El país que surgirá de la crisis

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    por Efrén Rivera Ramos
    martes, 17 de octubre de 2017

    El país que surgirá de la crisis

    No hay duda de que la devastación provocada por los huracanes Irma y María requiere esfuerzos extraordinarios para atender las necesidades inmediatas de la población. No debe cejarse en el empeño por satisfacerlas lo más pronto posible. Bien empleados están el tiempo y el trabajo que a ello se dedica. Están en juego la vida, la salud, la seguridad y el bienestar, por modesto que sea, de mucha gente.

    En medio de esas urgencias inmediatas, sin embargo, también hay que hacer espacio para ir delineando el Puerto Rico que debe emerger de esta crisis. Ese Puerto Rico no puede ser el mismo que existía antes de Irma y de María. Después de todo aquel era un país de muchas desigualdades, deficiencias, carencias, marginaciones y exclusiones. Las mismas que hoy hacen tan difícil la llamada recuperación para muchos sectores.

    No es una tarea fácil. Probablemente será la más difícil de todas: ponernos de acuerdo para generar el tipo de sociedad en el que las mayorías sustanciales de este país, y no sólo algunos bolsones privilegiados, querrán vivir. Pero la dificultad no es excusa para la inacción.

    Los asuntos que debemos examinar a fondo son múltiples y complejos. Algunas voces han comenzado a señalarlos. Habría que empezar por tomarlas en serio, dejando de lado la acendrada costumbre de hablarnos en paralelo, conversando solo con aquellas personas con las que estamos de acuerdo, sin afrontar genuinamente las diferencias de opinión.

    Nuestra relación política con los Estados Unidos y con el resto del mundo amerita un reexamen profundo. No solo por las dificultades que la situación actual plantea para atender emergencias como la que vivimos, sino por su estrecha conexión con las posibilidades de un desarrollo económico sostenible y duradero.

    La naturaleza misma de ese desarrollo económico tiene que ponerse sobre la mesa. ¿Cómo incentivar una economía que se sostenga sobre sí misma en lo fundamental, que no se reduzca a ser un enclave dependiente de la economía de los Estados Unidos y que pueda encontrar nichos de oportunidad en la economía global?

    La pobreza que padece la mitad de la población no puede seguir ignorándose. Tampoco las implicaciones cotidianas del hecho de que Puerto Rico constituye una sociedad muy desigual, en términos de distribución de recursos, accesos, oportunidades y condiciones reales de existencia.

    Las tasas de desempleo tienen que reducirse sustancialmente y las de participación laboral aumentarse considerablemente. La educación pública requiere transformaciones importantes. La relación con el medioambiente necesita redefinirse. Nuestra condición geográfica como país del Caribe tiene que tomarse en cuenta en los procesos de planificación y fijación de prioridades. La atención constante a nuestra infraestructura eléctrica, vial y de comunicaciones debe figurar prominentemente en los planes de todos los gobiernos, a nivel central y municipal. La transportación pública ha de fortalecerse y hacerse más eficiente y confiable.

    La organización social y política exige replanteamientos profundos. Tanto en tiempos “normales” como de crisis deberíamos poder apoyarnos más en la gestión comunitaria y de grupos sindicales, profesionales y sociales de diversa índole. El discurso de lo público y lo privado precisa nuevas formulaciones.

    Finalmente, está el tema de los valores. La tensión principal aflora con fuerza en tiempos de crisis, pero está presente siempre. Se manifiesta en las actitudes y prácticas basadas en el individualismo competitivo, por un lado, y en la solidaridad comunitaria por el otro.

    Ah, y no debe olvidarse la deuda. O, más bien, como se le zafó a Trump en un arranque de no se sabe qué, quizás lo que procede es precisamente olvidarse de ella, excepto para sacar lecciones para el futuro.