciona como Benito Alonso Díaz Pérez.).

    [99] Véase Acta de 18 de abril de 1841 en 2 Delgado, supra nota 75.

    [100] Id. Acta de la Junta de Gobierno de 13 de mayo de 1841.

    [101] Manuel de Elzaburu, La Institución de Enseñanza Superior de Puerto Rico, sus precedentes y los antecedentes de su fundación (1883) (Manuel de Elzaburu expresa sobre estas cátedras auspiciadas por el Ilustre Colegio de Abogados que: “Estas cátedras no tuvieron sino la existencia efímera que se prueba hasta por la escasez misma de noticias sobre esta Escuela de Derecho y la huella casi borrada de sus beneficios”.).

    [102] Id.

    [103] Véase Dennis Madrigal de Las Casas, La Real Academia de Buenas Letras de Puerto Rico (1987) (tesis, Universidad de Valladolid).

    [104] Propuesto por Nicolás de Aguayo a la Diputación Provincial en 1873, a tenor de la Ley Moyano de 1857, se crea el Instituto Civil de Segunda Enseñanza, respaldado por el Gobernador Primo de Rivera e inaugura el 1 de noviembre de 1873. Es el director José Julián Acosta.

    [105] García, supra nota 2, en las págs. 46-50.

    [106] Véase David M. Helfeld, Don Jaime Benítez: Su papel creador como constitucionalista y en el desarrollo de la educación legal, en Don Jaime Benítez: Entre la Universidad y la Política 143, 150-56 (Héctor Luis Acevedo ed., 2008).

    [107] Véase id. en la pág. 151.

    [108] Id. en las págs. 150-56.

    [109] Véase Delgado, supra nota 9.

    [110] Id.

    [111] Id.

    [112] García, supra nota 2, en las págs. 46-51.

    [113] Id. en la pág. 105.